AFL-CIO apoya reforma migratoria

Gracias, Presidenta Roller [Presidenta de la Mesa Directiva del City Club, Jan Roller].

Buenas tardes. Estoy encantado de estar aquí con ustedes en la gran ciudad de Cleveland. Quiero hablarles de las graves dificultades económicas que enfrentamos hoy – y de la visión del movimiento laboral hacia la cual debemos orientarnos.

No hay mejor lugar para tener un debate sobre nuestras dificultades económicas que Cleveland—donde la industria y la fuerza laboral han formado la clase media estadounidense. Cleveland encarna tanto las
consecuencias de nuestras políticas económicas fallidas de las últimas tres décadas como nuestra esperanza de un futuro distinto.

La crisis económica ha tenido un fuerte impacto aquí —116,000 empleos perdidos en la última década en el Condado de Cuyahoga. Ochenta y seis mil ejecuciones hipotecarias sólo el año pasado. Un intento mal pensado por remediar el presupuesto ataca a los presupuestos escolares y a los
maestros.

Pero podemos vislumbrar también un futuro mejor en el proyecto de turbinas eólicas del Lago Erie, con turbinas fabricadas aquí en Ohio, en la red de fibra óptica One Community Project y en el rol de Cleveland como centro global de desarrollo de pilas de combustible.

Hoy estamos en un punto crucial. La trayectoria económica de nuestro país comenzó en 1980 —el esfuerzo por tener una sociedad de alto consumo con bajos sueldos que importara cada vez más de lo que consume— está en un callejón sin salida. No podemos darnos el lujo de persistir en esta trayectoria de dejar que el sector privado y los mercados financieros funcionen sin restricciones, de tercerizar todo lo que no esté clavado al piso, y de aplastar a los trabajadores todas las veces que se pueda. Además, la última vergüenza es el voto que presentaron anoche los Republicanos en el Senado de Estados Unidos para bloquear una simple extensión de beneficios de cesantía para la gente más afligida y sin trabajo. En algún momento, no va a quedar nadie que compre la porquería proveniente de todas partes menos de aquí.

Ahora enfrentamos un futuro de alto desempleo y salarios paralizados o decrecientes, a menos que hagamos algo distinto. Hoy voy a hablarles sobre hacer algo distinto. Necesitamos una nueva estrategia económica nacional para una economía global.

En la parte medular de nuestra estrategia debe haber una fuerza laboral con habilidades de nivel mundial y derechos y políticas comerciales de nivel mundial que convengan a los intereses de los estadounidenses.

Pero hoy también quiero hablarles sobre lo que puede parecer un tema extraño —la inmigración— porque es evidente que no podemos hablar de nuestra estrategia de fuerza de trabajo nacional a menos que enfrentemos cara a cara nuestras propias contradicciones, hipocresía e historia en cuanto a este tema.

La verdad es que en una economía global dinámica del siglo XXI, simplemente no podemos darnos el lujo de tener millones de personas que trabajan duro sin protecciones legales, sin acceso valedero a la educación superior, marginada de la economía de mayor productividad, con sueldos más altos. Es simplemente demasiado costoso desperdiciar todo ese talento, esa fuerza y ese impulso.

Pero la reforma migratoria no es sólo un tema económico. Como país, manera en que tratamos a los inmigrantes que se encuentran entre nosotros es más que una estrategia económica, se trata realmente de nuestra identidad nacional.

Yo crecí en un pueblo chico del suroeste de Pensilvania, no muy lejos de aquí. La vía del inmigrante recorría las minas de carbón de Pittsburgh a Cleveland.

Y si miran alrededor en Cleveland en los clubes e iglesias de grupos étnicos, se ve una ciudad construida por inmigrantes: húngaros y polacos, irlandeses e italianos, serbios, croatas y judíos, así como afroamericanos. Cleveland es una ciudad donde las tradiciones de los lugares de donde vinimos son el cimiento mismo de nuestra comunidad.

No fue fácil cuando mi familia llegó a este país. Mis padres huyeron de la pobreza y la guerra de distintos puntos de Europa. Cuando era niño, había un nombre feo para todos y cada uno de nosotros en los doce idiomas que se hablaban en Nemacolin, Pensilvania: wop y hunkie, polack y kike. Éramos los últimos en ser contratados y los primeros en ser despedidos, la gente que hacía el trabajo más duro y más peligroso, la gente que recibía menos sueldo porque no hablaba el idioma y teníamos miedo de reclamar.

