Silencio interior y exterior para percibir la voz de Dios

A las 10,00, presidió una concelebración eucarística en la Plaza Garibaldi , a la que asistieron unas 25.000 personas.

Refiriéndose al inicio de la homilía a las dificultades que deben afrontar cotidianamente, el Santo Padre aseguró su “cercanía y recuerdo en la oración”, en particular “a cuantos viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre por el futuro, del sufrimiento físico y moral y del sentimiento de pérdida debido al terremoto del 6 de abril de 2009”.

Hablando de san Celestino V, llamado Pedro del Morrone, porque vivió retirado en un monte conocido con este nombre, hasta su elección como papa en 1294, el Papa destacó que “permanece en la historia, sobre todo, por su santidad”, que “no pierde nunca su fuerza atractiva, no cae en el olvido, no pasa nunca de moda. Al contrario, con el paso del tiempo, resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios”.

Este santo, continuó, “desde su juventud fue un “buscador de Dios”, un hombre deseoso de encontrar respuestas a las grandes preguntas de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? (…) En el silencio exterior, pero sobre todo en el interior, consigue percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida”.

En este sentido, el Santo Padre afirmó que “vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que “llenarse” de iniciativas, de actividades, de sonidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros, si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás”.

Otro de los aspectos de la vida de san Celestino fue el de la acción de la gracia: “lo que tenía, lo que era, no le venía de sí mismo: le había sido dado, era gracia, y era por ello también responsabilidad ante Dios y ante los demás”.

“Dios nos precede siempre, y en cada vida hay cosas bellas y buenas que podemos reconocer fácilmente como gracia suya. (…) Si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con asombro, en nuestra vida -como los santos- los signos de ese Dios, que está siempre cerca de nosotros, que es siempre bueno con nosotros, que nos dice: ¡Ten fe en mí!”.

Benedicto XVI explicó que la cruz constituyó para Pedro del Morrone “el centro de su vida, le dio fuerza para afrontar las duras penitencias y los momentos más comprometidos, desde su juventud hasta su última hora. (…) Cuando fue elegido a la sede del Apóstol Pedro, quiso conceder una particular indulgencia, llamada “La Perdonanza”.

Este papa, añadió, “aún llevando una vida eremítica, no estaba “cerrado en sí mismo”, sino que estaba lleno de la pasión de llevar la buena noticia del Evangelio a los hermanos”.

En este sentido, afirmó que la misión de la Iglesia consiste en “el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico -también en los momentos de persecución-, sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni al de la violencia o de la imposición; el desapego de las preocupaciones por las cosas -el dinero y el vestido-, confiando en la Providencia del Padre; la atención y cuidado, en particular, hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu”.

Terminada la misa y antes del rezo del Ángelus, el Santo Padre confió la Iglesia local a la Virgen, venerada en Sulmona con particular devoción en el Santuario de la “Madonna della Libera”. “Que pueda caminar unida y gozosa en el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Que fiel a la herencia de san Pedro Celestino, sepa siempre unir la radicalidad evangélica y la misericordia, para que todos aquellos que buscan a Dios lo puedan encontrar”.

“En María, Virgen del silencio y de la escucha, san Pedro del Morrone encontró el modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, en una vida sencilla y humilde, dirigida a la búsqueda de lo que es verdaderamente esencial”.

“También nosotros, que vivimos en una época de mayores comodidades y posibilidades -terminó-, estamos llamados a apreciar un estilo de vida sobrio, para conservar más libres la mente y el corazón y poder compartir los bienes con los hermanos”.

Después del Ángelus, el Papa se dirigió a la Casa Sacerdotal del Centro pastoral diocesano de Sulmona para almorzar con los obispos de los Abruzos. La Casa Sacerdotal , destinada a acoger a los sacerdotes ancianos y enfermos, fue inaugurada este domingo tras los trabajos de restauración, y ha sido dedicada a Benedicto XVI.


LA ORACION NO ES NUNCA EXTRAÑA A LA REALIDAD

CIUDAD DEL VATICANO (VIS).- Antes de dejar la Casa Sacerdotal , el Santo Padre saludó a los miembros del comité organizador de su visita a Sulmona para recibir después a una delegación del Penal de la ciudad, de la que formaban parte el director del centro, los capellanes y un grupo de agentes de custodia y de detenidos.

A continuación, el Papa se trasladó a la catedral para encontrarse con los jóvenes. A su llegada, Benedicto XVI se detuvo unos minutos en adoración del Santísimo Sacramento y, tras escuchar el saludo del obispo Angelo Spina, habló a los chicos y chicas reunidos en el templo.

