Tragedias migratorias en EE.UU.

“Lo bueno de una cabra es que te da leche en los años de bonanza, pero también te puede servir de compañía en los tiempos de soledad”, le dijo don Jeremías a la Pancha, antes de que el primero se fuera al norte a buscar suerte.

La Pancha era oriunda de Tepecoyo, La Libertad, y tenía un amor especial por los animales —daba comida a perros hambrientos, recogía gatos enfermos, palomas heridas, incluso se preocupaba por la salud de los insectos que incordiaban la región.

Aquella mañana, la Pancha intentaba, por primera vez, ordeñar a su cabra en la parte Por José Manuel Ortiz Benítez

trasera del solar, pero los empujones de un ser bajito y testarudo se lo impedía.

“Buena solución” pensó la Pancha. Con sumo cuidado, le pasó el lazo por el pescuezo, le bordeó el hocico con un bozal y amarró el cabrito, corto, en el tronco del jícaro que había plantado su padre años atrás.

No aguantó ni treinta segundos. Inmediatamente, la Pancha liberó al animal y siguió intentando sacar leche de la ubre de aquella cabra maniática, con el recién nacido rebuznando por detrás.

“Un animal aprende a base de repetir lo que se le ordena”, prosiguió don Jeremías, un señor de mediana edad, venido a menos, gracias al desempleo y la guerra reinantes en la zona en aquel entonces.

En el fondo, aquella cabra —como los actores políticos de la época— estaba loca, pero para la Pancha, la cabra era lo mejor que le había pasado en su vida. En dos palabras, la adoraba.

Nadie sabe cómo la cabra llegó a ser propiedad de la Pancha, sólo se sabe que un día aquel animal inquietante apareció en su solar y desde entonces a la cabra se le conoce como “Eleonor, la cabra loca de la Pancha”.

Era ruidosa y testaruda, dos características sobresalientes íntegramente heredadas por su primerizo.

“Si quieres beber leche fresca, debes amarrar el cabrito aquí en la parte superior de la mano y esposar a la cabra de las patas para que no se mueva”, le aconsejó don Jeremías, que, en sus años mozos, había sido corralero de prestigio de don Jacinto, un reconocido ganadero de Tepecoyo.

Mientras la Pancha lo intentaba por enésima vez, el chivo se lió entre las patas de su madre y metió bruscamente los cascos dentro del balde, derramando las cuatro gotas de leche fresca que la Pancha había extraído de la ubre de la cabra.

“A los animales se les enseña a base de repetición. Recuerda siempre eso, Pancha”, continuó don Jeremías, con una voz tranquilizadora.

“La repetición tiene dos carriles, se puede hacer por el carril del castigo o por el carril de la recompensa, o sea que podemos castigar a la cabra cuando se mueve o podemos recompensarla con maicillo cuando se queda quieta, y, en cualquier caso, la cabra estaría repitiendo una acción determinada: quedarse quieta. Entiendes muchacha. Quedarse quieto también es una acción, como dormir o soñar, no hay movimiento pero hay acción”.

“Lo ves, ahora la cabra sabe lo que uno espera de ella, porque le hemos enseñado el valor de la serenidad en el momento del ordeño.”

Al final de la mañana, la Pancha llevó a la quesería del pueblo 32 tazas de leche fresca.

El día siguiente, el cabrito de Eleonor amaneció muerto, bajo el jícaro. La Pancha se hundió en una tristeza profunda, se sentía culpable, la muchacha quería quitarse la vida.

20 años después, la Pancha olvidó el trágico episodio y emigró a los Estados Unidos, como hicieron otros 3 millones de salvadoreños.

El 14 de enero de 2008, dos extraños de uniforme gris claro, botas negras y sombrero verde oscuro, se presentaron, con unos papeles en la mano, en la puerta del apartamento de la Pancha en el contado de Shelby, Kentucky.

Los uniformados buscaban al sospechoso de un asesinato múltiple perpetrado en la zona de Shelbyville, el día 13 de enero de 2008.

“Cómo no, aquí está mi Ai Di´” les dijo la Pancha con miedo, pero con amabilidad. Los policías del estado de Kentucky verificaron al instante el número de seguridad social puesto en el carné de identidad de la Pancha.

