“Si somos fuertes nos pondrán más atención”

Por Giomar Silva


En una mesa de su exitoso restaurante El Rancho Migueleño, situado en Arlington, Oscar Amaya retrocede sobre sus pasos y recuerda sus primeros días en Estados Unidos. Llegó en 1984, cuando en El Salvador, su tierra natal, se desataba la Guerra Civil.


“Soy el mayor de cinco hermanos. Los dejé a ellos y a mis padres y me vine a estudiar a Estados Unidos. Y como la mayoría, al principio tenía dos, tres trabajos mal pagados. Pero si te pagan 3.25 la hora y trabajas 20 horas, al final del día tienes casi 70 dólares. Si no tienes muchos gastos vives en un piso compartido con otras personas, entonces te alcanza para tranquilamente enviar algo a tu país. Y yo además ahorraba, así que cuando pude juntar un par de pesos me di el valor de invertir”.


Aquel momento llego recién casi diez años después de estar trabajando en distintos negocios de pintura, construcción y demolición. Durante la década del noventa, Oscar llegó a tener tres restaurantes en sociedad, nada menos que en Washington, D.C.


Hoy en día ya no participa de esas empresas, pero aquel primer impulso le sirvió para emprender los proyectos que hoy florecen y de los que él es dueño absoluto, además de poder sacar adelante a su familia. “Dejé a mis padres y a mis hermanos en plena guerra civil, pero desde aquí les pagué los estudios universitarios a mis hermanos y ahora viven muy dignamente. Mis padres son residentes en Estados Unidos aunque viven en El Salvador. Vienen de visita constantemente”.


La historia de Amaya es la mejor demostración de cómo el camino para el progreso, además de esfuerzo, requiere de paciencia y perseverancia. Luego de batallar por años y ahorrar, al fin compró, en el año 2002, el restaurante de Arlington, Virginia al que rebautizó con el nombre de El Rancho Migueleño, en homenaje a su ciudad San Miguel, en donde se ofrece comida típica de El Salvador, pero también de Perú y México, y es en la actualidad uno de los lugares más concurridos por la comunidad hispana en general. En el mismo edificio en donde funciona El Rancho, Oscar tiene un salón de belleza, un locutorio y una tienda de multiservicios.


“No compro el edificio solo porque el dueño no lo quiere vender”, dice con una sonrisa. Afirma que todos sus negocios son rentables y de todos se siente orgulloso por igual.


Pero no le ha bastado a Oscar con su propia prosperidad. Desde siempre ha tratado de organizar a la comunidad salvadoreña, muy numerosa en la zona, para lograr objetivos comunes. Solo por nombrar un par de ejemplos, Oscar es el fundador y presidente de la Cámara Salvadoreña Americana de Comercio, además de presidente del Comité de Ciudades Hermanas Arlington-San Miguel.


También es propietario de los derechos de televisión, radio y publicidad de la selección nacional de futbol de El Salvador, una inversión que al principio interesó a muchos empresarios compatriotas pero que, a la hora de la hora, pocos tuvieron el valor de asumir. Y a pesar de que, como él mismo dice, es difícil hacer negocios en su propio país porque el gobierno no da facilidades, Oscar tiene la agenda llena de proyectos pendientes en El Salvador: Un centro de reciclaje en El Salvador para reutilizar papel, cartón, plástico y vidrio (“Es un buen negocio y sirve para ayudar al planeta”).


Una red de agencias bancarias en las zonas más necesitadas y menos accesibles de El Salvador, Guatemala y Honduras. Un plan para ofrecer alternativas de vida a los pandilleros de El Salvador y brindarles conocimientos en sastrería, panadería, mecánica, etc., y muchas cosas más.


“Tenemos que frenar la violencia en El Salvador”, afirma. Y no descarta algún día incursionar en la política de su país si lo cree necesario, “porque me siento demasiado coherente y honesto conmigo mismo y no me gusta mentir, y a esta misma mesa han venido políticos a pedir apoyo y luego no han cumplido sus promesas”.


Amaya deja un mensaje para la población inmigrante: “Que nos unamos, porque si somos fuertes nos pondrán más atención. Apoyemos a los negocios de nuestra gente. Tenemos que comportarnos como hermanos. Y a los que recién llegan a Estados Unidos, solo que acaten las leyes de este país, o se verán en dificultades. Si van de la casa al trabajo y del trabajo a su casa, no va a pasar nada, todo irá bien… porque aquí, al que anda en malos pasos, lo hacen que camine recto”.

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