Un médico que sobresale en su profesión

A los 7 años de edad, en una tarde otoñal, en su querido pueblo natal de San Miguel, nuestro amigo le dijo a su madre que estaba pensando seriamente convertirse en investigador académico dentro del mundo de la medicina.

Si no hubiera sido por la edad y la sobriedad del niño, aquella confesión no hubiera tenido ninguna otra reflexión.

Doña María Higinia Flores se levantó de la hamaca y le dijo a su muchachito, en aquella barriada de San Miguel, allá por el año 1975, que los sueños eran muy bonitos, pero que había una triste y aplastante realidad a considerar.

Somos pobres, no tenemos cómo pagar tus estudios, por qué no abandonas esa ilusión tuya y te pones a trabajar junto a tu papá y tus hermanos, le dijo, más o menos, aquella madre desconsolada a su hijo.

La madre de su mejor amigo le añadió: “Estás loco, esa carrera es sólo para los ricos”.

En aquella época en El Salvador a los padres se les hacía caso. Así que aquel joven se puso a trabajar de manera precoz, pero sin desprenderse de su gran ilusión: llegar a ser médico.

Probó varios sabores en el duro mercado laboral salvadoreño de antaño. Estuvo de jardinero, después se lanzó de ayudante de albañil, luego se metió a pintor, no de pincel fino, sino pintor de brocha gorda, de aquellos que iban con gorra, franelilla y caballetes de madera para equilibrarse delante de la pared. Más adelante se aventó a probar suerte en el sector del calzado, sin aflojar las notas sobresalientes en todo aquello que estudiaba: Biología, Química, Genética, Neurología, etc.

Al ver el esfuerzo de su muchacho, doña Maria Higinia Flores cambió ligeramente de opinión.

Un 6 de noviembre de 1985, el día del cumpleaños de su hijo, Higinia Flores, siguiéndole la estela a más de un millón de salvadoreños, se montó en un bus hacia Guatemala y prendió rumbo hacia los Estados Unidos.

“En Nueva Jersey la vida es muy diferente, hijo. Estoy trabajando duro de “beibisiter” para que vos podas continuar con la carrera en la universidad”, la habría dicho doña Higinia Flores a su hijo prodigio en El Salvador.

En el verano de 1995, el hijo “illuminati” de Higinia Flores se graduó en Medicina de la Universidad de El Salvador (UES), con un registro académico inmejorable: el primero de su promoción.

Antes del final del siglo pasado, el hijo de Higinia Flores se había convertido en esperanza nacional para aquella pequeña red de personas que se dedicaba a la medicina científica en el interior de la UES, cuando aquella señora llamada María Isabel Rodríguez era la rectora [hoy ministra de Educación de El Salvador].

En la primera primavera del nuevo siglo, el Dr. Guillermo González García, considerado padre de la medicina interna en El Salvador, le habría dicho al joven investigador, “Se ha cumplido la vieja premisa platónica. El buen discípulo ha vuelto a superar al maestro”.

La pausa se alargó. “Muchacho, debes seguir adelante en el exterior”, le aconsejó el maestro a su pupilo.

A mediados del año 2000, con unas notas inmejorables, una experiencia profesional en el Seguro Social de El Salvador y una carta de recomendación personalizada de González García, el hijo de Higinia Flores, se fue a Estados Unidos a tocar la puerta a un reconocido Centro de Investigación en la ciudad de Nueva York, cerca de Nueva Jersey, donde estaba su madre.

Pero en Nueva York la esperada respuesta no llegó. Nuestro amigo estuvo unos cuantos meses en el limbo.

No fue hasta el año 2004 —después de participar en el estudio más importante de un revolucionario medicamento para la presión arterial— que el hijo de Higinia Flores fue aceptado en un centro de investigación académica de prestigio en Estados Unidos.

Su éxito en el área de la investigación científica lo llevó, después de una rigurosa competencia, hasta el Centro de Investigación Clínica de la Universidad de Maryland. Ahí, el hijo pulcro de Higinia Flores empezó a brillar como una estrella de otra galaxia, mientras su madre continuaba sus últimos días ganándose el pan como beibisiter en Nueva Jersey.

El investigador salvadoreño actualmente se ocupa de una misión muy delicada: rescatar a los latinoamericanos y afroamericanos de bajos recursos de la muerte del SIDA. Lo hace desde dos trincheras específicas: el laboratorio de la Universidad de Maryland desde donde comanda el Programa StarTrack —pionero en el cuidado de VIH/SIDA en EEUU— y La Clínica del Pueblo —en Columbia Heights, en Washington, DC.—, una institución de “salud comunitaria” que sirve a los más débiles, de los cuales el 55% son de origen salvadoreño.

El modelo de gestión comunitaria de la Universidad de Maryland y la Clínica del Pueblo con el programa de salud para las personas de bajos recursos han tenido una enorme repercusión a nivel nacional en Estados Unidos.

El nombre de este salvadoreño, de comienzos humildes, ha empezado a circular en medios pioneros de la ciencia, como The Journal of Infectious Diseases, The Vaccine Journal, The Human Genetic, etc.

El 11 de septiembre de 2010, el doctor Leonel Flores, el hijo promesa de María Higinia Flores, recibió el Premio Nacional de la Excelencia en el Cuidado de la Salud en el Centro de Artes Escénicas del Hotel Hilton, en Manassas, Virginia, Estados Unidos.

Cuando doña Maria Higinia Flores se enteró del premio que le iban a entregar a su pequeño, no pudo evitar recordar aquella tarde lluviosa de 1975 en San Miguel, cuando su hijo de apenas 7 años de edad, le confesó por primera vez que quería ser médico.

Nunca pensé que mi muchacho lo conseguiría, dice inundada de felicidad.

El doctor Leonel Flores es, en la actualidad, Gerente de Programas de Salud en la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland, presidente de la Junta Directiva Clínica del Pueblo, y recientemente fue nombrado por el presidente salvadoreño, Mauricio Funes, Asesor en Asuntos Comunitarios en la Embajada de El Salvador en Washington DC.

Leonel, aquel muchachito de barrio pobre de San Miguel, ilusionado con la medicina, es un ejemplo de lo que es capaz de hacer nuestra gente: resurgir en lo más alto desde la nada. Por eso Leonel es ahora un “Healthcare Excellence Award” en Estados Unidos, porque, a pesar de los obstáculos, nunca se desprendió de su gran pasión: llegar a ser médico.

José Manuel Ortiz Benítez es editor de Salvadoreños en el Mundo

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