Cardenal Mayer: nada se anteponga al amor de Cristo

La misa de exequias, celebrada en el altar de la cátedra de la basílica de San Pedro, fue presidida por el cardenal Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio y concelebrada por varios purpurados.

“La gran e indefectible esperanza, fundada en la sólida roca del amor de Dios -dijo el Papa en la homilía-, nos asegura que la vida de quienes mueren en Cristo “no termina, se transforma” y “al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo”. En una época como la nuestra, en la que el miedo a la muerte conduce a muchas personas a la desesperación y a la búsqueda de consuelos ilusorios, el cristiano se distingue por el hecho de que pone su seguridad en Dios, en un Amor tan grande que puede renovar el mundo entero”.

Durante toda su existencia, el cardenal Mayer, dijo el Papa, “quiso realizar lo que San Benito afirma en la Regla: “Nada se anteponga al amor de Cristo”. Benedicto XVI recordó a continuación los hitos de la vida del purpurado, empezando por su actividad como profesor en el Pontificio Ateneo de San Anselmo, del que fue rector desde 1949 hasta 1966, época en la que se fundó el Pontificio Instituto Litúrgico, “un punto de referencia fundamental para la preparación de los formadores en el campo de la liturgia”

El Santo Padre se refrió después a la competencia del cardenal que le hizo acreedor de muchos y prestigiosos encargos, como cuando el Papa Pablo VI le nombró Secretario de la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares y lo consagró obispo en 1972. En los años de servicio en ese dicasterio, “promovió la actuación progresiva de las disposiciones del Concilio Vaticano II con respecto a las familias religiosas” y “en ese ámbito particular, en su calidad de religioso, demostró gran sensibilidad eclesial y humana”.

En 1984 Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, creándolo cardenal en 1985 y designándolo poco más tarde como primer presidente de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”. “En este encargo nuevo y delicado -dijo el Papa- el cardenal Mayer se confirmó como siervo entregado y fiel, intentando aplicar su lema: “El amor de Cristo nos recoge en la unidad”.

El Papa concluyó encomendando al difunto cardenal a la Virgen de las Gracias de Altötting (Baviera), lugar de peregrinación cercano al lugar de nacimiento del difunto.

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