Necesidad de obedecer a Dios y hacer penitencia

En su homilía, el Papa reflexionó sobre la primacía de la obediencia a Dios y el verdadero significado de la penitencia y del perdón en la vida de los cristianos.

Recordando las palabras de san Pedro ante el Sanedrín, el Papa señaló que “hay que obedecer a Dios en lugar que a los hombres”. En los tiempos modernos, dijo, se habla a menudo de la liberación del ser humano, de su plena autonomía y por tanto, de la liberación de la obediencia a Dios.

“Pero esta autonomía -afirmó el Santo Padre- es una mentira. Una mentira ontológica, porque el hombre no existe por sí mismo y para sí mismo. Es una mentira política y práctica, porque la colaboración y el compartir libertades son necesarios y si Dios no existe, si Dios no es una instancia accesible al hombre, queda como suprema instancia sólo el consenso de la mayoría. Luego , el consenso de la mayoría se vuelve la última palabra a la que debemos obedecer y este consenso -lo sabemos por la historia del siglo pasado- puede ser también un consenso del mal. Así vemos que la denominada autonomía no libera al hombre”.

Benedicto XVI puso de relieve que las dictaduras siempre han sido contrarias a la obediencia a Dios. “La dictadura nazi, así como la marxista, no pueden aceptar a un Dios por encima del poder ideológico”. Hoy, gracias a Dios, continuó, no vivimos en dictaduras, pero existen formas sutiles de dictaduras: “Un conformismo, por lo que se vuelve obligatorio pensar como piensan todos, actuar como actúan todos, y las agresiones sutiles o menos sutiles contra la Iglesia, demuestran cómo ese conformismo puede realmente ser una verdadera dictadura”.

El Papa subrayó a continuación que “hoy tenemos miedo de hablar de la vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles para el mundo, mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de la meta vienen luego los criterios de la vida”.

Por eso, añadió, “debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la vida eterna existe, que es la verdadera vida y que de esta verdadera vida viene la luz que ilumina también este mundo. En esta perspectiva, “la penitencia es una gracia”, una gracia que nosotros reconozcamos nuestros pecados, que reconozcamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una trasformación de nuestro ser”.

“Debo decir que nosotros los cristianos, también en los últimos tiempos, hemos evitado a menudo la palabra penitencia, que nos parece demasiado dura. Ahora, ante los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que el poder hacer penitencia es una gracia y vemos cómo es necesario hacer penitencia. Es decir, reconocer lo que está equivocado en nuestra vida. Abrirse al perdón, prepararse al perdón, dejarse transformar. El dolor de la penitencia, es decir, de la purificación y de la trasformación, es una gracia, porque es renovación, es obra de la Misericordia divina”.

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