Amor a la hondureña

Por Teresa Gurza.

Aunque la preparación de su boda duró casi un año, Natasha estuvo casada sólo 34 días.
Nació en Siberia, muy cerca del Lago Baikal que es la reserva de agua dulce más grande del mundo, en donde estaba comisionado su padre; militar ruso de bastante importancia.
Se casó solo porque le fascinaban los plátanos y un muchacho hondureño le prometió que en su tierra los podría comer diario y sin hacer cola, como sucedía en la URSS cuando “aparecían” en el mercado y las filas eran kilométricas y los precios altísimos.
Los trámites del enlace, de por si difíciles cuando una rusa quiere casarse con un extranjero, fueron peores por ser hija de un militar con acceso a información reservada.
Y de no haber sido porque el novio estaba absolutamente deslumbrado por esa belleza que había conocido en un viaje de puros tavariches a Siberia; y a que ella soñaba con un castillo tropical lleno de plátanos, no hubieran tenido éxito.
Tuvo que intervenir hasta el secretario general del Partido Comunista de Honduras, para que las autoridades del partido y el gobierno soviéticos dieran su autorización.
Finalmente Natasha tuvo la propishka, -pasaporte interno- para poder pasar por Moscú; y el pasaporte internacional para viajar a México y de ahí a Honduras; donde ya la esperaba su futuro esposo.
En esa época -1984- cualquier extranjero que pretendiera casarse con una soviética, debía pagar al Estado lo que había “invertido” en su educación.
Para fortuna del hondureño, Natasha era muy joven; así que el gasto estatal incluía sólo primaria y secundaria, año y medio de carrera y unos cursos de español; y su partido, orgulloso de que uno de los jóvenes que había mandado a la Escuela de Cuadros, regresara a casa con una rusa alta, güera, y bonita, le ayudó a solventarlo.
Pero el disgusto de los familiares de Natasha era mayúsculo.
Por eso llegó sola a Moscú y se alojó tres noches en casa de Nadia, una traductora de las delegatziaslatinoamericanas que visitaban la URSS y a la que ella había visto casi de paso en una dascha que el Comité Central del PCUS tenía en el Mar Negro, donde ella fue de vacaciones y Nadia acompañaba a unos argentinos.
Como pensó que como periodista podría interesarme el tema, Nadia me invitó a acompañarlas a comprar el vestido de novia; y al día siguiente, un jueves de verano, la llevamos al aeropuerto a tomar el avión de Aeroflot a México, donde dormiría para al día siguiente salir a San Pedro Sula y de ahí en autobús, al pueblo donde viviría.
Los rusos son muy supersticiosos; y esa mañana, sentadas nosotras en sillas y ella sobre sus maletas, meditamos, brindamos y dejamos los vasos tal cual en el fregadero; porque la costumbre ordena no lavarlos hasta que el viajero informe que llegó con bien.
Me había casi olvidado del asunto, cuando Nadia me habló para ir al aeropuerto porque Natasha, “regresaba”.
De esa novia radiante, quedaba una mujer acongojada; el agobio hizo estragos su lozanía; adelgazó, y hasta su larga trenza dorada parecía mustia cuando nos contó lo sucedido.
En México se hospedó en el Hotel Reforma; cansada de las casi 20 horas de vuelo, salió a estirar las piernas; los piropos llovían y ella desacostumbrada, los agradecía con sonrisas; lo que fue tomado por algunos como insinuación y el gerente tuvo que llamar a la policía porque dos tipos querían entrar a su habitación.
En Honduras una suegra molesta de por sí porque su hijo había vuelto comunista del viaje de estudios, se enfureció al enterarse que la noviecita de siempre era relegada por una rusa que viajaba sola y se casaba sin permiso.
¿Qué es pudor?, preguntó Natasha cuando la primera noche oyó la palabrita; “lo que ella tiene y tú no conoces…” la explicó la suegra señalando a la exnovia del hijo, que no se despegaba de la casa.
El día de la ceremonia su larga cola blanca barría el polvo de las calles sin pavimentar, donde su familia política vivía; y llegó a la Iglesia llorosa, acalorada y desilusionada.
En la fiesta el novio se emborrachó; y le dio por besar a la ex, mientras Natasha se la pasó en la cocina sin probar nada, porque hasta los plátanos perdieron el sabor.
El desencuentro arreció; y un mes después, todos opinaron que mejor se fuera; y ni el PCH pudo hacerlos cambiar.
Sus padres la recibieron pésimo, al sentirse doblemente deshonrados; primero por la boda con un extranjero que para colmo, era pobre; y luego por la separación.
Le perdí la pista; pero por Nadia supe, que odió los plátanos para siempre.

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