Sin mediar palabra, la esposaron y se la llevaron directamente al interior de las bartolinas del condado de Shelby, bajo el cargo de “forged instrument” —falsificación y robo de identidad, un delito federal penado con hasta 15 años de cárcel en EE.UU.

Hay que recordar que a los salvadoreños indocumentados que llegan a EE.UU. se les dice “vos poné ahí cualquier número de seguridad social”. Es un delito pasivo que se hace de la forma más inocente posible, pero que ha servido a las autoridades estadounidenses como herramienta para deportar a cientos de salvadoreños honestos y trabajadores.

En la cárcel de Shelby, la Pancha pasó encerrada 4 meses, sin pasar delante de ningún juez. Como diría algún noble sudamericano, “en el Imperio, la justicia también se ralentiza”.

Finalmente en julio de 2008, la Pancha fue traslada a la prisión del contado de Franklin y ahí el Fiscal Federal de Estados Unidos le citó una frase inmortal de Vito Corleone. “Le haré una oferta que no podrá rechazar”.

La Pancha aceptó el acuerdo —canjear 7 meses y pico que ya había servido en prisión, más la deportación inmediata a El Salvador por el delito de Ai Di falso por el que le caerían, como mínimo, 10 años de cárcel.

La salvadoreña firmó la orden de deportación con tristeza, pensando en su juventud, en Eleonor, en el cabrito, en muchos recuerdos de su pueblo natal. Volver era la única opción, y la Pancha se esforzaba en digerir su nueva realidad, sin derrumbarse.

El juez dictó la sentencia el día jueves 7 de agosto de 2008, mientras la Pancha estaba todavía en las prisiones de la autoridad local del condado de Franklin, bajo la responsabilidad directa de los US Marshalls.

De acuerdo a las disposiciones federales, un inmigrante —con orden de deportación dictada por un juez— puede permanecer detenido en las prisiones locales de los condados durante un máximo de 48 horas, excluyendo días de fiestas y fines de semana. Después de ese tiempo, debe ser recluido en una prisión federal o pasar delante del juez otra vez para reclamar su libertad.

El Servicio de Inmigración de Estados Unidos (ICE) tenía que recoger a la Pancha a más tardar antes de las 12:00 horas de la noche del día lunes 11 de agosto de 2008, para llevarla a una prisión federal para que desde ahí fuera deportada a Tepecoyo, tal como mandaba la orden del juez sobre el papel.

En la segunda semana de agosto de 2008, ya la Pancha andaba muy mal de la cabeza. Le entró una depresión de caballo. Pensaba que se iba a quedar presa en Kentucky para siempre y que no iba a ver a sus hijos anclados en El Salvador.

El 19 de agosto de 2008, Billy Roberts, el sheriff del Condado de Franklin, ordenó que la Pancha entrara en monitoreo durante el día en una celda especial para evitar una posible desgracia.

La medida del sheriff no sirvió para nada. La tarde del miércoles 20 de agosto de 2008, la Pancha estudió bien los diseños del mobiliario de su prisión. La madrugada del jueves 21 de agosto, la Pancha pasó sigilosamente una punta de la sábana por el respaldo de metal de la cama de su celda, la otra punta se la pasó por el cuello, y después tiró, tiró y tiró hasta que se ahorcó.

La noticia no tuvo mucho eco en los medios estadounidenses. Un inmigrante encerrado no genera muchas noticias en estos tiempos en EE.UU.

Sin embargo, El 27 de julio de 2010, don Jeremías, aquel buen amigo de vieja usanza, apareció e interpuso una demanda judicial en un Juzgado Federal de EE.UU. contra el condado de Frankflin y el estado de Kentucky por “desprecio, imprudencia y negligencia graves” en la muerte de la Pancha, aquella persona a quien un día enseñó un curso de ganadería bovina básica, en un momento fatídico, en Tepecoyo, a 48 kilómetros al noroeste de San Salvador.

Los que conocen bien el caso, dicen que don Jeremías doblegará al imperio para que la Pancha tenga su ración de justicia y un rinconcito especial en las letras de que aquellos que hablamos de las tragedias de la inmigración.

En cuanto a la cabra, según el registro de los recuerdos de Doña Maria de Romero, madre de la Pancha —96 años de edad— Eleonor murió días después de la muerte de su cabrito, en el mismo rincón, bajo la sombra, al lado del tronco del viejo jícaro.

José Manuel Ortiz Benítez es editor de Salvadoreños en el Mundo.

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