“Barbarie Humana” en El Salvador”



Ni en la guerrilla, ni en los escuadrones de la muerte, en sus versiones más sanguinarias, se había visto algo parecido: rociar con gasolina y quemar deliberadamente a gente viva en plena vía pública.

En esto se ha convertido El Salvador del nuevo siglo: en una tostadora humana.

El domingo 20 de junio de 2010 sobre la calle roma del Barrio 18 de Mejicanos —una populosa zona en el extrarradio de San Salvador, El Salvador— un microbús de transporte público, Toyota Coaster 1993, de la ruta 47 fue incendiado por miembros de la Mara 18 con todos los pasajeros que viajaban en su interior.

“La Barbacoa Humana”, como dijo uno de los mareros —el más joven— ha dado la vuelta al mundo.

Más de una treintena de salvadoreños inocentes que volvían a sus hogares sobre las 7:30 de la tarde, fueron rociados con gasolina y luego incendiados, vivitos y coleando, con sus conciencias y sus sentidos a flor de piel.

11 de ellos murieron calcinados en el acto entre los gritos, el resplandor y la desesperación. 4 lo hicieron en la precariedad y la ineficiencia de la red de salud pública salvadoreña. El resto de víctimas no logra salir del shock provocado por la pesadilla.

¿Cuándo fue la última vez que un grupo armado prendió fuego a una treintena de personas vivas al interior de un autobús público?

He tragado mucha prensa en los últimos 15 años y no recuerdo nada ocurrido en ningún rincón del mundo parecido a lo acontecido en Mejicanos la tarde del domingo 20 de junio de 2010.

El presidente de la República, Mauricio Funes, ha calificado la barbarie humana de Mejicanos como “acto terrorista” y sugiere, como respuesta, criminalizar la pertenencia a pandillas y bandas urbanas. El grupo político GANA, va más allá y recomienda de inmediato implementar la pena de muerte.

Las propuestas llegan como calambrazos en el hígado, después del choque emocional provocado a conciencia por estas maras que tienen al país arrodillado. “Pareciera ser como que los pandilleros quisieran demostrar algo a las autoridades” dice el comisionado Roberto Villalobos, subdirector de Áreas Especializadas de la Policía Nacional Civil (PNC).

El comisionado Villalobos no anda muy lejos en su sospecha. Los jefes de las pandillas, como señores de gran poder, buscan respeto, y en el caso de las maras eso significa, más extorsiones, más asesinatos y, por supuesto, más terror en la población.

Los jefes de las maras saben que el terror colectivo es una arma eficaz para ganar batallas y doblegar a la sociedad y sus poderes democráticos.

Con la masacre de Mejicanos, el modus operandi de las maras asciende a otro nivel. Pasa del acto meramente violento para aterrizar en el terreno de lo emocional, con el ojo puesto en desestabilizar el estado psicológico de la población.

“Pánico colectivo” es la consigna.

Un acto planificado, una estrategia cuidadosamente diseñada en la que no se pretendía hacer más daño sobre las carnes y los huesos de las personas asesinadas, sino más bien en los sentimientos y en el estado de ánimo de todos los sectores que componen nuestra sociedad.

De momento, aunque hayan sido capturados 8 de los presuntos asesinos, a los perversos la táctica les ha funcionado. Se ha decretado un período de luto nacional en honor a las víctimas, la sociedad civil está desesperanzada, la bandera salvadoreña cuelga a media asta y la clase dirigente ha entrado en una fase de consternación.

Es mucho más fácil destruir seres humanos disparándoles indiscriminadamente a la altura del pecho que capturarlos y encerrarlos para después rociarlos con gasolina y prenderles fuego vivos. Esto último se hace como un acto simbólico, como algún tipo de ofrenda o recado para alguien en particular.

Estamos ante una guerra violenta y psicológica, en la que los perversos no tienen piedad, ni escrúpulos, ninguna contemplación hacia la vida humana.

Nos equivocamos amigos. Estos guerreros urbanos, muchos de ellos menores de edad, no se detendrán ante el llanto y sufrimiento de personas inocentes.

Esta calaña ya no se regenera. Por el contrario, los amos de las maras tienen sus objetivos bien claros: extorsionar, matar y aterrorizar, a cualquier precio, da igual que sea sobre las cabezas de los cuerpos de seguridad o sobre las cabezas de niñas inocentes como la de Hazel Melany Gómez Ruano, una indefensa muchachita de 18 meses que encontraron hecha carbón entre los cuerpos calcinados de sus padres al interior del microbús de la ruta 47.

José Manuel Ortiz Benítez es Editor de Salvadoreños en el Mundo.

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