Los niños envenenados

Normal 0 0 1 612 3494 29 6 4290 11.1287 0 0 0

Por Silvana Melo

APE.- José Rivero jugaba en la tierra, en la chacrita de Lavalle, a pocos kilómetros de Corrientes. Hundía el pie en la humedad y miraba el moldecito de su huella. A veces modelaba el barro y otras se ennegrecía los dientes con los dedos. A los cuatro años no entendía la muerte de sus animales, que iban cayendo, tiesos y amarillos, después de días de desánimo y vómitos bordó. Comía tierra mientras alzaba chozas con ella, con techitos de rama seca. A su alrededor los plantíos eran una alfombra verde. Algunos días se venía un olor fuerte, penetrante en los pulmones. Los ojos picaban y la garganta era de lija. La vida en su casa agonizaba proporcionalmente al verdor de las chacras. Se fueron secando, fumigados como malezas.

José murió en el Garrahan, envenenado. La tierra estaba embebida de clorados.

El modelo extractivo no incluye la vida. Menos aún aquellas vidas anónimas, de gente pequeñita, que llegó a deshora a un mundo para otros. Menos aún para las vidas confinadas a una parcela mínima en medio del negocio. Que se las arreglará más temprano que tarde para sacárselas de encima. Con la policía, con las patotas, con el cianuro en el agua o fumigándoles la casa y la piel. Como a la mala hierba. La soja modificada genéticamente resiste al glifosato y ve, desde su púlpito, extinguirse al pasterío indeseable. Pero los niños no tienen modificación genética. Y suelen morirse como los pastos.

Un año atrás dos vecinos de José, Nicolás Arévalo y su prima Celeste Estévez, caminaban por los sembrados en Lavalle, hundiendo los pies en el barro. Por su piel penetró el endosulfán, el mismo veneno atroz que mató a José. Un clorado prohibido en casi todo el mundo pero que en un par de países de América Latina sigue aplicándose. Nicolás no pudo resistirlo. Tenía cuatro años. A los niños de tierras perdidas los persigue el hambre, el gatillo fácil, el paco o una nube tóxica. Como los químicos asimilables al napalm que enfermaron de cáncer a Ezequiel, de siete años, en Nuestra Huella. Murió hace dos años de un tumor cerebral, después de haber apilado miles de huevos desde los cuatro. Embarrado de estiércol y agroquímicos.

Los niños de tierras perdidas son débiles como la hierba.

En Misiones, 5 de cada 1000 niños nacen con malformaciones, según el informe del doctor Juan Carlos Demaio, jefe de cirugía del Hospital Provincial Ramón Madariaga. La mayoría, en las zonas tabacaleras y papeleras. Los agrotóxicos matan lo que se le interponga al cultivo. Se cuelan en el ambiente, en el agua, en la dermis de la tierra.

En siete años fueron cayéndose muertos uno a uno. Los primitos Portillo vivían en el paraje rural del Tala, en Entre Ríos. Habían quedado presos de las plantaciones de soja. Rodeados en su pequeña casita, en la única tierra suya, que les fue respetada apenas. Entre 2000 y 2007 fueron fumigados como al junquillo, atacados como a la peor maleza. Pero el junquillo resiste más que Alexis, de un año y medio. Que Rocío y Cristian, de ocho. Que se extinguieron como luciérnagas en el día. Sin poder pelearle a nada.

“Cuando fumigaban, nos encerrábamos en la pieza. Por días nos dolía la cabeza, picaba la garganta y ojos. Y si llovía, el arroyo de casa bajaba con peces muertos. En el campo hay palomas, perdices y liebres muertas, nada deja el veneno”, dice Norma, la mamá de Cristian. En Gualeguaychú culparon a la sangre (los papás eran primos). Después, a una bacteria desconocida. Por último a la supuesta desnutrición de los chicos.

Los niños de las tierras perdidas son débiles como la hierba. Y el poder económico los tala como a los montes.

El endosulfán, el glifosato y todos sus socios, amigos y parentelas son los dioses potentes del modelo extractivo que no deja hierba en pie. Ni pulmones ni niños ni tierra para jugar ni barro donde hundir el pie. Cómplices directos del cianuro que envenena el agua. De la topadora de los monstruos que construyen poder y riqueza sobre la piel de las vidas nuevas. Sobre los pedacitos de porvenir que intentan resistir a la agonía de sus cielos y de sus pájaros.

Pero los niños de las tierras perdidas son tan débiles como la hierba.

Se apagan, anónimos, como fueguitos lejanos. Y los pájaros se quedan cada vez más solos.

Fuente: ARGENPRESS.Info

About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

You must be logged in to post a comment Login

Los niños envenenados

Por Silvana Melo

APE.- José Rivero jugaba en la tierra, en la chacrita de Lavalle, a pocos kilómetros de Corrientes. Hundía el pie en la humedad y miraba el moldecito de su huella. A veces modelaba el barro y otras se ennegrecía los dientes con los dedos. A los cuatro años no entendía la muerte de sus animales, que iban cayendo, tiesos y amarillos, después de días de desánimo y vómitos bordó. Comía tierra mientras alzaba chozas con ella, con techitos de rama seca. A su alrededor los plantíos eran una alfombra verde. Algunos días se venía un olor fuerte, penetrante en los pulmones. Los ojos picaban y la garganta era de lija. La vida en su casa agonizaba proporcionalmente al verdor de las chacras. Se fueron secando, fumigados como malezas.


