Benedicto XVI recuerda fe inquebrantable de Juan Pablo II

El Santo Padre saludó en especial al cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia y secretario de Juan Pablo II, y a los numerosos peregrinos procedentes de Polonia, tierra natal del difunto pontífice.

En la homilía, el Papa comentó la parábola del profeta Isaías dedicada al siervo fiel, cuya firmeza es inquebrantable y cuya energía no desfallece hasta que no realice la tarea asignada. “Cuanto afirma el profeta -dijo el Santo Padre- lo podemos aplicar al amado Juan Pablo II: el Señor lo llamó a su servicio y, confiándole tareas de mayor responsabilidad cada vez, lo acompañó con su gracia y su asistencia continua. Durante su largo pontificado, se prodigó para proclamar el derecho con firmeza, sin debilidad o vacilación, sobre todo cuando debía medirse con resistencias, hostilidades o rechazos. Sabía que el Señor lo había tomado de la mano y esto le permitió ejercer un ministerio muy fecundo por el que una vez más damos gracias a Dios”.

Benedicto XVI prosiguió citando el pasaje evangélico en que María de Betania, en casa de Lázaro, lava los pies de Cristo y los unge con su perfume, ofreciendo lo más precioso que tenía con un gesto de devoción profunda, mientras el aroma llega a todos los invitados a la cena. “El significado del gesto de María -afirmó el Papa-, que es la respuesta al Amor infinito de Dios, se difunde entre todos los convidados; cualquier gesto de caridad y devoción auténtica a Cristo no es solo un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino que atañe a todo el cuerpo de la Iglesia, es contagioso: infunde amor, alegría, luz”.

“Toda la vida del venerable Juan Pablo II se desarrolló en el signo de esa caridad, de la capacidad de entregarse con generosidad y sin reservas, sin medida, sin cálculo. Le movía el amor por Cristo, al que consagró su vida, un amor superabundante e incondicional. Y precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en el amor, pudo hacerse compañero de viaje para el ser humano de hoy, difundiendo en el mundo el perfume del amor de Dios”.

“Quien tuvo la alegría de conocerlo y frecuentarlo -dijo el Papa- pudo ver de cerca lo viva que estaba en él la certeza de “contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivientes”, (…) certeza que lo acompañó en el curso de su existencia y que, de forma particular, se manifestó durante el último período de su peregrinación en esta tierra: la progresiva debilidad física, no mermó jamás su fe inquebrantable, su luminosa esperanza, su caridad ferviente. Se dejó consumir por Cristo, por la Iglesia, por el mundo entero: el suyo fue un sufrimiento vivido hasta el final por amor y con amor”.

Por último, Benedicto XVI se dirigió a los fieles polacos. “La vida y la obra de Juan Pablo II -subrayó- son para vosotros motivo de orgullo. Sin embargo, hace falta que recordéis que supone también un llamamiento a ser fieles testigos de la fe, de la esperanza y del amor, que nos enseñó ininterrumpidamente”.

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