Dios ayuda a afrontar y superar las dificultades

Después de un breve encuentro con los ciudadanos en la Plaza de San Carlos, el Santo Padre presidió a las 10.45 la celebración eucarística en este mismo lugar.

En la homilía, Benedicto XVI se refirió a las dificultades en la vida cristiana. En este sentido recordó “a cuantos viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre ante el futuro, del sufrimiento físico y moral. Pienso en las familias, en los jóvenes, en las personas ancianas que con frecuencia viven en la soledad, en los marginados, en los inmigrantes”.

A pesar de los numerosos problemas, continuó, “precisamente la certeza que nos ofrece la fe, la certeza de que no estamos solos, de que Dios ama a cada uno sin distinciones y está cerca de cada uno con su amor, hace posible afrontar, vivir y superar el cansancio de los problemas cotidianos”.

El Papa exhortó a las familias “a vivir la dimensión cristiana del amor en las simples acciones cotidianas, en las relaciones familiares, superando divisiones e incomprensiones, a la hora de cultivar la fe que hace aún más firme la comunión”.

“También deseo alentar el esfuerzo, con frecuencia difícil, de quien está llamado a administrar el bien público: la colaboración para alcanzar el bien común y hacer que la ciudad sea cada vez más humana y habitable es un signo de que el pensamiento cristiano sobre el ser humano nunca es contra su libertad, sino favorable a una mayor plenitud que solo halla su realización en una “civilización del amor”.

El Santo Padre animó en particular a los jóvenes a “no perder nunca la esperanza, la que viene de Cristo resucitado, de la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte”.

Refiriéndose posteriormente a la Sábana Santa , el pontífice subrayó que “en ella vemos, como reflejados, nuestros padecimientos en los sufrimientos de Cristo. (…) Precisamente por este motivo, es un signo de esperanza: Cristo ha afrontado la cruz para poner un límite al mal; para hacernos entrever, en su Pascua, el anticipo de ese momento en el que también para nosotros toda lágrima será enjugada y ya no habrá muerte, ni luto, ni lamento, ni afán”.

Benedicto XVI terminó exhortando a los fieles de Turín a “permanecer firmes en la fe que habéis recibido y que da sentido a la vida; a no perder nunca la luz de la esperanza en Cristo resucitado, que es capaz de transformar la realidad y hacer nuevo todo; a vivir en ciudades, en los barrios, en las comunidades, en las familias, de manera sencilla y concreta el amor de Dios: “Como yo es he amado, amaos también unos a otros”.

Después de la misa y antes del Regina Coeli, el Papa se dirigió a María, que en Turín es venerada como patrona con el título de Virgen del Consuelo. “Confío a Ella esta ciudad y todos sus habitantes. Vela, María, por las familias y el mundo del trabajo; vela por quienes han perdido la fe o la esperanza; consuela a los enfermos, a los encarcelados y a todos los que sufren; sostiene, o Auxilio de los Cristianos, a los jóvenes, a los ancianos y a las personas con dificultades. Vela, o Madre de la Iglesia, por los pastores y por toda la comunidad de los creyentes, para que sean “sal y luz” en la sociedad”.

A LOS JÓVENES: SED PARTE DEL GRAN MOSAICO DE LA IGLESIA

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).- El Santo Padre llegó a la Plaza de San Carlos para encontrarse con los jóvenes de la archidiócesis de Turín y de las diócesis limítrofes. Después de la presentación del cardenal Severino Poletto, arzobispo de Turín y del saludo de dos jóvenes, el Papa dirigió a los presentes un discurso.

Recordando que hace 25 años Juan Pablo II dedicó a los jóvenes una carta centrada en el encuentro de Jesús con el joven rico, que le pregunta qué debe hacer para alcanzar la vida eterna, Benedicto XVI dijo: “Hoy no es fácil hablar de vida eterna ni de realidades eternas porque la mentalidad de nuestra época nos dice que no hay nada definitivo: todo cambia y con gran velocidad. Cambiar se ha vuelto en muchos casos la contraseña (…) y de este modo también vosotros, jóvenes, os sentís llevados a pensar a menudo que es imposible tomar decisiones definitivas que os comprometan para toda la vida”.

