El presidente colombiano Santos, en caída libre de su popularidad

Por Emilio Marín

Baja la popularidad de Juan Manuel Santos. Fiel aliado de Washington, tiene que juntar fuerzas para los dos años que le restan de mandato. La crisis económica le juega en contra y no pudo derrotar a las FARC.

El presidente colombiano Juan Manuel Santos atraviesa un momento político muy delicado porque tiene abiertos demasiados frentes con muchos enemigos, pero sobre todo por su incapacidad para resolver los problemas económicos que afligen a los colombianos.

En este último frente, se ha articulado al Grupo del Pacífico, donde se aglutinan los mejores amigos de Washington. Allí orbitan sus colegas de Chile, Sebastián Piñera; Perú, Ollanta Humala y México, Felipe Calderón, entre otros.

Como la estrategia de ese espacio es subordinarse a las economías de las grandes potencias, es altamente improbable que tenga buenos resultados para Bogotá. Sobre todo en este tiempo de aguda crisis económica y financiera del capitalismo global que Santos aprecia, como economista formado en Estados Unidos y Reino Unido que devino en ministro de Economía y luego de Defensa de Alvaro Uribe (2002-2010). Tras desempeñar esas funciones y luego que su jefe no pudiera habilitar un tercer mandato, Santos ganó ampliamente por el oficialismo el acceso al Palacio de Nariño.

 

Crisis mundial

El reflujo de la popularidad del mandatario está vinculado con la crisis económica mundial y su impacto en el país. Según las Agencias DPA y Reuters, los datos del primer trimestre indicaron una desaceleración del 4,7 por ciento en cotejo con igual lapso de 2011. El producto bruto interno, que ascendió el año pasado el 6 por ciento, bajaría al 4,8 por ciento, lo que de todos modos no sería una mala marca, por ese marco internacional.

La apuesta del presidente tiene pocos puntos de contacto con el segmento más popular de la Unasur (Venezuela, Ecuador y Bolivia) y aún con Argentina y Brasil. De allí su recostamiento sobre la Alianza del Pacífico, que es la espina dorsal regional más conservadora.

En abril pasado, cuando Colombia fue sede de la VI Cumbre de las Américas, con los países del continente, incluidos Estados Unidos y Canadá (excluida Cuba, más otros que se solidarizaron, como Ecuador), el principal objetivo del anfitrión no estuvo tanto en Cartagena de Indias, sede del encuentro. Su esfuerzo central fue presentarle a Barack Obama la ley aprobada por el parlamento local sobre la ratificación del Tratado de Libre Comercio (TLC) colombo-estadounidense. En vez de defensa del trabajo y la producción colombianas, apertura de par en par de la economía a las trasnacionales en medio de la crisis, cuando necesitan más y más dólares en las plazas sudamericanas.

 

Pelea con Uribe

Un dato nuevo de la política colombiana es la disputa entre las clases dominantes y la misma camarilla de derecha que vino gobernando en la última década. En 2009 Santos dijo estar de acuerdo con que Uribe buscara su re-reelección. Y cuando éste no la consiguió, recién lanzó su candidatura, que fue apoyada por el mandatario saliente, de quien había sido ministro leal incluso en los asuntos más controversiales, como la cesión a Estados Unidos de siete bases militares en Colombia y el bombardeo e invasión a Sucumbíos, Ecuador.

Se suponía entonces que esa afinidad se mantendría en el tiempo, pero los hechos muestran que hubo divorcio. La señal pública la dio Uribe, quien el 19 de agosto pasado realizó un acto público en Sincelejo, capital del Departamento de Sucre y allí rompió el entendimiento.

El ex presidente acusó a Santos de estar negociando con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en Cuba. “Incomprensible esto: deterioro de la seguridad y el gobierno negociando con el grupo terrorista de las FARC en Cuba. Y Chávez protegiendo a las FARC”, tronó.

Ayer Uribe aseguró que esos supuestos diálogos comenzarían en Oslo, Noruega, el próximo 5 de octubre, y que luego se trasladarían a Cuba. Para hacer más pesada su denuncia, agregó que esa negociación se haría con la mediación de Venezuela, “lo que sirve a Chávez para la reelección”. En una durísima acusación a Santos, dijo que “este gobierno piensa que a la paz se llega negociando con el terrorismo”. En Colombia, para la derecha política, los comandos militares y la oligarquía local, negociar con la guerrilla debe ser el pecado capital en que se puede incurrir.

Es que esos intereses han privilegiado, desde el “Bogotazo” de 1948 y sobre todo desde la aparición de las FARC en 1964, la represión policial, militar y paramilitar, en particular desde los años de Uribe y su llamada política de “Seguridad democrática” acordada con el imperio. Uribe está acusando de “traidor” a quien lo sucedió en Nariño.

