El Salvador: Prohibición de cachiporristas

El 15 de septiembre de 1989, Antoñita, una niña guapa y habilidosa, de 6 años de edad, llegó a Santa Rosa de Lima, La Unión, El Salvador, el pueblo natal de sus abuelos, a debutar en el desfile local como cachiporrista.

A Antoñita la encestaron en un traje azul, le ajustaron las botas blancas y, a continuación, le pasaron el bastón que estaba envuelto en un papel de ceda.

Todo el material “cachiporrístico” de la niña había sido comprado en Potomac Mills, un interminable centro comercial, 20 millas al sur de downtown Washington D.C.

Pero algo salió mal en las calles del centro de Santa Rosa de Lima aquella mañana. A medio camino, la niña se mareó y vomitó los plátanos del desayuno encima de sus botas.

La marcha de la banda del instituto local se había ralentizado delante de la alcaldía municipal. Nadie esperaba la reincorporación de la niñita. Con la paliza del calor, parecía que se había enfermado. “La turista” sugirió un familiar.

Pero Antoñita reapareció. Salió discretamente desde el interior de una zapatería y sigilosamente se deslizó por los cuerpos de la multitud, hasta situarse delante del pelotón de cachiporristas.

En ese preciso instante, desde unos cinco metros de distancia, don Severino, con una pronunciada flexión vertical de nuca, indicó a sus muchachos que era hora de dar volantazo al ritmo musical que llevaba la banda.

Un extraño y difuso sonido empezó a emerger de aquellos instrumentos, pero poco a poco el ruido se transformó en una bella melodía tropical.

Cuando La Avispa –de aquel grupo musical llamado “La Banda”, que brilló en 1980– brotaba de aquellos artefactos musicales, Antoñita se soltó.

La muchachita de azul alucinó a la multitud con una ejecución acrobática insolente. La muchedumbre la aplaudió durante 5 minutos, mientras su abuela se mantenía en pie a duras penas, entre la emoción y los empujones en medio del murmullo.

El desfile de cachiporras durante las fiestas de nuestra independencia es parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia, de nuestra historia.

Las jóvenes salvadoreñas han lucido sus caderas y sus malabares con el bastón durante muchas décadas, en tiempos de guerra, en tiempos de hambre, en tiempos de descuartizamientos colectivos, en tiempos de secuestro, etc. y lo han hecho con encaro, con ilusión, con nervios quizás, pero, en cualquier caso, sin miedo.

Ahora hay una clase política que señala y advierte de los riesgos y los peligros de lucir el traje y la cintura en el día de la Independencia, como si las cachiporristas fueran las responsables de incitar el comportamiento violento en personas con tendencias violentas.

Según los expertos, un psicópata violador se excita cuando se expone a la belleza de una mujer, pero el problema no es de la mujer que irradia su belleza cuando camina por la calle, sino del violador que se obsesiona con su belleza.


Prohibir –si se quiere ser más cínico– los desfiles de piernas exuberantes en las calles de El Salvador que organizan miles de comités estudiantiles a lo largo y ancho del país, durante las fiestas del 15 de septiembre, es caer en un análisis fácil y equivocado: no se debe provocar con piernas largas y rollizas a los salvadoreños porque eso fomenta comportamientos violentos dentro de una sociedad que ya de por sí es (altamente) violenta.

Hay algo que no cuadra en el análisis: se pone buena parte del énfasis y el esfuerzo legislativo en el efecto, la belleza de la mujer, y no en la causa de fondo, la violencia y el salvajismo de los individuos.

Hay otro fallo en el análisis: no se puede legislar todos los rincones de la vida para evitar o disminuir comportamientos no deseados. Quiero decir, no se puede prohibir todo aquello que puede incitar la violencia de los violentos. El remedio podría salirnos más caro que la enfermedad.

Ahora son las cachiporras, mañana podrían ser las minifaldas, el escote, la licra, etc. porque bajo esa lógica de prohibir, estas prendas caen también bajo la categoría de provocación e incitación de las redes violentas.

Si se prohíben las cachiporras por qué no los bikinis en la playa se pregunta un viejo amigo administrador de un buen blog.

Es altamente posible que existan en el país bandas de mafiosos que se dediquen a ojear las calles el 15 de septiembre para marcar y secuestrar a quien tanga las mejores pantorrillas en el desfile, pero este problema de secuestro y trata humana, no se resuelve, legislando y prohibiendo toda una tradición cultural en nuestro país, sino persiguiendo eficazmente a los tratantes violadores, que ejercen la caza humana, y desbaratando a los circuitos de impunidad y corrupción que permiten esa práctica.

Antoñita, ahora tiene 27 años y una criaturita de 7, quien, desde el 2007, ha participado en el desfile de cachiporras de Santa Rosa de Lima, como lo hacía su madre hace ya más de dos décadas.

Este año, Antoñita y su hija no piensan venir a El Salvador, dicen que ahora tienen miedo.

José Manuel Ortiz Benítez es editor de Salvadoreños en el Mundo

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