El sacerdote es un don para la iglesia y para el mundo

“El Año Sacerdotal ha llegado a su conclusión en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que tradicionalmente es la “jornada de santificación sacerdotal” y esta vez lo ha sido de forma especial”, dijo el Papa a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.

“El sacerdote -prosiguió- es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón del Hijo de Dios, desbordante de caridad, brotan todos los bienes de la Iglesia y, de forma particular, la vocación de aquellos que conquistados por el Señor Jesús dejan todo para dedicarse completamente al servicio del pueblo cristiano siguiendo el ejemplo del Buen Pastor”.

El sacerdote está plasmado “por la misma caridad de Cristo, ese amor que le llevó a dar la vida por sus amigos y a perdonar a sus enemigos. Por eso, los sacerdotes son los primeros obreros de la civilización del amor”, explicó Benedicto XVI, recordando a continuación a “tantos sacerdotes, conocidos y menos conocidos, algunos elevados a la gloria de los altares, otros cuyo recuerdo permanece indeleble en los fieles, quizá en una pequeña comunidad parroquial. Como sucedió en Ars, la aldea francesa donde desarrolló su ministerio San Juan María Vianney”.

El Papa recordó también al beato Jerzy Popieluszko, sacerdote y mártir, que desempeñó su “generoso y valeroso ministerio al lado de los que se comprometían en la libertad y la defensa y dignidad de la vida. Su obra de servicio del bien y la verdad eran un signo de contradicción para el régimen que entonces gobernaba en Polonia. El amor de Cristo lo llevó a dar su vida y su testimonio fue la semilla de una nueva primavera en la Iglesia y en la sociedad”.

“Si contemplamos la historia veremos cuantas páginas de auténtica renovación espiritual y social se han escrito con la aportación decisiva de sacerdotes católicos, llevados solamente de la pasión por el Evangelio y por el ser humano, por su verdadera libertad religiosa y civil. ¡Cuántas iniciativas de promoción humana integral han partido de la intuición de un corazón sacerdotal”, concluyó el pontífice.

EL PAPA RECUERDA A LOS BEATOS GROZDE Y LOZANO GARRIDO

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-Después del Ángelus, el Papa recordó ante los miles de fieles presentes en la Plaza de San Pedro que esta mañana en Eslovenia había sido beatificado el joven mártir Lojze Grozde y ayer en España, Manuel Lozano Garrido, laico y periodista.

Hablando del beato Grozde, el Santo Padre destacó que “era particularmente devoto de la Eucaristía, que alimentaba su fe inquebrantable, su capacidad de sacrificio por la salvación de las almas, su apostolado en la Acción Católica para llevar a los demás jóvenes a Cristo”.

Dirigiéndose a los grupos de lengua española, Benedicto XVI dijo que el beato Manuel Lozano Garrido fue un “fiel laico que supo irradiar con su ejemplo y sus escritos el amor a Dios, incluso entre las dolencias que lo tuvieron sujeto a una silla de ruedas durante casi veintiocho años. Al final de su vida perdió también la vista, pero siguió ganando los corazones para Cristo con su alegría serena y su fe inquebrantable. Los periodistas podrán encontrar en él un testimonio elocuente del bien que se puede hacer cuando la pluma refleja la grandeza del alma y se pone al servicio de la verdad y las causas nobles”.

REPRESENTANTES PONTIFICIOS: PUENTES SÓLIDOS ENTRE IGLESIAS PARTICULARES Y SEDE APOSTÓLICA

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-Benedicto XVI recibió en audiencia a 40 miembros de la Academia Eclesiástica Pontificia , a cuyos alumnos habló sobre “el sentido del trabajo en las Representaciones Pontificias”.

“El servicio de representación al que os preparáis -dijo- es (…) participación en la “sollicitudo omnium ecclesiarum” que caracteriza el ministerio del Romano Pontífice” y “en esa perspectiva eclesial el ejercicio de la representación implica la exigencia de acoger y de alimentar con especial atención en la propia vida sacerdotal algunas dimensiones”.

Es necesario, “en primer lugar, cultivar una plena adhesión interior a la persona del Papa, a su magisterio y al ministerio universal; adhesión plena, esto es, a quien ha recibido la tarea de confirmar a los hermanos en la fe. En segundo lugar, asumir como estilo de vida y como prioridad cotidiana una atención atenta, una verdadera “pasión” por la comunidad eclesial”.

Por último, ser representante del Romano Pontífice significa “tener la capacidad de ser un “puente” sólido, un canal seguro de comunicación entre las Iglesias particulares y la Sede Apostólica : por una parte, poniendo a disposición del Papa y de sus colaboradores una visión objetiva, correcta y profunda de la realidad eclesial y social en que se vive; por otra, comprometiéndose a transmitir las normas, las indicaciones, las orientaciones que emanan de la Santa Sede , no de forma burocrática, sino con profundo amor por la Iglesia y con la ayuda de la confianza personal, (…) respetando y valorizando, al mismo tiempo los esfuerzos de los obispos y el camino de las Iglesias particulares ante las que os han enviado”.

Ese servicio, continuó el pontífice, exige “una dedicación plena y una disponibilidad generosa a sacrificar, si es necesario, intuiciones personales, proyectos propios y otras posibilidades de ejercicio del ministerio sacerdotal”.

Si el representante pontificio se esfuerza por “entrar en sintonía con la perspectiva universal y con el servicio de unidad al rebaño de Dios (…) se transforma verdaderamente en signo de la presencia y de la caridad del Papa. Y si esto supone un beneficio para la vida de todas las Iglesias particulares, lo es especialmente en esas situaciones particularmente delicadas o difíciles en que, por diversas razones, se puede encontrar la comunidad cristiana.”.

La labor del representante pontificio es, por tanto, “un auténtico servicio sacerdotal, caracterizado por una analogía no remota con la representación de Cristo, típica del sacerdote, que, como tal, tiene una intrínseca dimensión sacrificial”.

“La figura y el modo de presencia del nuncio, del delegado apostólico o del observador permanente, está determinada no solo por el ambiente en que trabaja, sino principalmente, por aquel que se está llamado a representar. (…) Hacerse portavoz del vicario de Cristo -finalizó el Santo Padre- podrá ser laborioso, a veces muy exigente, pero no será jamás mortificante o despersonalizador. Es, en cambio, una forma original de realizar la propia vocación sacerdotal”.

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