El Sol detrás del espejo

Por Carlos Alberto Parodíz Márquez

El peso de una tarde calurosa, me agobiaba con la imprudencia que suelen frecuentar los mejores irrespetuosos. Tenía húmedas, las palmas de las manos, adheridas al volante y, la espalda, previsiblemente, recibía la sensación de ventosa, que la camisa transmitía. Era un recorrido más, con la aridez comprensible que la rutina otorga; la radio adormecida, o tal vez acalorada, dejaba escapar un “Yesterday” desteñido, sin olor a Támesis; la precaución conductiva, dormitaba en la guantera de las mejores intenciones y el hastío de una jornada más, se acomodaba en mis hombros, resignados a la monotonía de una vida sin altibajos, presumiblemente trazada.

La proximidad del cruce de caminos, honestamente, no aportó mayor inquietud, parecía que los habitantes de las raleadas casas, comprometidas en cierta perpendicularidad, a la ruta, dormían o daban franco a las preocupaciones cotidianas. El pasto, breve y curioso, que asomaba a los costados de la banquina, también contenía el miserable aspecto de la desolación demorada, que me acompañaba.

Un gorrión desvalido, probablemente retrasado o despistado, desacomodó la irreverencia calcinada del yuyal, para alejarse del ruido que el auto, nada generoso producía; un hormiguero, parecido a un minúsculo volcán con actividad insonora, fue la referencia obligada para disminuir la marcha.

Distraído, noté que debería girar a la derecha, movimiento que me pondría de frente al sol, razón suficiente para que no me gustara la idea; por largo tiempo lo tuve de compañero de ruta, asomado a la ventanilla, apuntándome con su dedo de fuego. A fuerza de costumbre, decidí ignorar lo inevitable, dado que no podía detenerme; levanté la vista en dirección del espejo retrovisor, obediente a los prejuicios utilizados para corroborar que se es un buen instrumento. El paisaje, que me abandonaba, como el entusiasmo y la imaginación, era igualmente inmutable e incierto, como el futuro. Recuerdo, fugazmente, que esa regata de cavilaciones, no me impidió advertir un lejano y leve movimiento amarillo, confundido con la tonalidad lacerada del terreno.

Fue suficiente. Era fresco, todavía, el recuerdo del sueño que se había instalado sin apuros a la vista, desde un tiempo atrás y transferido a mi pesar, desde la lectura de aquella novela excesiva en precisiones, donde me enteré de las tribulaciones de Perry y su obsesiva pesadilla, sobre un pájaro amarillo gigante, que o rescataba de inimaginables situaciones angustiosas, protegiéndolo para trasladarlo un idílico sitio donde lo bello e imposible se volvían realidad. Que curioso, pensé; es que nunca tuve demasiado interés en el asunto, como para que la frecuencia de mi sueño se justificara, pues tampoco las imágenes, se parecían. No soy memorioso para casi todas las cosas y los sueños no eran excepción. Ondas extrañas de Capote, quizás, pero el convencimiento viajaba por otro camino.

Últimos metros para el giro y tiempo, sin embargo, para perderme en acostumbradas y obviables meditaciones. La realidad, espejo que con frecuencia eludo, terminó por imponer cierto orden, obligándome a estudiar la forma conveniente de llevar a cabo el motivo de ese viaje, con la debida reserva por la intrascendencia del mismo. Como sería el agobio, que las razones resbalaban por un túnel brumoso y esa dificultad aumentaba el desgano ilevantable.

En este punto he concedido, a modo de explicación o disculpa, que si la fantasía, las ilusiones, los imprevistos, quedaron cuidadosamente alineados en la maleta que la imaginación se llevó a vacaciones sin retorno, no podía sentirme de otra forma. Era un jugador que se ha quedado sin fichas y el casino de la vida cerraba en cualquier momento.

Nada de tragedia. Lógica elemental. Realidad pura. El surtidor de las sensaciones había agotado su existencia, hace tiempo. Me encogí de hombros y maquinalmente coloqué la segunda velocidad, sabiendo que la mano, en un alto del movimiento, rozaría el indicador de la señal luminosa de giro y ya estaría guiñando, intermitente, a invisibles esperanzas que, silenciosas, viajaban apuradas buscando destinatario con frescuras y ansiedades nuevas.

La trompa del auto apuntó firme a la derecha, con una decisión prestada. La temperatura subió, aceleradamente, al ir variando el frente; una nueva mirada al retrovisor reluciente, en tanto mis manos, empapadas, ordenaban al volante la posición que, inevitablemente, debía alcanzar.

El parabrisas se inundó de luz y el espejo se me antojó un objeto desesperado, intentando eclipsar. Por efecto, parecía aumentar de tamaño y entonces el color amarillo fue realmente vivo; las ráfagas de calor parecían provenir de un fuego móvil y la intensidad demoledora, derretía hasta la solidez del tiempo. La violencia del brillo, entrecerraba los párpados, como una lapidaria presión que procuraba descender el telón a la fatiga de mis ojos.

El amarillo se agitó, con un estremecimiento de alas, de abajo hacia arriba; se irguió, decididamente y su aproximación fue majestuosa; los tonos de rojo llameante, eran latigazos que alzaban esquirlas de piel. Sentí descascararse la pared del escepticismo, al ir desnudándose la epidermis olvidada de la sensibilidad. El chisporroteo, el resquebrajamiento, la deformación, el arrugarse, los fragmentos, las cenizas que las mismas ráfagas dispersaban, eran los habitantes dormidos en la memoria; un pasado de figuras ya grotescas, por esa danza infernal que los lanzaba a un torbellino indetenible.

El carnaval definitivo, donde las máscaras convividas saludaban al nunca más. Y… ¡por fin! Allí estaba. El fulgor de esas dos cuentas brillantes, me respondían, en un segundo, toda una vida de interrogantes. Intenté el gesto, pero las alas se plegaron y nubes amarillas, me envolvieron aligerando, vertiginosamente, toda mi esencia. El vuelo se había iniciado.

¡Doctor! … ¡Doctor! …; la urgencia desesperada del timbre de voz, hizo volver la cabeza al joven médico de guardia, del hospital regional, a punto de agotar las horas que restaban, para abandonar el turno. Había sido un fin de semana muy activo. La demudada expresión de la enfermera, urgió su paso.

– ¡El paciente de la cama dos, el viajante, doctor, el que acabamos de revisar hace un minuto! Por Dios!, no está. ¡Mire! … ¿Qué es eso?

El horror contenido y la dirección de su mirada, obligaron al médico a asomarse a la habitación. Efectivamente. No estaba. En su lugar, en medio de la utilitaria cama de hierro, el gigantesco pájaro amarillo, buscaba una ubicación más cómoda. Sus indescifrables ojillos oscuros, estaban fijos en la ventana abierta, parecía estar terminando la digestión antes de alzar el vuelo…

A Perry Smith… por las dudas…

Carlos Alberto Parodíz Márquez escribe desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina.

 

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