Trabajamos en las minas y en los molinos, y la gente ya establecida allí decía que estábamos quitándoles sus empleos, arruinando su país. Pero al final prevalecieron los inmigrantes de la generación de mis padres y abuelos, y construyeron este país. Esta es la historia de mi familia, y
esta es la historia de Cleveland, Pittsburgh, Detroit, Chicago y Baltimore y miles de ciudades y poblaciones en todos los Estados Unidos.

A pesar de eso hoy escucho a los trabajadores que debieran saber mejor de lo que hablan, algunos de mi propia familia, que esos inmigrantes están quitándonos nuestros empleos, arruinando nuestro país. ¿Se repite la historia?

Cuando escucho ese tipo de comentario, quiero decirles: ¿Fue un inmigrante el que trasladó tu planta a otro país? ¿Fue un inmigrante el que te quitó tu pensión? ¿O el que disminuyó tus beneficios de salud? ¿Fue un inmigrante quien destruyó el derecho de los trabajadores estadounidenses a organizarse? ¿O quien colapsó el sistema financiero? ¿Fueron trabajadores inmigrantes quienes escribieron las leyes de
comercio que han perjudicado tanto a Ohio?

Amigos míos, la mayoría de nosotros somos hijos de inmigrantes.

Pero no hubo movimiento laboral en Estados Unidos hasta que los trabajadores aprendieron a mirarse mutuamente y ver a los inmigrantes y a los nacidos acá, no como blancos y negros, no con apellidos
diferentes, sino con un destino en común como trabajadores.

El movimiento laboral cree que nuestra meta como país debe ser un futuro de prosperidad compartida, no de desempleo persistente y de una generación perdida. Que nuestra estrategia económica debe unirnos en vez de separarnos. Nuestra estrategia debe ayudarnos a ser el tipo de país donde queremos que prosperen nuestros hijos; el país que nuestra historia nos dice que podemos ser. El origen del Sueño Americano.

¿Exactamente qué es el Sueño Americano? Algunos dirán que el Sueño Americano es la idea de que en Estados Unidos cualquiera puede hacerse rico. Y es cierto que los estratos altos de nuestra sociedad son relativamente abiertos; eso es algo bueno que tiene nuestro país, pero no es el Sueño Americano.

El Sueño Americano no se trata de que algunos lleguemos a ser ricos, sino de que todos tengamos una parte justa de lo bueno que da la vida. Tiempo para estar con nuestras familias. La oportunidad de que nuestros hijos reciban una educación y la oportunidad de abrirse camino en el mundo. Leyes que nos protejan y no nos opriman.

El movimiento laboral estadounidense se centra totalmente en procurar y defender esta idea de los Estados Unidos. Y hemos aprendido a lo largo de nuestra historia que sólo cuando los trabajadores se unen —en el trabajo y en las votaciones— aseguramos el Sueño Americano.

Hace poco, el Sueño Americano trajo a un hombre de mi edad llamado Elvino y a su hijo Ramón a los Estados Unidos desde México. Son ladrilleros experimentados y fueron contratados para trabajar en una obra grande de viviendas de variado uso, una obra pública. Ellos y treinta obreros más trabajaron cinco semanas, y el contratista nunca les pagó.

Para muchísimos inmigrantes que buscan el Sueño Americano, ésta es la Realidad Americana. Trabajo duro recompensado con estafas. Y no tienen ningún recurso para exigir justicia. Por eso me siento tan orgulloso de poder decir que Elvino, Ramón y sus compañeros de trabajo están presentando esta injusticia ante el Departamento del Trabajo de los Estados Unidos, gracias a los esfuerzos del Sindicato de Ladrilleros (Bricklayers Union Local 18) en Cincinnati y el Interfaith Worker Rights Center, cuyos miembros entienden que perjudicar a uno en realidad los perjudica a todos.

La inmigración a los Estados Unidos forma parte de un panorama mayor: el panorama de cómo estamos equivocados con la globalización. No hay mejor manera de entender eso que mirar lo que ha pasado entre Estados Unidos y México desde que se implantó NAFTA en 1994.

