La Próxima Emergencia de Salud Pública

Por Ellen-Marie Whelan, Lesley Russell

Todos hemos visto imágenes de las horrorosas y continuas secuelas de la explosión en el pozo petrolero Deepwater Horizon en el golfo de México. La limpieza ambiental y las consecuencias económicas del mismo van a durar mucho tiempo, y es difícil de imaginar que el tiempo llegará cuando los humos provenientes del petróleo, los químicos y las quemas ya no contaminen el aire, que los océanos no estarán cubiertos con capas de petróleo, que las playas no estarán manchadas de alquitrán, y que las ciénagas no estarán atascadas con residuos. Eventualmente esto podrá lograrse si trabajamos con ahínco.
Sin embargo las amenazas a la salud por parte del derrame de petróleo pueden permanecer desapercibidas, tal vez por más de una generación. Y no estaremos completamente preparados para enfrentar ni protegernos de los problemas de salud pública que surjan en el futuro, a menos que haya una eficaz y coordinada entrega de responsabilidades por parte de las agencias de respuesta de emergencia a agencias con la capacidad y habilidad de manejo y monitoreo a largo plazo. Las agencias federales han sido incluidas dependiendo a la necesidad en la respuesta al derrame, pero no es claro que el involucramiento de la agencia de Servicios Humanos y de Salud (HHS siglas en inglés) haya sido coordinado por su liderazgo para asegurar una eficaz entrega y coordinación.
En resumen, el derrame reitera porqué necesitamos manejar mejor las respuestas a desastres a corto y largo plazo necesarias para encarar las amenazas a la salud pública que ocasionan semejantes desastres, bien sean por causas naturales o por la mano del hombre.
En el derrame de Exxon Valdez en 1989 no se implemento un monitoreo y revisión sistemático, y ahora nos preguntamos en qué fallamos. Varios estudios luego del derrame del Prestige en las costas de España en 2002 indican que algunos problemas respiratorios en los empleados que hacían labores de limpieza no se registraron sino hasta años después del derrame. Adicionalmente, las evidencias sugieren que los daños al ADN de estos trabajadores pueden generar cánceres y alteraciones en el estado hormonal.
La responsabilidad de las respuestas a largo plazo como las inmediatas solo pueden ser lideradas por la administración desde los niveles más altos. Este no es un rol apropiado para las corporaciones—especialmente BP—a la cual no se le puede confiar que pondrá los intereses y necesidades de las comunidades afectadas sobre sus intereses de empresariales. La protección de la salud pública siempre ha sido una responsabilidad clave del gobierno federal.
Esta no es la primera vez que el país enfrenta tal crisis, y no será la última. Hemos enfrentado problemas de salud pública desde los ataques al World Trade Center en Nueva York, el Huracán Katrina, y el derrame de petróleo de Exxon Valdez, y de enfermedades como el SARS, la gripe aviaria y la gripe H1N1 que afortunadamente no alcanzó proporciones de una crisis pero que podría haber ocurrido. Las respuestas, aun cuando son eficaces, no siempre han sido bien coordinadas.
La crisis del golfo nos recuerda que es esencial contar con un plan de respuesta de salud pública que sea activada lo más antes posible y que pueda prolongarse cuanto sea necesario. Necesitamos establecer un esquema completo con líneas claras de responsabilidad y puntos definidos que activarían la acción. Este esquema debe facilitar el involucramiento de agencias federales apropiadas para enfrentar la posibilidad de una emergencia de salubridad —desde la espera cuidadosa, a una respuesta de emergencia y hasta a un monitoreo y manejo a largo plazo.
No necesitamos una nueva entidad para poner este sistema en función. El gobierno ya cuenta con la experiencia entre muchas de las agencias del HHS para manejar cualquier emergencia de salud pública que se presente, pero distintos integrantes pueden ser llamados en casos distintos, dependiendo de los acontecimientos. Un único oficial de alto rango del HHS—tal como el Secretario Asistente de la Salud—debe hacerse responsable de supervisar el plan de respuesta coordinado, para determinar cuándo y cómo la respuesta a una amenaza dirigida a la salud pública se debe trasladar a una fase de emergencia inicial y cuándo debe cambiar a una fase de monitoreo y manejo a largo plazo.
No debemos perder esta oportunidad de evaluar los sistemas actuales y mejorarlos cuando sea necesario, para que podamos sentirnos más tranquilos al saber que la nación tiene los mejores planes y sistemas para dirigir mejor futuras e inevitables emergencias de salud pública.

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