Pero, se preguntó el Papa, “¿Es verdad que para ser felices nos tenemos que contentar con pequeñas alegrías fugaces y momentáneas que, una vez pasadas, dejan amargura en el corazón? Queridos jóvenes, esta no es la verdadera libertad, la felicidad no se alcanza así. Cada uno de nosotros está creado no para tomar decisiones provisionales y revocables, sino definitivas e irrevocables que den pleno sentido a la existencia. Lo vemos en nuestra vida: querríamos que cada experiencia bella, que nos colma de felicidad, no acabase jamás. Dios nos creó teniendo en cuenta el “para siempre” y puso en nuestro corazón la semilla de una vida que realice algo bueno y grande”.

“En el diálogo con el joven que poseía muchas riquezas, Jesús indica cual es la riqueza más grande de la vida: el amor -prosiguió el pontífice-; amar a Dios y a los demás con todo nuestro ser. (…) No hay nada más grande para el ser humano, que es mortal y limitado, que participar en la vida de amor de Dios. Hoy vivimos en un contexto cultural que no favorece las relaciones humanas profundas y desinteresadas; al contrario, lleva a menudo a encerrarse en uno mismo, al individualismo. (…) Pero el corazón de los jóvenes es, por naturaleza, sensible al amor verdadero. Por eso me dirijo a vosotros con gran confianza y os digo: ¡No es fácil convertir vuestra vida en algo hermoso y grande, cuesta trabajo, pero con Cristo todo es posible!”.

“Vivid este encuentro con el amor de Cristo en una fuerte relación personal con Él; vividlo en la Iglesia, sobre todo en los sacramentos”, exhortó Benedicto XVI a los jóvenes. “El amor de Cristo por el joven del Evangelio es el mismo que siente por cada uno de vosotros. No es un amor confinado en el pasado, no es una ilusión, no está reservado a pocos. (…) ¡Que cada uno se sienta parte viva de la Iglesia, involucrado en la obra de evangelización sin miedo (…) con los hermanos en la fe y con los pastores, saliendo de una tendencia individualista también a la hora de vivir la fe, para respirar a pleno pulmón la belleza de formar parte del gran mosaico de la Iglesia de Cristo!”.

El Santo Padre puso como ejemplo al beato Piergiorgio Frassati, de quien se celebra el veinte aniversario de la beatificación y que “vivió con gran compromiso su formación cristiana, dando un testimonio de fe sencillo y eficaz”. El Papa recordó que el lema de Frassati era “Vivir y no vegetar”, e invitó a cuantos le escuchaban a “descubrir como él que vale la pena esforzarse por Dios y con Dios, responder a su llamada en las decisiones fundamentales y en las cotidianas, aunque cueste”.

” La Sábana Santa -concluyó- sea para vosotros una invitación a grabar en vuestro espíritu el rostro del amor de Dios, para ser vosotros mismos, en vuestros ambientes y con vuestros coetáneos, una expresión creíble del rostro de Cristo”.

SÁBANA SANTA: ICONO DEL MISTERIO DEL SABADO SANTO

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-Finalizado el encuentro con los jóvenes, en el que participaron unas 20.000 personas, el Santo Padre se desplazó en automóvil a la Catedral de Turín para venerar la Sábana Santa , cuya ostensión comenzada el 10 de abril, terminará el 23 de mayo.

El Papa, que fue recibido por el párroco y los canónigos del Capítulo Metropolitano, adoró la Eucaristía en la Capilla del Santísimo Sacramento para trasladarse después al altar mayor, donde veneró la Sábana Santa.

Después de venerar el Santo Sudario, Benedicto XVI leyó su meditación titulada “El misterio del Sábado Santo”, subtitulo del tema de la ostensión: “Passio Christi- Passio hominis”.

” La Sábana Santa -dijo el Papa- es el icono de este misterio. (…) Efectivamente es un sudario que envolvió el cadáver de un hombre crucificado, y que corresponde completamente a lo que dicen los Evangelios de Jesús. (…) El Sábado Santo es el día en que Dios se esconde. (…) En nuestra época, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha vuelto particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del ser humano contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que se ha hecho cada vez más grande. (…) . Después de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración y los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha transformado cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida, y especialmente a nosotros, los creyentes. También a nosotros nos atañe esta oscuridad”.

“Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Pienso así que la Sábana Santa se comporta como un documento “fotográfico”, que tiene un “positivo” y un “negativo”. Y efectivamente es así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza ilimitada. El Sábado Santo es una “tierra de nadie” entre la muerte y la resurrección, pero en esta “tierra de nadie” ha entrado Uno, el Único, que la ha atravesado con los signos de su Pasión por el ser humano”.

“En ese “tiempo más allá del tiempo”, Jesucristo “descendió a los infiernos”. (…) Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad extrema y absoluta del ser humano donde no llega rayo de amor alguno, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: “los infiernos”. Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó el umbral de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. (…) El ser humano vive porque es amado y puede amar; y si hasta en el espacio de la muerte pudo penetrar el amor, entonces incluso allí llegó también la vida. En la hora de la soledad más grande nunca estaremos solos: “Passio Christi. Passio hominis”.

“¡Este es el misterio del Sábado Santo! Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, surgió la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Y pienso que contemplando este sacro lino con los ojos de la fe se vislumbre esa luz. (…) Este es el poder de la Sábana Santa : del rostro de este “Hombre de dolores”, que carga con el peso de la pasión del ser humano de todo tiempo y lugar, también con nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados. (…) Emana una majestad solemne, un señorío paradójico”.

“¿Cómo habla la Sábana Santa ? ¡Habla con la sangre, y la sangre es vida! La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen grabada en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada rastro de sangre habla de amor y de vida. (…) Es como un manantial que murmura en el silencio y nosotros (…) podemos escucharlo, en el silencio del Sábado Santo”.

Finalizada la meditación, Benedicto XVI saludó a las monjas de clausura de los diversos monasterios de la archidiócesis y a los miembros del Comité de la Sábana Santa para trasladarse después a la Casa de la Divina Providencia , donde a las 18.30, en la iglesia del Cottolengo, se encontró con los enfermos.

DIOS HACE FECUNDO EL OFRECIMIENTO DEL DOLOR

CIUDAD DEL VATICANO.- El Papa se encontró con los enfermos en la Iglesia de la Pequeña Casa de la Divina Providencia , fundada por san Giuseppe Benedetto Cottolengo (1786-1842), en los suburbios de Turín en 1832.

“Este encuentro -dijo el Santo Padre al inicio de su discurso-, se enmarca muy bien en mi peregrinación a la Sábana Santa , en la que podemos leer todo el drama del sufrimiento, pero también, a la luz de la Resurrección de Cristo, el pleno significado que asume para la redención del mundo”.

Hablando de Cottolengo, Benedicto XVI afirmó que “aun experimentando en su vida momentos dramáticos, mantuvo siempre una confianza serena ante los acontecimientos; atento a percibir los signos de la paternidad de Dios, reconoció en todas las situaciones su presencia y su misericordia y en los pobres, la imagen más amable de su grandeza”.

“La base fundamental de su trabajo fue desde el inicio -continuó- el ejercicio de la caridad cristiana con todos, que le permitía reconocer en cada ser humano, aunque estuviera marginado por la sociedad, una gran dignidad. (…) Por tanto, el hacerse cargo de tantos sufrimientos humanos, significaba, para nuestro santo, crear relaciones de cercanía afectuosa, familiar y espontánea, creando estructuras que favoreciesen esta cercanía con el estilo de familia que sigue viviéndose hoy”.

El Papa aseguró a los enfermos que tenían una misión importante: “Viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo. Ofreciendo nuestro dolor a Dios por medio de Cristo, podemos colaborar en la victoria del bien sobre el mal, porque Dios hace fecunda nuestra oferta, nuestro acto de amor”.

“Esta Casa es -subrayó- uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo y manifiesta que el sufrimiento, el mal, la muerte no tienen la última palabra, porque de la muerte y del sufrimiento puede resurgir la vida”.

El Santo Padre concluyó poniendo de relieve que “en este lugar podemos entender mejor que si la pasión del hombre fue asumida por Cristo en su Pasión, nada se perderá. El mensaje de esta solemne ostensión de la Sábana Santa : “Passio Christi – Passio hominis”, aquí se entiende en modo particular”.

Finalizada la visita y tras saludar a varios enfermos presentes en la Iglesia del Cottolengo, el Papa se dirigió al aeropuerto de Turín, donde a las 20,00 se embarcó en el avión de regreso a Roma. Desde el aeropuerto de Ciampino se trasladó en helicóptero al Vaticano.

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