Semana social católica cubana

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).-El arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados, intervino el pasado 16 de junio en la apertura de la X Semana Social Católica Cubana, con un discurso titulado: “La laicidad del Estado: algunas consideraciones”.

“Se ha de observar que, aunque el término “laicidad” tanto en el pasado como en el presente se refiere ante todo a la realidad del Estado y asume no pocas veces un matiz o acepción en contraposición a la Iglesia y al cristianismo, no existiría si no fuera por el mismo cristianismo”, dijo el arzobispo.

“En efecto, sin el Evangelio de Cristo no habría entrado en la historia de la humanidad la distinción fundamental entre lo que el hombre debe a Dios y aquello que debe al César; es decir, a la sociedad civil. (…) Aún el mismo término “laicidad”, derivado de la palabra “laico”, tiene su primer origen en el ámbito eclesial (…) El laico es (…) aquel “que no es clérigo (…) Ésta es la primera acepción, que resulta totalmente intraeclesial, del término “laicidad”.

En la Edad Media , prosiguió el prelado, “los soberanos, que reivindicaban una no sujeción al Papa, no por esto se consideraban fuera de la Iglesia; cuanto más, deseaban ejercer un rol de control y de organización de la misma Iglesia , pero no había ninguna voluntad de separarse de ella o su exclusión de la sociedad. Es a partir del Iluminismo y luego de manera dramática durante la Revolución francesa que el término “laicidad” llega a designar su contrario: una completa alteridad; es más, una oposición neta entre el ámbito de la vida civil y aquel religioso y eclesial”.

“Aunque la laicidad es invocada hoy y utilizada no raras veces para obstaculizar la vida y la actividad de la Iglesia -señaló el secretario para las Relaciones con los Estados- en su realidad profunda y positiva ella no se hubiera ni siquiera dado sin el cristianismo. Es lo que ha sucedido también con otros valores que hoy son considerados típicos de la modernidad y frecuentemente invocados para criticar a la Iglesia o, en general, a la religión, como el respeto de la dignidad de la persona, el derecho a la libertad, la igualdad, etc.: que son en gran parte fruto de la profunda influencia del Evangelio en diversas culturas, aún cuando más tarde fueron separados y hasta contrapuestos a sus orígenes cristianos”.

“En muchas legislaciones estatales -observó- se afirma que la laicidad es uno de sus principios fundamentales; obviamente, sobre todo en lo que se refiere a la relación del Estado con la dimensión religiosa del hombre. (…) Al respecto, no se puede olvidar que de hecho, en nombre de esta concepción, algunas veces son tomadas decisiones o emanadas normas que objetivamente afectan al ejercicio personal y comunitario del derecho fundamental a la libertad religiosa”.

“Podemos notar que la falta de una subordinación lógica y ontológica de la laicidad respecto al pleno respeto de la libertad religiosa constituye para esta última una posible y también real amenaza. (…) En tal caso, paradójicamente el Estado pasa a ser un Estado confesional y no más auténticamente laico, porque haría de la laicidad su valor supremo, la ideología determinante; justamente una especie de religión, hasta con sus ritos y liturgias civiles”.

“Ha de reafirmarse la concepción plena del derecho a la libertad religiosa. Ya que, respetarlo no significa simplemente no ejercer coacción o permitir la adhesión personal e interior a la fe. Si bien el respeto del acto personal de fe es fundamental, no agota la actitud del Estado en relación con la dimensión religiosa, porque ésta -como la persona humana- tiene necesidad de exteriorizarse en el mundo y de ser vivida no sólo personalmente, sino también comunitariamente”.

Refiriéndose finalmente a la misión de los laicos, el arzobispo Mamberti puso de relieve que “al Magisterio le compete un rol distinto” del que les corresponde a ellos. “Mientras a los Pastores de la Iglesia les toca iluminar las conciencias con la enseñanza, “el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad” -como afirma Benedicto XVI en su encíclica sobre la caridad- “es… propio de los fieles laicos”, que lo realizan “cooperando con los demás ciudadanos”.

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