Misión Iglesia: anunciar amor misericordioso de Dios


Antes de la oración mariana el Santo Padre recordó que Juan Pablo II dedicó este domingo, que concluye la Octava de Pascua, a la Divina Misericordia , y agregó: “De misericordia y de bondad divina es rica la página del Evangelio de san Juan de este domingo que nos narra que Jesús, después de la Resurrección, visitó a sus discípulos, atravesando las puertas cerradas del Cenáculo”.

” Jesús -prosiguió- muestra los signos de la pasión, hasta conceder a Tomás, el incrédulo, que los toque. ¿Cómo es posible, sin embargo, que un discípulo dude? En realidad, la condescendencia divina nos permite utilizar provechosamente la incredulidad de Tomás y la de los discípulos creyentes. Efectivamente, tocando las heridas del Señor, el discípulo que dudaba disipa así no solamente su propia desconfianza sino también la nuestra”.

La visita del Resucitado, explicó el Papa, “no se limita al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el “soplo creador”. En efecto, Jesús dice dos veces a los discípulos: “La paz sea con vosotros”, añadiendo: “Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

“Esta es la misión de la Iglesia perennemente asistida por el Paráclito: llevar a todos el feliz anuncio, la gozosa realidad del amor misericordioso de Dios, para que (…) “creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

“A la luz de esta palabra, aliento en particular a todos los pastores para que sigan el ejemplo del santo Cura de Ars, que, “consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del amor. De este modo haremos cada vez más familiar y cercano a Aquel que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita misericordia tenemos una certeza absoluta”, concluyó el pontífice.

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