 

Fase final

¿Será verdad que el actual presidente ha decidido abrir esa negociación con los rebeldes? En principio no quería tal diálogo. Alentado por el asesinato del jefe de las FARC, Alfonso Cano, y algunas otras bajas impuestas a esa fuerza, Santos no dio señal de apaciguamiento. Al contrario, redobló sus campañas militares, sus bombardeos y cercos a la guerrilla, intimando a una rendición incondicional de los jefes insurgentes bajo pena de aniquilamiento. Quien asumió en reemplazo de Cano, Timochenko, rechazó la capitulación y dijo que su agrupación seguiría luchando por una nueva Colombia. Eso sí, ratificó la necesidad de un diálogo de paz y de la liberación de todos los prisioneros.

Más aún, en los últimos meses las FARC han asestado numerosos golpes al ejército, imponiéndole bajas, muertos y heridos. Dieron una demostración de fuerza al liberar al periodista francés Romeo Langlois a fines de mayo pasado, en un pueblo del Caquetá donde centenares de pobladores le dieron un marco civil de apoyo. Y el 12 de julio se adjudicaron el derribo de un avión “Super Tucano” en el Cauca, entregando luego uno de los dos cadáveres, aunque para el gobierno se trató de un “accidente”.

Santos ha ingresado en la fase final de su gobierno sin haber podido liquidar a la guerrilla. Y eso, sumado a todo lo anterior, podría abrir un resquicio para un diálogo entre esas dos partes, tal como acaba de informar Telesur, por medio de una noticia difundida por su director de información, el colombiano Jorge Enrique Botero.

 

Menos popularidad

Además de no haber disminuido la intensidad de los choques armados con la fuerza fundada por el legendario Manuel Marulanda Vélez, el presidente vio empeorar su conflicto con los pueblos originarios. Hubo choques y denuncias de los nasas-paeces que habitan el Cauca, en el suroeste, quienes desalojaron a los militares del cerro Madrid, considerado un lugar sagrado. Los indígenas de ACIN reclamaron la presencia de Santos en su territorio, interpelado por unos 7.000 indígenas en una asamblea.

Si bien el gesto de concurrir fue a favor de la distensión, su negativa a retirarse de los territorios de esos originarios, “ni un centímetro”, le provocaron abucheos. Esas comunidades también reclaman que las FARC se alejen de su zona, pero hasta ahora la mayor tirantez es con los uniformados del presidente, responsables de muertes y abusos.

El resultado de todas estas contrariedades de Santos es una caída de su popularidad. Quizás por eso que ha tratado de no agravar los roces que su antecesor tuvo con las vecinas Venezuela y Ecuador. También quiso abrir válvulas de escape de la presión judicial, soltando la mano de algunos ex funcionarios con cuentas pendientes con la justicia. Fue el caso del general Rito Alejo del Río, íntimo de Uribe mientras fue gobernador de Antioquia, condenado a 25 años de prisión por crímenes de campesinos.

 

Juicio en Estados Unidos

Otro expediente muy sonado es el juicio comenzado en Estados Unidos contra el general retirado Mauricio Santoyo, extraditado desde Colombia y que se declaró culpable de “conspiración para proporcionar ayuda material y recursos” a los criminales paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Santoyo fue jefe de Seguridad de Uribe. A propósito, estos dos casos refuerzan las denuncias de que Uribe fue desde su tiempo de gobernador un firme aliado de los narcos y paramilitares.

La mejora en la relación con Caracas y los juicios a esos ex colaboradores tienen que ver con la ruptura de relaciones entre el anterior y el actual jefe de Estado. Es que aquél mantiene una beligerancia total hacia Chávez, al punto de declarar que “no invadí Venezuela porque no tuve tiempo”. En 2008 estuvo a punto de hacerlo. Según Chávez, “le faltaron cojones”, no tiempo.

La popularidad de Santos viene en picada. En julio, un sondeo de Gallup midió que su imagen positiva había caído al 48 por ciento, 16 puntos menos que en abril. El afectado declaró al diario “El Tiempo”, propiedad de su familia, que “la popularidad está para gastarla”. La semana pasada otra encuesta, de Colombia Opinión, arrojó un resultado similar: su popularidad había caído en un año 24 puntos, al bajar de 71 a 47 por ciento.

Tratando de apagar el incendio, el presidente pidió la renuncia a sus 16 ministros, para cambiar todo su gabinete. Pero el problema es él, no tanto sus colaboradores. Que no siga gastando popularidad a cuenta, porque puede quedarse “seco”.

Fuente: LA ARENA/ARGENPRESS.Info

 

You must be logged in to post a comment Login