Cuaresma: atravesar el desierto abandonándose a Dios

El Papa recibió la ceniza del cardenal Jozef Tomko, titular de la basílica y la impuso a los cardenales y obispos presentes, así como a varios fieles.

En la homilía el Papa subrayó que la “certeza” del amor de Dios sostuvo a Cristo durante sus cuarenta días en el desierto de Judea. “Ese largo tiempo de silencio y ayuno fue para Él un abandonarse completamente al Padre y a su proyecto de amor. (…) Adentrarse en el desierto (…) significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador, (…) y entablar con él una batalla en campo abierto, desafiándolo sin otra arma que la confianza infinita en el amor omnipotente del Padre”.

“Adán fue expulsado del paraíso terrenal, símbolo de la comunión con Dios -dijo el pontífice-; ahora para regresar a esa comunión y por tanto a la vida eterna, hay que atravesar el desierto, la prueba de la fe. No solos, sino con Jesús, (…) que nos precedió y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la decisión de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y la muerte”.

En esa perspectiva se comprende el signo penitencial de la Ceniza, explicó el Santo Padre. “Es esencialmente un gesto de humildad que significa: me reconozco por lo que soy, criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero hecha también a semejanza de Dios y destinada a Él. Polvo, si pero amado y plasmado por su amor, (…) capaz de reconocer su voz y responderle; libre y por eso también capaz de desobedecer, cediendo a la tentación del orgullo y la autosuficiencia”.

“El pecado -afirmó Benedicto XVI- consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, en una falta de amor. (…) El primer acto de justicia es reconocer la propia iniquidad, (…) enraizada en el corazón de la persona. (…) Toda expresión penitencial vale a los ojos de Dios solo si es signo de corazones sinceramente arrepentidos. (…) La verdadera recompensa no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios, y la gracia que de ello deriva, la gracia que da paz y fuerza para hacer el bien”.

“En el corazón de Cristo, en el centro de su persona divina y humana se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a sus últimas consecuencias su proyecto de salvación, permaneciendo fiel a su amor aún a costa de entregar al Hijo unigénito a la muerte. (…) Gracias a la acción de Cristo podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor”.

“La Cuaresma ensancha nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna, (…) nos hace entender la relatividad de los bienes de esta tierra, haciéndonos así capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien”, concluyó el Santo Padre.

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