Sacerdotes: total adhesión a Cristo y a la iglesia

El Papa dijo que en una época como la nuestra “es importante tener bien clara la peculiaridad teológica del ministerio ordenado para no ceder a la tentación de reducirlo a las categorías culturales dominantes.

En un contexto de secularización difundida, que excluye progresivamente a Dios de la esfera pública, y que tiende a hacerlo también de la conciencia social compartida, a menudo se percibe al sacerdote como una persona “distante”.

Por eso, dijo, “es importante superar los peligrosos reduccionismos del pasado, que (…) han presentado al sacerdote como un “agente social”, con el riesgo de traicionar el mismo sacerdocio de Cristo”.

“Al igual que es cada vez más urgente la hermenéutica de la continuidad para comprender adecuadamente los textos del Concilio Vaticano II, es necesaria -subrayó- una hermenéutica que podríamos definir “de la continuidad sacerdotal”, que partiendo de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y pasando a través de los dos mil años de la historia de grandeza y de santidad, de cultura y de piedad, que el sacerdocio ha escrito en el mundo, llegue a nuestros días”.

Benedicto XVI afirmó que “es particularmente importante que la llamada a participar en el único sacerdocio de Cristo en el ministerio ordenado florezca en el “carisma de la profecía”: hay una gran necesidad de sacerdotes que hablen de Dios al mundo y que presenten a Dios al mundo; hombres no sujetos a modas culturales efímeras, sino capaces de vivir auténticamente aquella libertad que solo la certeza de la pertenencia a Dios es capaz de donar. (…) Hoy la profecía más necesaria es la de la fidelidad, (…) que lleve a vivir el propio sacerdocio en total adhesión a Cristo y a la Iglesia”.

Tras poner de relieve que el presbítero “debe estar atento para no dejarse arrastrar por la mentalidad dominante, que tiende a asociar el valor del ministro a su función y no a su ser”, el Papa señaló que “el horizonte de la pertenencia ontológica a Dios es el justo marco para comprender y reafirmar, también hoy, el valor del celibato sagrado, que en la Iglesia latina es un carisma exigido por el orden sagrado, y las Iglesias orientales lo estiman mucho; (…) es expresión del don de sí a Dios y a los demás”.

“La vocación del sacerdote es muy grande y es siempre un gran misterio. (…) Nuestros límites y nuestras debilidades deben impulsarnos a vivir y a custodiar con profunda fe este don precioso, con el que Cristo nos ha configurado a sí, haciéndonos partícipes de su misión salvífica. De hecho, la comprensión del sacerdocio ministerial está unida a la fe y exige, cada vez con mayor fuerza, una continuidad total entre la formación en el seminario y la formación permanente”.

El Santo Padre concluyó asegurando que “los hombres y mujeres de nuestro tiempo nos piden únicamente que seamos sacerdotes cien por cien y nada más. Los fieles laicos encontrarán en tantas otras personas lo que humanamente necesitan, pero solo en el sacerdote podrán hallar aquella Palabra de Dios que debe estar siempre en sus labios: la misericordia del Padre, abundante y de modo gratuito que se transmite por medio del sacramento de la Reconciliación; el Pan de vida nueva”.

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