Perú y su septiembre negro

Por Gustavo Espinoza

En los años 70 del siglo pasado solía hablarse de un episodio trágico ocurrido con el pueblo Palestino acosado brutalmente por la dictadura jordana de Hussein II. En aquella circunstancia, en efecto, y luego que ocurrieran diversas acciones contra la presencia de Israel en la región, y por presión yanqui, la administración de Amman decretó un 16 de septiembre la ley marcial y la ocupación militar de los campamentos palestinos ubicados en ese suelo, entablándose una lucha que cobró centenares de víctimas. El acontecimiento pasó a la historia como un genocidio sionista. Fue un “septiembre negro”.

Pocos años más tarde ocurriría otro, pero esta vez en América Latina. Fue en 1973. Los militares fascistas capitaneados por Augusto Pinochet atacaron en Santiago de Chile el Palacio de La Moneda, sede del gobierno constitucional de Salvador Allende. Ese día, y los subsiguientes en las calles de esa capital, pero también en otras ciudades, se desató una violencia crudelísima que generó muchas muertes, tantas que aún no ha sido posible precisar cuántas. Allende se inmoló en nombre de la historia.

Ya en este siglo se repitió un escenario de violencia extrema en este septiembre aciago. Fue esta vez un atentado terrorista en gran escala que derribó las Torres Gemelas del Centro Mundial del Comercio, con sede en Nueva York. Aunque el gobierno de los Estados Unidos no ha procesado ninguna investigación seria en torno a los sucesos de aquellos días, diversas entidades de innegable solvencia han señalado puntos oscuros, dejando la pavorosa impresión de que ellos fueron provocados y consumados por la Agencia Central de Inteligencia de ese país por sugerencia del Presidente de entonces George W. Bush.

Quienes sustentan esa idea sostienen, entre otras razones, que la Casa Blanca aprovechó la coyuntura para -pocos días más tarde- el 7 de octubre de ese año, ocupar militarmente Afganistán y dar inicio a una guerra que aún se resiste a concluir pero que ya ha dejado un saldo de ingentes daños materiales y oprobiosas muertes. La guerra en las agrestes montañas del Bora Bora fue apenas el preludio de otra aún más cruenta y pérfida: la ocupación militar de Irak y el asesinato de Saddam Hussein, su gobernante de entonces. Los hechos que ocurrieron en la región sirvieron ciertamente para poner en el centro del interés mundial el apetito yanqui que se nutre de petróleo y otros recursos energéticos.

Estos hechos de terror y muerte le dieron un nuevo contenido a la expresión “Setiembre negro”, y dieron origen a un clima de tensión mundial que se repite constantemente, como acaba de constatarse en Libia con la muerte del embajador USA y otros funcionarios de ese país. Por lo demás, los hechos allí ocurridos atizaron el fuego del descontento con la política imperial, que resulta expresado hoy en muchas ciudades y que ha puesto a la administración norteamericana ante un patíbulo virtual.

Para los peruanos, el septiembre tiene otro carácter. Después de 12 años de una extraña acción formalmente iniciada en mayo de 1980, el 12 de septiembre de 1992 fue capturado en Lima Abimael Guzmán Reinoso, el líder de la estructura terrorista “Sendero Luminoso” quien poco después, en la salita del Servicio de Inteligencia Nacional, apareciera suscribiendo su rendición y un formal “acuerdo de paz”.

Podría decirse que el septiembre negro vivido en nuestro suelo, no puede equipararse a las horrendas matanzas ocurridas en Jordania, Chile u otros países; pero eso es tener una mirada idílica del proceso peruano. Lo real es que en esos años y otros posteriores, hasta el 2000, se contó en 70 mil el numero de personas entre ejecutadas y desaparecidas por obra de la violencia operada en el marco de los regímenes reaccionarios de Belaúnde y García, y en la desastrosa administración neo nazi de Alberto Fujimori. El Septiembre Negro que recientemente evocamos los peruanos, se nutre de matanzas horrendas, como las de Accomarca, Llocllapampa y otras; pero también de acciones pérfidas del terrorismo de Estado, que consumó alevosos crímenes como los de Barrios Altos y La Cantuta, así como las sucesivas masacres en los Penales, entre 1986 y 1992.

Bien podría decirse que fue en un septiembre (de 1992) que se cerró una parte de esta lacerante historia, cuando como consecuencia de un impecable operativo policial, Guzmán cayó con su entorno más íntimo. Pero ese no fue el fin de la historia sino la continuación de la misma que, finalmente, de acuerdo a la versión de la Comisión de la Verdad -que produce urticaria a los sicofantes de la burguesía- dejó una estela de dolor de la que aún el país no se repone.

