Adonde va Venezuela

Por Jorge Altamira

Las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre, en Venezuela, son observadas con mucha atención, por el impacto político que tendrán en América Latina (y no sólo), cualesquiera sean sus resultados. Hugo Chávez enfrenta en las urnas, por primera vez en la larga década de su gobierno, a una oposición unificada.

Los llamados ‘escuálidos’ siguieron una línea golpista hasta una fecha tan avanzada como el año 2007, cuando Chávez ya tenía siete años de gobierno. Luego hicieron un repliegue hacia la legalidad electoral sin mayores alcances, pero a partir de ahí obtuvieron dos éxitos significativos: primero, derrotaron un intento de Chávez de reformar la Constitución y, luego, ganaron, en términos de votos, las parlamentarias y a gobernadores hace dos años.

En las primarias en las que eligieron a su candidato, Henrique Capriles, los opositores unificados consiguieron una concurrencia elevada, alrededor de tres millones de electores -cuando el padrón electoral de Venezuela acoge a quince millones de votantes. Chávez carga la mochila del cáncer que le fue tratado durante varios meses.

Si la sospecha de que persiste se confirma, en octubre no se estaría votando su candidatura, sino la de su sucesor -el cual, de acuerdo a la Constitución venezolana, recaería en la persona que designe Chávez, incluso después de electo. La masa chavista, sin embargo, no aprecia políticamente a ninguno de los que podrían ocupar ese lugar -a los que el lenguaje popular ha designado como “derecha endógena”. Chávez tiene esto muy claro, por lo que ha adoptado medidas excepcionales para la eventualidad de su desaparición física.

 

Las puertitas de la oposición

Los sondeos de opinión -muy cuestionados- le dan la victoria a Chávez, pero también registran un acortamiento de las distancias. El viernes pasado, en un discurso ante delegados de la Central sindical estatizada, Chavéz reconoció el progreso de Capriles y anunció que la diferencia en la intención de votos a su favor era inferior a la que él hubiera deseado.

Henrique Capriles, que le ganó al chavismo el importante estado de Miranda hace tres años, está desarrollando un activismo extraordinario -entre otras cosas para acentuar una contraposición morbosa entre su salud, en apariencia robusta, y las dificultades de Chávez. Pero en sus comicios reúne una cantidad apreciable de gente -esto a pesar del monopolio apabullante de los medios de comunicación chavistas, de la cesión obligatoria de espacios a la propaganda del gobierno y del uso de la cadena nacional para exhibir al presidente durante un tiempo horario ilimitado.

Ocurre algo parecido a lo que pasó en Argentina en 2008, cuando el movimiento del capital sojero reunió a mucha gente, lo que se reflejó luego en la derrota del kirchnerismo en 2009. Algunos sectores de izquierda toman esta circunstancia para caracterizar el apoyo a Capriles como democrático, pero se trata de un error, porque su dirección es oligárquica. América Latina conoció muchas experiencias ‘democráticas’ de ese tipo, como el derrocamiento del nacionalista boliviano Villarroel, en 1946, o de Perón, en 1955.

De todos modos, la unidad de la oposición es, en gran medida, una fachada. Bajo el asesoramiento de un ex jefe del partido comunista que se pasó al ‘neoliberalismo’, como tantísimos de sus congéneres, Capriles desarrolla una campaña de ‘paz y amor’, a la Lula, apoyado precisamente por una consultora brasileña ligada al gobierno de Roussef. También Chávez tiene asesoramiento lulista (como lo tuvieron el peruano Humala, el salvadoreño Funes y el hondureño Zelaya) -es decir que Brasil ha puesto sus huevos en las dos canastas.

La derecha de la oposición rechaza la orientación ‘petista’ de Capriles: como descuenta una derrota electoral, reclama una campaña violenta, que denuncie el derrape de Venezuela hacia el comunismo y el castrismo, de modo de preparar las condiciones para un retorno a los métodos golpistas -en especial si, como anhela, Mitt Romney se alza con la presidencia en Estados Unidos. Advertido de la operación republicana, Obama declaró, recientemente, que “Venezuela no representa una amenaza a la seguridad de Estados Unidos”.

Tampoco podía decir otra cosa, después de la venia que le había dado al colombiano Santos para que se embarque en conversaciones con las Farc, con la mediación de Cuba y Venezuela. Obama es el gestor principal de estas conversaciones -como lo ha dejado en claro la Cancillería norteamericana.

El ingreso de Venezuela al Mercosur y el inicio de conversaciones con las Farc representan dos auxilios políticos a la campaña de Chávez, que han dejado en minoría a los sectores más recalcitrantes del ‘establishment’ internacional. Pero también sirve a las ‘palomas’ de la oposición venezolana, que han evitado pronunciarse contra un hecho como contra el otro, para poder ser vistas como un recambio que respetaría los acuerdos internacionales.

 

Nacionalismo en ruinas

La campaña electoral apenas logra disimular las dificultades insalvables por las que atraviesa el régimen chavista (el chavismo es una organización ‘sui géneris’ del poder estatal, no solamente un gobierno). Lo ponen de manifiesto las sublevaciones y matanzas en las cárceles, la violencia cotidiana y el reciente incendio de una de las refinerías más grandes del mundo. El régimen chavista, como tal, se encuentra en pleno desbande.

