Los clásicos del cine

Por Jorge Zavaleta Balarezo

En la revisión de los clásicos del cine siempre es posible hallar una joya que parece estar opacada por el brillo de otras, más mostradas, más difundidas, más premiadas. Ahora mismo se me viene a la mente, por ejemplo, “Fat City”, de John Huston, que es una película de traiciones y lealtades en el siempre turbulento y tramposo mundo del boxeo.

Filmada a comienzos de la década de los 70, precisamente esta obra es una, entre las muchas y muy buenas que dirigió su autor, que ha quedado algo así como olvidada en el tiempo, oculta del aplauso general, esperando, quizá, que un espectador más o menos inquieto llegue a ella y la recupere. Es exactamente lo que sucede con pequeños hitos del cine, absurdamente postergados.

 

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El tema tiene que ver también con una película que, aunque premiada -incluso se llevó el Óscar- no ha sido nunca lo suficientemente valorada y se le considera simple, pasable, digerible. Y quizá nada más. Estamos hablando de “Marty”, cuyo protagonista, el gran Ernest Borgnine, dejó de existir hace dos semanas.

“Marty” significa recordar no sólo la existencia de un carnicero solterón y buena gente, identificado en el rostro de Borgnine, quizá no precisamente el de un galán, y este filme también desarrolla una historia sobre los afectos personales, la relación de una pareja y la forma cómo Estados Unidos estaba asumiendo su propia vida urbana después de la Segunda Guerra Mundial.

Aquí, el nombre de Delbert Mann, director de la cinta, resulta fundamental pues fue él quien perteneció a lo que con el tiempo se conocería como “la generación de la televisión”, es decir un equipo de realizadores que se iniciaron en la pantalla chica y luego dieron el salto al ecran, con eficientes resultados. Es el caso, igualmente, de Arthur Penn o de Richard Brooks, autores de filmes que desde los años 50 y 60 tuvieron un radical impacto en las audiencias cinéfilas.

El propio Woody Allen se inició como guionista y comediante en la radio y gracias a su éxito e ingenio pasó a la televisión. Claro, no adivinaba él mismo el talento que desplegaría, con el tiempo, en películas mayores como “Annie Hall”, “Manhattan”, “Hannah y sus hermanas” o “Crímenes y pecados”.

La carrera de Allen, quien acaba de estrenar su multifacética “A Roma con amor”, no tiene parangón en el cine de, al menos, los últimos 40 años. Ha sido aceptado y celebrado tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, es premiado y aclamado en festivales de primer nivel y su legión de admiradores atraviesa distintas generaciones. De Allen podemos decir, ahora, que evidenció una notoria crisis creativa en los años 90, época de la cual acaso sólo son realmente destacables “Balas sobre Broadway” y “Misterioso asesinato en Manhattan”, ambas en clave de comedia “negra”.

Lo que este creativo cineasta ha venido haciendo en el presente siglo, con su costumbre de rodar un largometraje por año, bien puede entenderse como un proyecto más global y abarcador de sus inquietudes y su interés por probar con nuevas estrellas, como Scarlett Johansson y Penélope Cruz. Esta nueva versión de Woody lo presenta, a un tiempo, tal vez ante un público que antes rehuía sus célebres dramas y comedias intelectuales y le dan oportunidad, a él mismo, de distanciarse de obras que fueron apreciadas por la crítica con mucho fundamento y que incluso forman parte de los clásicos del cine contemporáneo.

Cintas como “Interiores” y “Días de radio” dan cuenta de ello, pero al parecer ha llegado el momento de un relajamiento, si se quiere de un desentendimiento por parte de Allen, quien filma ahora películas como “Vicky Cristina Barcelona” que la misma crítica seria que lo encumbró en su momento considera sólo pasatiempos o quizá engreimientos solipsistas de su autor. Esto, en sí mismo, debe representar un dilema para quien, como Allen, ha representado sus propias conjeturas en la pantalla grande y las ha vinculado a su condición de hombre judío, neoyorquino, nervioso y perfectamente psicoanalizable.

Y ya que hablamos de Woody Allen, quien a su manera mantuvo una independencia del cine comercial de Hollywood siendo aceptado tempranamente como un autor, vale la pena recordar a otro “outsider”, el genial John Cassavetes, impulsor del cine de bajos presupuestos y de propuestas realistas.

Obras suyas como “Una mujer bajo la influencia”, protagonizada por quien fuera su esposa, Geena Rowlands, “Maridos” y “Gloria” reflejan igualmente la singular preocupación de un cineasta centrado en la ciudad y los problemas psicológicos a los que la urbe e instituciones tradicionales como la familia y el matrimonio producen en sus personajes, a quienes vemos tensos, en discusiones, compartiendo tristezas y desencantos.

El de John Cassavetes es un cine “desnudo”, que impresiona por su propia fuerza y que con el tiempo hemos reconocido, por qué no, en la obra del británico Mike Leigh, autor de “Secretos y mentiras” y “Todo o nada”, asimismo retratos de una clase empobrecida que sufre las consecuencias de las reformas neoliberales de Margaret Tatcher.

El cine es esa gran fábrica de magia e ilusión, aunque, de la misma manera que nos entretiene y nos vuelca hacia aventuras soñadas puede inducirnos a la crítica más feroz y despiadada de un orden imperante que comenzamos a rechazar. Las grandes cinematografías del orbe, considerando a Estados Unidos, Italia, Francia, Japón, a las que se unen más recientemente España y las películas de países como Irán, Tailandia, Vietnam, Corea del Sur, y las nuevas propuestas de América Latina, configuran un imaginario rico y vasto que abre perspectivas para los realizadores más jóvenes, quienes nunca debieran olvidar la profunda huella de los maestros y su legado. Pensemos, por ejemplo, en “Las reglas del juego”, de Jean Renoir. Ese es cinema en sentido puro, y de ello queremos dejar constancia en esta nota.

 Jorge Zavaleta Balarezo escribe desde Pittsburgh, Pennsylvania

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