Sacerdotes: hombres de Dios, obedientes a su voluntad

Partiendo de la visión del Mesías en el Antiguo Testamento y confrontándola con lo que realmente Cristo ha representado en la historia de la salvación, el Papa señaló que “Cristo es el verdadero Rey, el Hijo de Dios, pero también el verdadero sacerdote y así todo el mundo cultual, toda la realidad de los sacrificios, (…) del verdadero sacrificio, encuentra en Cristo su clave, su cumplimiento”.

Por tanto, dijo, el sacerdocio “aparece en toda su pureza y en su verdad profunda”, y subrayó que “un sacerdote, para ser realmente mediador entre Dios y el hombre, debe ser hombre y el Hijo de Dios se hizo hombre precisamente para ser sacerdote, para poder realizar la misión del sacerdote. Ésta es la misión del sacerdote, (…) ser mediador, puente que une y así conduce al hombre hacia Dios, hacia su redención, a su verdadera luz y a su verdadera vida”.

Si un sacerdote es un puente que pone en comunión a la humanidad con la divinidad, su alma debe nutrirse, subrayó, con la oración cotidiana y constante y con la Eucaristía.

“Sólo Dios -continuó- puede entrar en mi vida y tomarme de la mano. (…) Siempre debemos volver al sacramento, volver a este don en el que Dios me da cuanto yo nunca podría dar. (…) Un sacerdote debe ser realmente un hombre de Dios. Debe conocer a Dios de cerca y lo conoce en comunión con Cristo. Debemos vivir esta comunión”.

Benedicto XVI hizo hincapié en que esta elección de vida requiere que el sacerdote sea un hombre que desarrolle sentimientos y afectos según la voluntad de Dios. Una conversión nada simple, si se considera la engañosa indulgencia que reside en la mentalidad actual.

“Así se dice: ha mentido, es humano. Ha robado, es humano. Pero esto no es realmente humano. Humano es ser generoso. Humano es ser bueno. Humano es ser un hombre de justicia (…), y por tanto, saliendo, con la ayuda de Cristo, de esta oscuridad que encubre nuestra naturaleza, empieza un proceso de vida que debe comenzar en la educación al sacerdocio y que debe realizarse y proseguir en toda nuestra vida”.

El Santo Padre dijo que un sacerdote, que ante todo es un hombre totalmente realizado, tiene un corazón volcado en la compasión. El pecado no es el signo de la “solidaridad” hacia la debilidad humana, sino la capacidad de compartir su peso para redimirlo y purificarlo, con la misma capacidad de conmoverse de Jesús durante su vida y que le permitió llevar su grito de compasión “hasta los oídos de Dios”.

“Nosotros los sacerdotes -añadió-, no podemos retirarnos al exilio, sino que estamos inmersos en la pasión de este mundo y con la ayuda de Cristo y en comunión con Cristo debemos intentar transformarlo y llevarlo hacia Dios”.

Por último, hablando de la obediencia, el Papa afirmó que “es una palabra que no gusta mucho en nuestro tiempo. La obediencia aparece como una alienación, como un comportamiento servil. (…) Sin embargo, (…) la palabra obediencia y la palabra libertad son inseparables. (…) Porque la voluntad de Dios no es una voluntad tiránica, sino que es precisamente el lugar donde encontramos nuestra verdadera identidad”.

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