La diferencia histórica del chavismo y los ‘escuálidos’ -si la renta petrolera debía servir para financiar el gasto asistencial de las mayorías empobrecidas o alimentar a los accionistas internacionales- concluye en una situación de desorganización económica descomunal, obsolescencia de PDVSA, despilfarro de gastos sociales y una desvalorización espectacular de los salarios de la clase obrera.

Lo singular de la situación de Venezuela es que una victoria bolivariana sólo serviría para dejar al desnudo esta desorganización y precipitar una crisis política. El precio elevado del petróleo, como ocurre en la Argentina con la soja, es visto como una carpa de oxígeno para el régimen -entendido así tanto por el oficialismo como por la oposición, pero opera, en realidad, como un factor adicional de disolución económica.

Es que acentúa, por un lado, los desequilibrios internos (desindustrialización y dependencia del petróleo) y, por el otro, la tendencia al despilfarro. El flujo de dinero no puede superar la debilidad estructural del capitalismo nativo en todas sus manifestaciones.

La pretendida eliminación de los intermediarios comerciales, por medio de mercados estatales, no ha hecho la menor mella en una inflación que supera el 20% anual. A pesar de la cotización del petróleo, el déficit financiero y operacional de PDVSA se acentúa y la obliga a recurrir a deuda externa. Es que la inflación catapulta sus costos de producción; PDVSA liquida sus divisas en el mercado oficial, el cual está un 50% por debajo del paralelo.

El incendio de la refinería de Amuay es una manifestación de este desgaste, lo mismo que la incapacidad para financiar una refinería en Pernambuco, con la que se había comprometido con Brasil. El chavismo enfrenta este desbarajuste con la reducción relativa de los salarios de los trabajadores petroleros, quienes ganan entre 2.500 a 3.000 pesos argentinos. No sorprende, entonces, que el gobierno ejerza una brutal regimentación contra los sindicatos y persiga a los activistas independientes y clasistas.

El contrato colectivo petrolero se aprobó apenas hace mes y medio, luego de estar vencido desde octubre de 2011. Se logró por la presión de sus trabajadores, que obtuvieron un incremento irrisorio de 30 BsF a la firma y 10 bolívares más en enero de 2013. Esto demuestra que los trabajadores, sean o no chavistas, no dejarán de luchar a pesar de la descarnada regimentación en la que se encuentran. Los trabajadores de Sidor le hicieron doblar el brazo, la semana antepasada, cuando se comenzó a discutir un convenio demorado por treinta meses.

El oficialismo, no importa lo que digan sus encuestas, también se prepara para lo peor: una derrota electoral o, alternativamente, un resultado disputado. Chávez ha nombrado un Consejo de Estado, el que no había figurado como institución a lo largo de su gobierno. Es decir que contempla -en caso de derrota, incertidumbre o una fatalidad personal- el pasaje del gobierno a los militares.

En efecto, las fuerzas armadas son la médula o el hueso duro del régimen bolivariano; por eso el choque más importante dentro de la oposición es, precisamente, la cuestión militar, que la extrema derecha quiere abordar con depuraciones y expulsiones. Los izquierdistas que describen al gobierno bolivariano como un ‘empoderamiento’ del pueblo, se hacen los distraídos acerca de su naturaleza militar.

Si una disputa por los resultados -como ocurrió con el referendo sobre la Constitución, en 2008- desatara una crisis política, una de las alternativas probables será la mediación internacional de Unasur -a eso se deben los guiños de la oposición al bloque regional. Semejante mediación sería terminal para el gobierno actual, pues sería un reconocimiento de su falta de sustentación.

En los círculos cerrados de la oposición también se evalúa la situación post electoral, en especial porque una derrota neta la condenaría a un largo ostracismo y dejaría sin salida a la burguesía local que la apoya. El ex presidente de Colombia, Uribe, ya ha empezado una agitación golpista contra Santos, la que está dispuesto a convertir en regional. Los golpes que derribaron a Zelaya y a Lugo han sido mistificados como ‘parlamentarios’, pero -en realidad- fueron golpes militares, activo en el caso de Honduras, y ‘neutral’ en el de Paraguay.

 

Nuestra posición

Cuando, en abril de 2002, las masas salieron a la calle contra el golpe y ganaron la adhesión de las tropas, Venezuela asistió a una irrupción histórica del pueblo, aunque sin una traducción independiente en el campo político (al salir de la prisión, Chávez las llamó a “volver a casa”). Lo mismo ocurrió en enero del 2003, cuando la clase obrera petrolera enfrentó el sabotaje petrolero de los agentes internacionales en PDVSA.

Ese fenómeno popular es cosa del pasado; ahora se reúnen multitudes regimentadas. Se trata de una distinción fundamental a la hora de determinar una política socialista, porque apoyar a las primeras manifestaciones, con banderas propias, sirve para desarrollar la experiencia del pueblo; en cambio, hacerlo con las segundas es, simple, seguidismo y abandono de los objetivos estratégicos.

La experiencia nacionalista en Venezuela dio lo que podía, ahora se encarna en un régimen fosilizado. Es lo que habría que explicar, en nuestra opinión, a los trabajadores.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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