Funes, un huésped desconocido en la Blair House

Por José Manuel Ortiz Benítez

Eso de estar siempre presente en la actualidad no ha traído nunca buena suerte. Pero los políticos se alimentan de esa droga para asegurar su supervivencia.

En el otro extremo, están las personas corrientes, los ciudadanos anónimos que nadie conoce que no tienen el pegue, el acceso, ni el don para hablar ante los medios y expresar su versión de la vida y sus problemas.

María no lo sabe. Quiero decir, inconscientemente María no puede permitirse la molestia de estudiar la Historia ni ser testigo ocular de cualquiera de sus páginas. Su trabajo y la abrumadora carga familiar en el hogar se lo impiden.

María se ha despertado esta mañana como cualquier otra en el crudo invierno de Washington. Arreglará a su nieta, Marieta, y la llevará andando a la Thomas Jefferson Elementary School, en el cruce de la Glebe Road y la Ruta 50, al sur del condado de Arlington, en el Norte de Virginia.

En menos de 10 minutos, María tendrá que dar la vuelta y caminar desde la Thomas Jefferson hasta la estación de Ballston, donde se colará, como pueda, en el primer vagón del Metro de la línea chiltota [anaranjada] del sistema de transporte público del área metropolitana de Washington.

Antes de las 8 de la mañana, María tendrá que pasar la línea de seguridad habitual –esta vez sin perros, porque la ocasión no lo amerita– “ponchar” la tarjeta, presentarse con el uniforme puesto, blanco impecable, y sacar todo el oficio acumulado en la segunda planta del edificio situado en el número 1651-1653 de la avenida Pennsylvania, al otro lado de la Casa Blanca.

Para María, la jornada de hoy no es más que un día de trabajo menos antes de la jubilación.

En su pueblo natal, El Carmen, en el departamento de La Unión, al Oriente de El Salvador, María tiene a su padre y a su madre, don Gregorio y doña María, de 72 y 65 años de edad respectivamente, quienes, con rigurosa puntualidad y agonía, esperan cada fin de mes, el cheque de la austeridad, para hacer frente a los gastos y las adversidades de la vida, en un país cada vez más violento y peligroso.

A don Gregorio hace tiempo que se le desinflaron los músculos, la única reserva de fuerza que le queda es la que lleva en el alma, principalmente propulsada por el viento, el viento de los recuerdos, del hombre fuerte que un día fue y que una época obligó a luchar por unas causas que él mismo, dos décadas y media después, da por perdidas.

Doña María, madre, abuela y bisabuela, arrastra la preocupación por el suelo; por un lado, está la salud de don Gregorio y, por el otro, no sabe si a su hija María le extenderán el permiso del TPS.

En las últimas elecciones presidenciales de 2009, doña María votó por el conservador Rodrigo Ávila por miedo a que su hija fuera deportada por las autoridades migratorias de EE.UU. Ahora doña María reconoce su error. Dice, ignorantemente, que la próxima vez, sí votará por Mauricio Funes.

María lleva más de 20 años en el norte. Nunca pensó que soportaría tanto tiempo viviendo en el frío de Estados Unidos y, como consecuencia y por otros motivos inexplicables, nunca dio un paso firme hacia la legalización, hasta el año 2001, cuando vio nacer a su primera nieta, Marieta.

En Julio de 2001, después de los terremotos en El Salvador, María pagó $1,000 a un fulano para que le rellenara los papeles del TPS. Desde entonces, esa cantidad ha subido a $1,500. Con ese desfalco, María y otros 230,000 salvadoreños en EE.UU. tienen una estancia legal asegurada en EE.UU., hasta septiembre de 2010. Hay otros 600,000 – 900,000 salvadoreños que no tienen esa suerte.

En el año 2002, la vida laboral de María cambió radicalmente. De lavar inodoros todos los días en Crystal City –el distrito burocrático de Washington– María pasó a trabajar en un ambiente más respetable.

Aquella tarde, Marta, su amiga, la compañera de aquel entrañable viaje hacia el norte, la llamó para que la reemplazara dos noches en el exclusivo Restaurante SEI, en el lujoso downtown Washington.

Aquellas dos noches sustituyendo a la ayudante de ensaladera en el SEI y su inmejorable humildad, le sirvieron a María para dar el salto como ayudante de ensaladera oficial del SEI y, dos años más tarde, a catapultarse como “housekeeper”, clase elite, en la Blair House, la casa hotel para los jefes de Estado invitados por la Casa Blanca.

La mañana del lunes 8 de marzo de 2010, como de costumbre, María volvió a limpiar los pasillos y las habitaciones de la Blair House, con esmero, con humildad, con sinceridad. No sabía que esa noche su invitado de honor sería Mauricio Funes, el primer presidente de izquierda de El Salvador, el huésped desconocido del terruño que la vio nacer, que abogará para que le extiendan el TPS.

José Manuel Ortiz Benítez es editor de Salvadoreños en el Mundo

PHOTO CAPTION: La Blair House es una casa para huéspedes importantes del Gobierno estadounidense.

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