Se persuadió al público estadounidense con NAFTA usando la idea de que aumentar el comercio con México crearía buenos empleos en ambos países y disminuiría el flujo de indocumentados que vienen a los EE. UU. Desde México.

En cambio, desde que se aprobó el NAFTA, la desigualdad ha ido en aumento y los derechos de los trabajadores han disminuido tanto en los EE. UU. como en México. y además, la inmigración de indocumentados se ha triplicado.

Hoy tratamos nuestra relación con México como si fuera un problema de seguridad nacional que se trata de resolver con asistencia militar y con una frontera militarizada. Y ése es un error peligroso. Los defectos de nuestra relación con México representan una estrategia económica fallida. No pueden resolverse con pistolas, soldados y cercas. Deben enfrentarse con una estrategia económica orientada a la prosperidad mutua basada en salarios crecientes en ambos países.

Por el contrario, en lo medular del fracaso de nuestra política migratoria radica un hecho desagradable y que casi nunca se menciona abiertamente: A demasiados empleadores estadounidenses en realidad les
gusta la situación actual del sistema de inmigración, un sistema donde hay inmigrantes indocumentados en abundancia, temerosos y disponibles. Hay muchos empleadores a quienes les gusta un sistema donde nuestras fronteras están cerradas y abiertas al mismo tiempo, cerradas lo suficiente para convertir a los inmigrantes en ciudadanos de segunda categoría, abiertas lo suficiente para asegurar un suministro
interminable de mano de obra barata, indefensa social y legalmente.

Nuestro sistema de inmigración convierte el Sueño Americano en una burla. La gente que hace los trabajos más duros por la menor cantidad de dinero no tiene protecciones legales, ni puede enviar a sus hijos a la universidad, ni tiene derecho real a formar un sindicato, ni seguridad económica o judicial; ninguna manera de convertir sus aportes, sus años de trabajo duro, en el derecho más fundamental de todos, el derecho al voto. Eso es intolerable para una democracia.

Hace poco conocí a una joven llamada Fabiola que llegó a los Estados Unidos cuando tenía dos años. Sus padres han trabajado en este país veintidós años. Hace quince años, su padre se nacionalizó
estadounidense, así es que todos sus hermanos menores que nacieron aquí también son ciudadanos. Pero Fabiola quedó rezagada entre complicaciones legales y ahora es demasiado mayor para convertirse en ciudadana con la ley actual de inmigración.

Pero eso no le ha impedido trabajar duro para vivir el Sueño Americano. Hace poco se graduó de la Universidad de California licenciada en desarrollo internacional. Pero no puede encontrar trabajo en su campo porque es indocumentada.

La historia de Fabiola no tiene ningún sentido en términos económicos ni humanos. Se están desperdiciando sus talentos y su educación porque nuestro sistema de inmigración simplemente no funciona.

Por eso AFL-CIO está luchando para resolver este sistema migratorio fallido como elemento crucial de nuestra estrategia económica más amplia. Porque queremos el Sueño Americano para todos los que trabajen en nuestro país. Porque queremos terminar nuestra fuerza laboral de tres clases y nuestra sociedad de dos clases. Y porque un submundo de trabajadores marginalizados termina perjudicando a todos los trabajadores.

Pero no queremos cualquier tipo de reforma de inmigración. No apoyaremos regresar a programas obsoletos de trabajadores visitantes que no ofrecen seguridad alguna a los inmigrantes, ningún futuro aquí en los Estados Unidos, ningún derecho ni esperanza de formar parte del Sueño Americano.

La reforma de inmigración debe comenzar basada en el principio de que los trabajadores en los Estados Unidos se merecen disfrutar de una tajada justa de la riqueza que generamos, que los salarios deben ir en aumento junto con la productividad. El movimiento laboral y la amplia coalición de grupos religiosos y de derechos para los inmigrantes han trabajado con el ex Secretario del Trabajo Ray Marshall para crear un programa de este tipo para lograr una reforma migratoria integral.

La AFL-CIO favorece una vía justa hacia la legalización de todos los trabajadores indocumentados que trabajan para lograr el Sueño Americano. Favorecemos la Ley DREAM que da a los jóvenes como Fabiola un futuro en el único país que conocen.

