Silla Marilyn Monroe

Víctor Montoya (*)


La mañana en que el arquitecto Arata Isozaki despertó de un sueño húmedo, concibió la idea de diseñar una silla que reprodujera antropomórficamente la silueta perfecta de la pierna de Marilyn Monroe.


El arquitecto, de ojos sesgados y tez macilenta, sabía de antemano que la silla sería no sólo una mercancía rentable, sino también célebre como la musa que lo inspiró. Cuando el producto apareció en los escaparates más lujosos, entre reflectores iluminando la armonía de sus formas, los admiradores nostálgicos de Marilyn adquirieron la silla, impulsados por el deseo de sentarse en las faldas de ese objeto sin alma ni cerebro.


Marilyn sufrió y vivió al filo de la muerte. Su madre, obrera de la industria del cine, quiso abortarla y no pudo. Su abuela, la demente Della Monroe, quiso ahogarla en la cuna y no pudo. El azar del destino le salvó la vida, hasta que pasó a compartir su infancia en orfelinatos y hogares adoptivos. A los nueve años fue violada por uno de sus padrastros y quedó tartamuda el día en que acribillaron a su perro Tippy. Años más tarde, acosada por la locura y el espanto, soñó que estaba desnuda en el púlpito de la iglesia, lampiña como los santos que la contemplaban desde el altar y ruborizada como los ángeles que se cubrían los ojos con las alas. Pero como la Casa de Dios no era la 20th Century-Fox, ni una cueva de ratas y serpientes, se le cerraron las puertas del Paraíso.


No obstante, su vida dejó de ser un infierno a los once años. “El mundo que hasta entonces estaba cerrado para mí empezó, de pronto, a abrirme sus puertas –manifestó en cierta ocasión–. Tenía que caminar dos millas y media para ir al colegio, y otras dos millas y media para volver a casa, y ese paseo empezó a ser algo completamente placentero. Todos los hombres tocaban el claxon, me gritaban, me miraban. Y yo les respondía”. Otro día, la niña de ojos tristes, que a veces sonreía y rompía en carcajadas, soñó que era una estrella de cine, su sueño fue premonitorio y en tecnicolor.


A los dieciséis, mientras trabajaba en una empresa de material militar, un fotógrafo, que realizaba un reportaje entre los almacenes, advirtió su fulgurante belleza y la invitó a los Estudios de Hollywood, que la decapitó para comercializar su cuerpo. “Es como si todos quisieran un trozo mío. Como si quisieran una presa mía”, le confesó a un periodista poco antes de su muerte. En efecto, Marilyn pasó a ser, de simple empleada, la víctima perfecta de una sociedad sin escrúpulos, capaz de despresarla como gallina y ofrecerla al mejor postor. Los señores de Hollywood hicieron de ella, de su cara de niña y su cuerpo de mujer, un símbolo sexual embotellado para el consumo de masas.


Con ella se rodaron películas inolvidables, pero la mayor gloria de esta estrella, hecha de nácar y de fuego, no estribaba en su capacidad de interpretar el “script”, sino en sus tentadoras curvas, que hoy forman parte del respaldo de una silla.


Cuando Marilyn alcanzó la fama, como la silla de Arata Isozaki, se echó desnuda en la cama, sin faldas vaporosas ni blusas escotadas, aguardando a los príncipes que admiraban sus prodigiosas nalgas, la plenitud de sus hombros, el naciente de sus senos coronados de aureolas rosadas, la protuberancia de sus caderas y la prolongación de sus piernas que terminaban en unas uñas laqueadas de color escarlata.


Muchos príncipes treparon por su cuerpo que provocaba una inmediatez erótica, muchas lenguas lamieron su piel de color vainilla y muchos dedos se enredaron en sus pelos que superaban el rubio platinado. Todos se aprovecharon de su juventud y belleza, desde el dramaturgo Arthur Miller, hasta los hermanos Kennedy, mas ninguno de ellos dio por ella, como todo buen caballero, su capa, copa y sombrero. Todo fue pasajero con Marilyn, tan pasajero que, al despuntar el alba, tenían que abandonarla tendida en el lecho, dormida o despierta, eso no importaba.


Así transcurrió su vida entre todos y ninguno, hasta que la madrugada del 5 de agosto de 1962, los detectives encontraron su cadáver en el dormitorio de su casa. Para unos se trataba de un suicidio y para otros de una muerte accidental por incompatibilidad de dos fármacos que le recetaron dos médicos, y que ella se los introdujo al intestino por vía rectal.


En el instante de su muerte tenía una sobredosis de barbitúrico y el auricular del teléfono en la mano. Nadie sabe a quién iba a llamar. Las luces se encendieron y la película que rodó tuvo un triste final. Ahora sólo queda que Ernesto Cardenal repita los últimos versos de su Oración por Marilyn Monroe: “Señor:/ quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar/ y no llamó (y tal vez no era nadie/ o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)/ ¡contesta Tú al teléfono!”.


La muerte de Marilyn Monroe es un misterio, pero los hombres que no lograron ver el círculo perfecto de su ombligo ni el triángulo áureo de su pubis, hoy tienen la oportunidad de sentarse en la silla bautizada con su nombre y entregarse a merced de la fantasía, donde reina Norma Jeane Mortensen con el falso maquillaje de Marilyn Monroe.


* Escritor boliviano radicado en Estocolmo

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