Guzmán fue desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado un activista del PC en Arequipa. Pero, curiosamente, no participó en ninguna de las luchas estudiantiles y sociales de la época contra la dictadura de Odría y el régimen de la Convivencia. Quizá para alejarse del convulso escenario sureño, emigró a la ciudad de Ayacucho donde alcanzó la más alta cumbre de su vida académica: fue profesor de Filosofía de la Universidad San Cristóbal de Huamanga.

A comienzo de los años sesenta, y a la sombra de un antiguo comunista ayacuchano, el camarada La Torre, a quien convirtió en su suegro, logró su también ser ungido como secretario de organización del Comité regional del PC local, lo que le abrió cómodo paso para ser incorporado al Comité Central en el IV Congreso en 1962. Fue ese el sitial más elevado de su historia política

En aquellos años en el Perú y en otros países, el pensamiento “maoísta” en boga, hizo estragos en el Partido Comunista y escindió también al movimiento popular. Guzmán quiso hacer esa tarea con motivo del X Congreso de la Federación de Estudiantes del Perú -noviembre de 1963- cuando buscó imponer su dogmatismo sectario y su radicalismo verbal, sin encontrar la menor acogida, ni siquiera en las filas de la entonces aguerrida Juventud Comunista.

Luego de ese fracaso, Guzmán se jugó por la escisión levantado velas con los desertores del PC, pero ocupó entre ellos un lugar subsidiario. Fue superado por otros de mayor talento y poder de convocatoria. El traspié fue aliciente para una nueva ruptura y, a fines de los sesenta Guzmán quedó convertido en cabeza de ratón liderando una pequeña estructura partidista y colocando en todos sus documentos un “slogan” más o menos de moda: “Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui”. La novedad del estilo y la alusión al Amauta, ayudó a la prensa reaccionaria que, en sospechosa orquestación, comenzó a llamarlo impúdicamente, a partir de allì, “el máximo Líder del Partido Comunista Sendero Luminoso”.

En enero de 1979, acusado de alentar una protesta social, fue detenido, pero logró evadir su responsabilidad arguyendo con desenfado que él “no preparaba ninguna huelga, sino la lucha armada”, contundente argumento que no sirvió para prolongar su encierro, ni atraer la atención del aparato represivo del Estado, sino simplemente para que se le pusiera en libertad. Algunos de los que estudiaron el caso, aseguran que, de por medio, estuvo la gestión de connotados jefes de la Marina de Guerra del Perú a los que, sin embargo, nunca se les investigó Poco más tarde, en mayo de 1980 Guzmán dio inicio a su “guerra popular” con el ataque a una mesa de sufragio en una perdida alea ayacuchana, en los comicios presidenciales de la época.

Hoy se sabe que en los 12 años que duró ella, Guzmán vivió en Lima en confortables y escogidas viviendas de barrios aristocráticos, y siguió las acciones a través de “informes” que nadie sabía quién se los proporcionaba pero que lo indujeron a considerarse el líder supremo de un ejército popular a punto de “tomar el Poder”. En el esquema, se dijo entonces que él era, nada menos, que “la cuarta espada de la revolución mundial”, apenas detracito de Marx, Lenin y Mao.

A quienes creen que Guzmán fue víctima de la “tenaz persecución” del régimen fujimorista, hay que decirles que eso nunca fue así. Por el contrario, el propósito de ese gobierno fue mantenerlo vivo y “en acción” para justificar una política de barbarie destinada a intimidar al pueblo. Por eso, su captura solo fue posible cuando Fujimori pescaba apaciblemente en un oscuro paraje de la selva fuera del alcance de sus propios servicios de información, y su tenebroso SIN dormitaba plácidamente. Si ellos se hubiesen visto en la imperiosa necesidad de “capturar” a Guzmán, lo habrían matado, asegurando que “cayó en combate”, con lo cual habrían cerrado toda posibilidades de investigación posterior y convertido en “mártir” al occiso.

Ahora hay gente que conoce esta historia y puede hablar. Ya lo está haciendo. Así, poco a poco se hará luz sobre hechos que oscurecieron la vida nacional, y cada cosa irá quedando en su lugar. Se sabrá, finalmente, quiénes estuvieron realmente detrás de la violencia terrorista desatada contra el Perú en las dos últimas décadas del siglo XX, y se echarán por la borda mitos y leyendas que fueron usados para engañar a incautos.

Entre tanto, en el Perú de hoy, la crisis continúa. Mientras crece el PBI y se incrementan las utilidades de las grandes empresas; acosa la pobreza en los hogares, aprieta el hambre y asoma el desabastecimiento de los mercados y la especulación con los alimentos. Un nuevo “septiembre negro” nos acosa.

Fuente: NUESTRA BANDERA/ARGENPRESS.Info

 

 

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