Mujer Coraje

Por Giomar Silva



La primera ciudad estadounidense que Isabel Acosta visitó en su vida, con visa de turista, fue Nueva York. Ya estaba a punto de regresar a Perú cuando un tío suyo que vivía en Maryland la invitó a visitarlo.


“Aquí hay casas con jardines, trenes que parecen naves espaciales y buses alfombrados”, le prometió el tío. A ella le sonó a exageración, pero decidió hacer la visita de todas formas, solo para “dar una mirada”, convencida ya de que aquel famoso american way of life que se veía en las películas era pura era invención de Hollywood. En efecto, fue una mirada y con eso bastó.


“Era así como yo siempre me había imaginado los Estados Unidos”, dice hoy, casi veinticinco años después de llegar al estado que a partir de ese momento se convertiría en su hogar. “Y entonces no lo dudé y dije: aquí me quedo”.


El año era 1986 y el sistema de transporte público del área de Washington se acababa de estrenar. Los trenes eran modernísimos y, aunque hoy en día siguen en funcionamiento con varios achaques y quejas de los usuarios, en aquel entonces efectivamente hacían sentir a los pasajeros que estaban viajando en naves espaciales.


Eran otros tiempos. Para los inmigrantes casi todo estaba por hacer. No había muchos servicios en español en la zona, comunicarse con el país de origen costaba una fortuna o demoraba mucho si era por carta, no existía el Internet, etc.


Isabel recuerda que ya había una importante población centroamericana en el área, pero la presencia sudamericana era casi nula. “Encontrar un peruano y abrazarlo era como abrazar al Perú”, recuerda con una sonrisa. “Pero poco a poco empezaron a llegar mas y más peruanos”.


La razón es más o menos fácil de deducir: en Perú, el gobierno de Alan García había originado una crisis económica de dimensiones apocalípticas, con una de las inflaciones más altas del planeta y, por si fuera poco, el terrorismo desangraba pueblos enteros al interior del país. Con empleos perdidos y finanzas arruinadas, cientos de profesionales peruanos sacaron visas de turista para Estados Unidos y Europa, partieron de vacaciones y no volvieron más.


Isabel, para ese entonces, ya trabajaba en un centro comunitario católico, y veía cómo en las salas de espera había cada vez más peruanos impecablemente vestidos y con su hoja de vida bajo el brazo. Contadores, abogados, ingenieros, todos buscando una oportunidad para mostrarse, creyendo que las puertas se les abrirían fácilmente gracias a su experiencia y conocimientos.


“Los peruanos no esperaban hacer un trabajo manual. Pero pasaban semanas y no encontraban nada. Al final ya no venían, solo llamaban por teléfono, porque el dinero ya no les alcanzaba para tomar el bus. Llegaba la frustración, y luego, la depresión al sentir que no estaban progresando sino más bien retrocediendo. Entonces yo, que ya conocía todo ese proceso, sentí que tenía que haber alguien que les diga: Ánimo. Esto es provisional”.


Y ella quería ser ese alguien, pero necesitaba encontrar una manera de hacer llegar el mensaje a sus compatriotas. Así fue como se le ocurrió empezar un programa de radio. En 1990, Isabel estrena “Así es mi tierra, así es mi Perú”, el primer espacio radial dedicado específicamente a la comunidad peruana en el área de Washington. El programa tenía una orientación muy social y un buen filón periodístico (no por nada Isabel había trabajado como gerenta de relaciones públicas de un importante grupo de diarios en el Perú), tanto así que fue uno de los primeros en dar la voz de alerta sobre las tretas del gobierno de Alberto Fujimori, quien veinte años después sería condenado por delitos de lesa humanidad.


Algo que también notó Isabel fue que los inmigrantes tenían muchas dificultades para hacer llegar dinero a sus países de origen. Es por esto que en 1992 fundó Acosta Services, agencia de envío de dinero y pasajes aéreos. En esto también fue una de las pioneras. Esto no solo se convirtió en un buen negocio sino que también sirvió para cubrir los costos del programa radial. “El programa era el mayor gasto de la empresa pero yo decía qué me importa, soy feliz”. Había vuelto a ponerse al aire en 1994 bajo el nuevo nombre de “Todos los peruanos somos el Perú”.


“Yo creo que todos los empresarios hispanos deben entender que el objetivo de una empresa no debe ser solo crear utilidades”, dice Isabel. “También se debe aportar al desarrollo social de la comunidad. Porque si no estamos integrados, ¿cómo vamos a avanzar?”.


Ya como empresaria y mujer de radio, Isabel siempre estuvo a la cabeza de la comunidad peruana, bien alentando festivales folclóricos, organizando actividades o saliendo a desfilar en el Festival Latino que cada año se hacía en la avenida Constitution. Hoy en día es una figura muy respetada y conocida en la comunidad peruana, si bien ya ha dejado la experiencia radial porque “existen periódicos y medios de comunicación hispanos grandes, lo que significa que mi labor de difusión ya está cumplida”. Pero los proyectos continúan.


“Yo tengo que cambiar cosas”, dice Isabel, dando un golpecito con el puño sobre la mesa. Además de dirigir Acosta Services, es presidenta del Consejo de Consulta de la Comunidad Peruana del Área de Washington.


Esto significa que representa ante el consulado a los compatriotas que viven en el área y ciudades cercanas, transmitiendo sus inquietudes y necesidades. Dicho cargo también la ha llevado hasta el mismísimo Parlamento peruano en su lucha por una legislación que tenga en cuenta a los peruanos que viven en el extranjero, considerándolos ciudadanos que también aportan al país.


Ya ha habido logros. Uno muy notorio es, por ejemplo, el ingreso del Perú al tratado de la Apostilla de La Haya, que unifica la aceptación de documentos en todos los países firmantes. Esto es muy útil para poder redactar documentos en Estados Unidos que sean validos en Perú, y viceversa, lo que ahorra muchos trámites engorrosos, dinero y tiempo. Y ahora el Consejo de Consulta está luchando para que los peruanos en el extranjero tengan representación congresal, “por lo menos un representante por cada continente”, dice Isabel.


“Siempre nos vamos contra alguien. Cuando quisimos impulsar el tratado de la Apostilla, se nos opusieron los gremios de notarios, traductores y el propio Ministerio de Relaciones Exteriores, porque significaba menos ingresos para todos ellos. Ahora, con el tema de la representación congresal, se nos oponen los parlamentarios de Lima, porque en el sistema actual los peruanos en el extranjero votan como si estuvieran en Lima, entonces son como menos votos para ellos. Pero las leyes tienen que cambiar. Han sido hechas por los hombres de acuerdo a sus necesidades y a su tiempo, y ahora la realidad es otra”.


Y así sigue Isabel, trabajado incansablemente desde su pequeña y ordenada agencia en Wheaton, Maryland, que a estas alturas ya se ha convertido en una especie de sucursal de la esperanza para los peruanos y los inmigrantes en general. Una lucha tan ardua como silenciosa en pos de un anhelo que se podría resumir en una sola palabra: igualdad.

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