José murió en el Garrahan, envenenado. La tierra estaba embebida de clorados.

El modelo extractivo no incluye la vida. Menos aún aquellas vidas anónimas, de gente pequeñita, que llegó a deshora a un mundo para otros. Menos aún para las vidas confinadas a una parcela mínima en medio del negocio. Que se las arreglará más temprano que tarde para sacárselas de encima. Con la policía, con las patotas, con el cianuro en el agua o fumigándoles la casa y la piel. Como a la mala hierba. La soja modificada genéticamente resiste al glifosato y ve, desde su púlpito, extinguirse al pasterío indeseable. Pero los niños no tienen modificación genética. Y suelen morirse como los pastos.

Un año atrás dos vecinos de José, Nicolás Arévalo y su prima Celeste Estévez, caminaban por los sembrados en Lavalle, hundiendo los pies en el barro. Por su piel penetró el endosulfán, el mismo veneno atroz que mató a José. Un clorado prohibido en casi todo el mundo pero que en un par de países de América Latina sigue aplicándose. Nicolás no pudo resistirlo. Tenía cuatro años. A los niños de tierras perdidas los persigue el hambre, el gatillo fácil, el paco o una nube tóxica. Como los químicos asimilables al napalm que enfermaron de cáncer a Ezequiel, de siete años, en Nuestra Huella. Murió hace dos años de un tumor cerebral, después de haber apilado miles de huevos desde los cuatro. Embarrado de estiércol y agroquímicos.


Los niños de tierras perdidas son débiles como la hierba.

En Misiones, 5 de cada 1000 niños nacen con malformaciones, según el informe del doctor Juan Carlos Demaio, jefe de cirugía del Hospital Provincial Ramón Madariaga. La mayoría, en las zonas tabacaleras y papeleras. Los agrotóxicos matan lo que se le interponga al cultivo. Se cuelan en el ambiente, en el agua, en la dermis de la tierra.

En siete años fueron cayéndose muertos uno a uno. Los primitos Portillo vivían en el paraje rural del Tala, en Entre Ríos. Habían quedado presos de las plantaciones de soja. Rodeados en su pequeña casita, en la única tierra suya, que les fue respetada apenas. Entre 2000 y 2007 fueron fumigados como al junquillo, atacados como a la peor maleza. Pero el junquillo resiste más que Alexis, de un año y medio. Que Rocío y Cristian, de ocho. Que se extinguieron como luciérnagas en el día. Sin poder pelearle a nada.

“Cuando fumigaban, nos encerrábamos en la pieza. Por días nos dolía la cabeza, picaba la garganta y ojos. Y si llovía, el arroyo de casa bajaba con peces muertos. En el campo hay palomas, perdices y liebres muertas, nada deja el veneno”, dice Norma, la mamá de Cristian. En Gualeguaychú culparon a la sangre (los papás eran primos). Después, a una bacteria desconocida. Por último a la supuesta desnutrición de los chicos.


Los niños de las tierras perdidas son débiles como la hierba. Y el poder económico los tala como a los montes.

El endosulfán, el glifosato y todos sus socios, amigos y parentelas son los dioses potentes del modelo extractivo que no deja hierba en pie. Ni pulmones ni niños ni tierra para jugar ni barro donde hundir el pie. Cómplices directos del cianuro que envenena el agua. De la topadora de los monstruos que construyen poder y riqueza sobre la piel de las vidas nuevas. Sobre los pedacitos de porvenir que intentan resistir a la agonía de sus cielos y de sus pájaros.

Pero los niños de las tierras perdidas son tan débiles como la hierba.

Se apagan, anónimos, como fueguitos lejanos. Y los pájaros se quedan cada vez más solos.

Fuente: ARGENPRESS.Info

 

About Ramón Jiménez

Ramón Jiménez, actual Managing Editor de MetroLatinoUSA. Periodista que cubre eventos de las comunidades latinas en Washington D.C., Maryland y Virginia. Graduado de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Distrito de Columbia. Galardonado en numerosas ocasiones por parte de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP) y otras organizaciones comunitarias y deportivas de la región metropolitana de esta capital. También premiado en dos ocasiones como Mejor Periodista del Año por la cobertura de la comunidad salvadoreña; premios otorgados por la Oficina de Asuntos Latinos del Alcalde de Washington (OLA) y otras organizaciones. Ha sido miembro del jurado calificador en diferentes concursos literarios, de belleza y talento en la región metropolitana. Ha visitado zonas de desastre en Nicaragua, Honduras y El Salvador e invitado a esos países por organizaciones que asisten a personas de escasos recursos económicos. Antes trabajó en otros medios de prensa de Virginia y Washington, D.C., incluyendo reportajes para una agencia noticiosa mundial.

You must be logged in to post a comment Login