Papa agradece servicio de protección civil

Al inicio de su discurso, el Santo Padre dio las gracias a todos por su labor de asistencia con motivo del terremoto de abril de 2009 en los Abruzos y repitió sus palabras durante la visita a Onna y l’Aquila: “Gracias por lo que habéis hecho y sobre todo por el amor con el que lo habéis hecho. Gracias por el ejemplo que habéis dado”. También agradeció su servicio a las miles de personas que participaron en la Jornada Mundial de la Juventud de 2000 en Roma y en el funeral por Juan Pablo II en 2005.

“Constituís -dijo Benedicto XVI a los representantes del voluntariado de protección civil italiana, que comprende 1.300.000 miembros- una de las expresiones más recientes y maduras de la larga tradición de solidaridad que hunde sus raíces en el altruismo y en la generosidad del pueblo italiano”.

El Papa subrayó que los términos “protección” y “civil” expresan vuestra “vocación”: proteger a las personas y su dignidad -bienes centrales de la sociedad civil- en los casos trágicos de calamidad y de emergencia que amenazan la vida y la seguridad de familias o de comunidades enteras. Esta misión no consiste solo en la gestión de la emergencia, sino en una contribución puntual y meritoria a la realización del bien común”.

“La doble dimensión de la protección, que se manifiesta sea durante la emergencia que después, se expresa bien en la figura del buen Samaritano, (…) que enseña a ir más allá de la emergencia y a predisponer la vuelta a la “normalidad”.

El Santo Padre puso de relieve que “el amor al prójimo no se puede delegar: el Estado y la política, aun con las premuras necesarias por el bienestar, no pueden sustituirlo. (…) Los voluntarios no son los que ponen “parches” en el tejido de la sociedad, sino personas que realmente contribuyen a delinear el rostro humano y cristiano de la sociedad. Sin voluntariado, el bien común y la sociedad no pueden durar mucho, porque su progreso y su dignidad dependen en gran medida precisamente de aquellas personas que no se limitan al estricto deber”.

“Además de custodios del territorio -concluyó-, sed siempre iconos vivos del buen Samaritano, atendiendo al prójimo, recordando la dignidad del ser humano y suscitando esperanza. Cuando una persona no se limita solo a cumplir el propio deber en la profesión y en la familia, sino que se empeña en ayudar a los demás, su corazón se dilata. Quien ama y sirve gratuitamente al otro como prójimo, vive y actúa según el Evangelio y toma parte en la misión de la Iglesia, que siempre mira al hombre entero y quiere hacerle sentir el amor de Dios”.

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