El Papa elogió la “memoria histórica” de los jóvenes que poco antes se habían referido a Celestino V como un personaje que conservaba toda su actualidad. “Sin memoria -dijo el Papa-, no hay futuro. Si hace tiempo se decía que la historia era maestra de vida, la cultura consumista actual tiende, en cambio, a clavar al ser humano en el presente, haciéndole perder el sentido del pasado, de la historia; pero así lo priva también de la capacidad de comprenderse, de percibir los problemas y de construir el futuro. Queridos jóvenes: quiero deciros que el cristiano es alguien que tiene buena memoria, que ama la historia y quiere conocerla”.

Hablando después de cómo valorizar en un mundo tan diverso como el del siglo XXI la experiencia de San Pedro del Morrone, el Santo Padre subrayó que hay algunas cosas que son siempre perennes, como “la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior”, y explicó que “es importante aprender a vivir momentos de silencio interior a lo largo de nuestras jornadas para poder escuchar la voz del Señor”.

“Estad seguros -reiteró- que si aprendemos a escuchar esa voz y a seguirla con generosidad no tenemos miedo de nada porque sabemos y sentimos que Dios está con nosotros. (…) El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración. (…) Y esto es válido sea antes de la decisión, o sea en el momento de decidir si emprender el camino, sea después, si queremos ser fieles y perseverar en el camino. San Pedro Celestino fue en primer lugar un hombre de oración, un hombre de Dios”.

Pero “la oración verdadera no es absolutamente extraña a la realidad. Si rezar os alienase, os apartase de vuestra vida real -advirtió el Papa- estad en guardia: no es una oración de verdad”. “No se trata -explicó- de multiplicar las palabras, sino de estar en presencia de Dios, haciendo nuestras, en la mente y en el corazón, las frases del Padre Nuestro, o adorando la Eucaristía, (…) o meditando el Evangelio, (…) o participando en la Liturgia. Todo esto no aparta de la vida, al contrario contribuye a que seamos realmente nosotros mismos en todos los ambientes, fieles a la voz de Dios que habla a la conciencia, libres de los condicionamientos del momento”.

“La fe y la oración no resuelven los problemas, pero nos permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de forma digna del ser humano y también de manera más serena y eficaz. Si contemplamos la historia de la Iglesia observamos que está repleta de figuras de santos y beatos que partiendo de un diálogo intenso y constante con Dios, iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas: la salud, la instrucción, el trabajo, etc… Su decisión estaba animada por el Espíritu Santo y por un amor fuerte y generoso por los hermanos, especialmente por los más débiles y con más desventajas”.

“¡Queridos jóvenes -exclamó el pontífice-, dejaos conquistar totalmente por Cristo! Emprended también vosotros con decisión el camino de la santidad, es decir el estar en contacto y en conformidad con Dios, que está abierto a todos, porque también os hará ser más creativos a la hora de hallar soluciones a los problemas que encontráis y de hallarlas juntos. Otra característica del cristiano es que nunca es individualista”.

En este sentido, Benedicto XVI reafirmó que la elección de vida eremita de Pedro de Morrone no fue una fuga de la responsabilidad, porque “en las experiencias aprobadas por la Iglesia, la vida solitaria de oración y penitencia está siempre al servicio de la comunidad y nunca se contrapone a ella. Los eremitorios y los monasterios son oasis y fuentes de vida espiritual a las que todos pueden recurrir. El monje no vive para sí mismo, se dedica a la vida contemplativa por el bien de la Iglesia y de la sociedad, para que puedan estar siempre irrigadas de energías nuevas, de la acción del Señor”.

“Amad a la Iglesia: os ha dado la fe, os ha hecho conocer a Cristo. (…) Conservad vuestro entusiasmo, vuestra alegría que nace del haber encontrado al Señor y comunicadla a vuestros coetáneos. Con vosotros siento que la Iglesia es joven”, concluyó el pontífice. “Caminad, queridos chicos y chicas, caminad por la senda del Evangelio, amad a la Iglesia, madre nuestra; sed sencillos y puros de corazón; humildes y fuertes en la verdad: humildes y generosos”.

Finalizado el encuentro, el Papa bajó a la cripta para venerar las reliquias de San Pánfilo y San Celestino V. Después se desplazó al estadio Pallozzi para despedirse de las autoridades que lo habían recibido por la mañana y a las 17,45 emprendió en helicóptero el regreso al Vaticano.

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