Necesitamos una comisión independiente para determinar la necesidad genuina de nuestra sociedad por más inmigrantes, y luego tenemos que construir una ruta que les permita a éstos formar parte de nuestro país de manera segura desde el primer día, pudiendo ejercer sus derechos legales, incluso el derecho a organizarse, sin temor a represalias.

Y junto con esta comisión, en adelante favorecemos el establecimiento de sanciones reales para los empleadores que no respeten la ley. Debemos enfocar la aplicación de la ley no en quienes llegan aquí
buscando el Sueño Americano, sino en quienes los explotan.

Esta es la reforma por la que lucha el movimiento laboral.

Pero, en cambio, hoy vemos un acercamiento peligroso hacia una política del odio. El mes pasado fui a Arizona para estar junto a los trabajadores que fueron blanco de una campaña del odio, una campaña
basada en perfil racial montada por los legisladores del estado y promulgada como ley por el gobernador. Una campaña para hacer que todos los que parezcan ser inmigrantes por su aspecto físico vivan temiendo a la policía. Todos nosotros debemos temer un sistema así: Al final, ¿no es cierto que todos los que no sean Nativos Americanos parecemos inmigrantes e hijos de inmigrantes, que es lo que somos?

Como Presidente de la AFL-CIO, mi mensaje a los trabajadores es que todos estamos unidos por nuestras vidas como trabajadores, nuestros sueños para nuestras familias y nuestras esperanzas para el futuro de este país. El movimiento laboral existe para dar a todos los trabajadores en los Estados Unidos el derecho de tener el Sueño Americano.

Lamentablemente, el Sueño Americano se está alejando.

Hoy, como en toda crisis económica, hay gente que ofrece odio y división como la solución a la crisis. Si nuestros líderes políticos no lideran, si no ofrecen ayuda en presente y una estrategia clara para la prosperidad futura —empezando por buenos empleos— van a ir en aumento esas voces del odio, cobrarán más fuerza y se alimentarán de la rabia, el dolor y la desesperación del público.

El Presidente Obama ha definido en términos amplios la estrategia que debemos adoptar. Ha hablado de fomentar la creación de buenos empleos, reconstruir el sector manufacturero, enfrentar el reto del cambio climático y la independencia energética, mayores exportaciones e inversión en nuestra infraestructura, incluso nuestra infraestructura educativa.

Si verdaderamente vamos a formar una fuerza de trabajo de clase mundial, debemos restaurar el derecho humano fundamental de los trabajadores a organizarse y negociar con sus empleadores. Y debemos asegurar que todo trabajador en Estados Unidos, documentado o indocumentado, tenga la protección de nuestras leyes laborales. Por eso es tan urgente que reformemos nuestro sistema de inmigración.

La estrategia del Presidente también exige que invirtamos en reconstruir nuestro país. Consideren este hecho: A consecuencia de la ley de recuperación económica, ahora estamos en proceso de planificar
aproximadamente 500 millas de ferrocarriles de alta velocidad, incluidas líneas aquí en Ohio. Suena bien, hasta que uno se da cuenta de que China, un país de aproximadamente el mismo tamaño que los Estados Unidos, está en proceso de construir 5,000 millas de ferrocarriles de alta velocidad.

Restaurar los derechos de los trabajadores y formar sus habilidades. Crear la infraestructura del siglo XXI. Pensar estratégicamente cuando e trata de política comercial. Estas son las estrategias para hacer el Sueño Americano tan real para nuestros hijos como para mis padres.

Pero eso no será suficiente. Como país debemos respetar nuestra idea de justicia; los empleadores no deben aprovecharse de los trabajadores que viven temiendo la deportación, y los trabajadores deben estar unidos en el lugar de trabajo para tener buenos empleos, trabajos seguros, atención médica para todos y poder contar con seguridad en la jubilación. Por eso cuando hablamos de hacer realidad el Sueño Americano, el movimiento laboral significa hacerlo realidad para todos nosotros los que trabajamos en este país. Todos nosotros, sin importar nuestro aspecto, a quién elegimos por pareja o de dónde vengamos. No me cabe duda que tenemos mucho en común.

Gracias.

Fuente: AFL-CIO

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