Misterios de la vida cotidiana

Por Gustavo E. Etkin

Cuando se daba cuenta de las cosas Artemigio siempre se sorprendía. Desde chico. Cuando se dio cuenta que las puertas eran para entrar y salir. Que las ventanas eran para ver lo que pasaba afuera y también para que entre aire y luz. Que las heladeras eran para que la comida no se pudra. Y que a los muertos, que no se comían, se los enterraban para que cuando se pudran no larguen mal olor.

Después, cuando empezó a ser adolescente, que las mujeres eran para ser cogidas por los hombres. Y también que los autos eran para que la gente no precise caminar.

“Chocolate por la noticia”, algunos le decían cuando se sorprendía descubriendo lo obvio.

Pero ahí él preguntaba: ¿Por qué chocolate? ¿Por qué chocolate y no mandarina? ¿O zapallo, o caramelo?

Y ahí entonces lo miraban a él, sorprendidos.

Cuando fue creciendo se iba sorprendiendo por otras cosas.

Por ejemplo, cuando miraba las luces prendidas de los departamentos de los edificios y pensaba que ahí había gente que sufría, amaba, hacía pis, cagaba, cogía, pensaba cosas como él, recordaba, reía, lloraba, pensaba qué hacer de su vida, trataba de ser feliz.

Y entonces se preguntaba: ¿qué es ser feliz?

Pero no solamente pensaba eso cuando miraba las ventanas. También cuando veía los autos pasar. Porque dentro de esos autos había gente que iba y venía. ¿Pero iban adónde? ¿Venían de donde? ¿De trabajar? ¿A trabajar? ¿A comer? ¿A coger? ¿A matar? ¿Qué pasaba en las cabezas de toda esa gente que iba y venía? ¿Cuáles eran sus dolores, sus tristezas, sus alegrías, sus deseos?

Poco a poco se fue dando cuenta que eso también se lo estaba preguntando cuando iba por la calle. Los que iban y los que venían. Algunos serios, de cara cerrada, otros con cara triste, algunos con lágrimas en los ojos, otros risueños, sonriendo.

Cada uno pensando en sus cosas. Su historia. Lo que les pasó. Lo que hubiera querido que les pase. Recordando. O también pensando hacia dónde iban. Qué tenían que hacer. O qué querían hacer.

Gustavo E. Etkin escribe desde Bahía de San Salvador, Brasil.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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