Cosas de la vida

Teresa Gurza.

He visto algunas veces en el Canal 13 el programa Cosas de la Vida, y aún no decido qué calificación darle.

Por un lado por la violencia familiar que implican y la tristeza que ocasionan, me impresionan los dramas que presenta.

“Mi nuera se acuesta con mi marido”, “mi madre quiere arrebatarme a mis hijos”, “mi padre se acuesta con media colonia”, “mi mujer me engaña con mi mejor amigo”, “quiere matarse por culpa de su novio”, son sólo algunos de los temas.

Por otro lado me parece poco creíble, o signo espantoso de cómo andamos como sociedad, el que tantas personas se presten a ventilar públicamente, y para colmo por televisión, las conductas de sus seres más cercanos.

Y se echen en cara cuestiones penosas y terribles, ante un público presente que de una u otra forma interviene; y ante ese orto público que por estar en sus casas frente a las pantallas, no ven los “panelistas“, como les llama la conductora Rocío Sánchez Azuara.

Pienso cuanto debe de haber pasado y sufrido una familia, para finalmente aceptar concurrir a ese programa; para llegar a ese momento de tantas ofensas, de tanto odio que aflora en los involucrados.

Se advierte tanta desesperación y rabia en las madres que denuncian a sus hijas; tanto cansancio en las esposas agotadas de los engaños del marido; tanto descaro en los hombres y mujeres que van a la cama con quien se les pone enfrente dejando a los hijos abandonados, y a los que no les importa gritarse de lado a lado: mantenido, patán, prostituta, y demás calificativos comunes entre los participantes de la emisión.

Me intriga como es que tanta gente acepta exponer lo que sucede en sus casas y familias.

Y que razones tienen para dejarse gritonear y hasta insultar por Sánchez Azuara, y su abogada “Lupita”; quien al asesorarla al final de caso lo hace también gritando enojadísima a quienes en esos momentos parecen acusados ante un tribunal y permanecen sentados con los ojos fijos, pero sin mostrarse ofendidos, ni abandonar el foro.

Sánchez Azuara es casi siempre dura y arrogante; se echa auto porras y se pone de ejemplo constantemente; pero otras veces aparece cálida, tierna, abierta, democrática y tolerante en el trato de temas que le televisión no se atrevía a tocar.

Pero es eso sí, muy hábil para meter incontables “pausas” en las que anuncia de todo; y entre publicidad de brasieres y fajas, se promueven también, “rosarios electrónicos con la genuina voz de Su Santidad”.

Y cuando los casos son más horribles, más sórdido el tema, y mayor la violencia, destrucción y miseria familiar y humana que proyectan, ella se emociona y dice “hoy los casos están buenísimos”.

Afirma que los presenta, porque busca soluciones.

Pero me pregunto como se puede solucionar un caso familiar, después de impulsar a sus integrantes a echarse lodo unos a otros durante varios minutos; como volverán esas personas a su vida diaria, tras el programa; como podrán enfrentar a vecinos, amigos, compañeros de trabajo y hasta a sí mismos, después de haber ido a ventilar en esa forma sus problemas.

Dudo que puedan seguir sus vidas tranquilos y felices.

Comentando el programa con algunos amigos, me han dicho que se trata de gente contratada precisamente para eso; de personas a las que se les paga por ir al programa a criticarse con fuerza unos a otros.

Si así fuera, estamos plagados de buenos actores porque el odio y la furia que muestran parecen reales.

 

Y si los casos son verdaderos y auténticos los protagonistas; si todo lo que ahí se narra es cierto, nos urge como país atender a la salud mental de la población antes que sea demasiado tarde.

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