Colombia. ¿Perspectiva de paz o de guerra?

Por Luis Arce Borja

Surge una serie de interrogantes a partir de las negociaciones del conflicto interno en Colombia. ¿Es fiable negociar con un gobierno corrompido que nunca ha sostenido su palabra y que cada gesto o acción que realiza es solamente para favorecer a los grupos de poder y a los Estados Unidos?. Qué ganan las FARC y el pueblo en esta negociación?. ¿Es posible negociar una guerra entre clases sociales?. ¿La “paz oficial” será un factor determinante para resolver los problemas de los pobres en este país?. Si las negociaciones es para dejar de tirar tiros, ¿Qué va pasar con los terratenientes y capitalistas?. Por qué se insiste en las negociaciones del conflicto armado, si ellas nunca dieron resultados favorables. ¿Desarmarse para dejar el campo libre a los represores del pueblo?.

Guerrilleros y representantes del gobierno de Colombia han establecido la “Mesa de Diálogos por la paz”. Las reuniones se iniciaron en Cuba y se prosiguieron en Oslo (Noruega. Después de Oslo, es Cuba el país anfitrión para continuar las negociaciones. El primer día de negociaciones en Oslo (15 de octubre 2012), Iván Márquez representante de las FARC señalo que este acuerdo de paz tiene que discutir las soluciones a los problemas económicos y sociales del pueblo colombiano. El delegado del gobierno colombiano contestó en forma tajante que en esta mesa de negociación “no se va a discutir ni la doctrina militar ni el modelo económico ni la inversión extranjera”.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) es el grupo guerrillero más antiguo de America Latina. Su antigüedad es paralela a sus propuestas de “cese el fuego, tregua y paz”. Inicio sus acciones armadas en 1964 y de ellos mas de 30 años ha intentado con pocos éxitos y resultados desastrosos convencer a sus interlocutores del Estado Colombiano de buscar una solución política negociada al conflicto armado. Las negociaciones entre este grupo y el gobierno de Juan Manuel Santos han generado el entusiasmo general en America Latina y otras partes del mundo. Desde Cuba hasta Chile se ha inflado un ambiente de paz y reconciliación. Barak Obama, responsables actual de las mas brutales guerras imperialistas, dijo que las FARC “deberían aprovechar esta oportunidad para poner fin a décadas de terrorismo y narcotráfico». La ONU, cómplice de genocidios en Irak, Afganistán Libia y Siria y otros países pobres, subrayó que era optimista por las garantías que se deba al desarme de la guerrilla. El papa Benedicto XVI, envió un mensaje desde el Vaticano señalando que subversivos y el gobierno “se dejen guiar por la voluntad de perdón y reconciliación, en la sincera búsqueda del bien común”.

 

¿A quien sirve las negociaciones?

Hay que recordar que ninguna negociación de paz entre un grupo subversivo y el Estado ha sido favorable para el pueblo. No hay un solo caso en la historia de la lucha social que muestre lo contrario. La experiencia negociadora guerrilla-Estado entrega un saldo desastroso para los pueblos de America Latina. La “pacificación” y derrota de la guerrilla latinoamericana ha sido una de las ambiciones de los grupos de poder y los Estados Unidos. Las “negociaciones” o los diálogos de paz”, como forma “pacifica” de resolver el conflicto armado, se ha convertido en instrumento contrainsurgente eficaz. Los ejemplos más recientes respecto a la negociación del conflicto armado muestra que no ha servido para aliviar la miseria, la explotación y la violencia contra los oprimidos.

Los grupos de poder se han servido de la estrategia de paz para conducir a la derrota a diversos grupos subversivos y consolidar su dominación. En Colombia, al inicio de los años 90 diversos grupos guerrilleros mordieron el anzuelo de la negociación. El resultado fue la extinción y derrota de estos grupos políticos. Algunos de sus dirigentes fueron asesinados cuando ya se habían insertado en el sistema político oficial. Como señala Álvaro Leyva Durán del Observatorio de Construcción de Paz, la “memoria en Colombia es una memoria corta, nadie sabe que hubo un grupo alzado en armas que se llamó el Quintín Lame y que YA DESAPARECIÓ A TRAVÉS DEL DIÁLOGO, así como el EPL, el PRT, el M-19 y parte del Ejército de Liberación Nacional” (1).

En America Latina, como en ninguna otra parte del mundo, las negociaciones de paz resultaron una trampa para desmovilizar al pueblo y acentuar el brutal sistema de explotación. Los procesos de diálogos y la firma de acuerdos de paz, al contrario de lo que se ha publicitado, han significado más sufrimiento para los oprimidos. Sólo han servido para extender el carácter militar y opresor de los estados auspiciadores de los acuerdos de paz. El Salvador (1992), Guatemala (1996), Perú (1993). En estos países después de más de 20 años de los acuerdos de paz ha crecido la pobreza extrema, la desocupación, y la violencia contra la población. Los estados se han militarizados y las leyes sirven solo para proteger gobernantes corruptos y mafiosos. La eficacia contrainsurgente de los acuerdos de paz resultaron más eficaces que la misma represión militar. Si en el campo de combate el ejército perdía la guerra, salió triunfante en la mesa de negociaciones.

 

¿Negociaciones y sociedad de paz y justicia social?

Los representantes de las FARC han dicho que esta negociación es para buscar una “salida pacifica al conflicto armado” y mediante ello concretar “una paz con justicia social”. El Presidente Santos dijo que en las negociaciones no “habrá concesiones de ningún tipo”. A esta negociación se unió el Ejército de Liberación Nacional (ELN), otro de los grupos guerrilleros de Colombia activo desde inicios de la década del 60. Este grupo se pronunció el primero de noviembre señalando que deseaba sumarse a las conversaciones de paz y que aceptaban “comenzar los diálogos con el gobierno de Colombia”.

En el caso de las guerras entre clases sociales, no existe ningún tipo de mediación conciliadora que conduzca a una solución definitiva de las contradicciones de clases. No se aplica ni armisticio o acuerdos de paz, ni posibilidades de tratados internacionales que pongan fin al conflicto y en el que los contrincantes queden satisfechos. Las guerras revolucionarias surgen por las contradicciones antagónicas, entre pobres y ricos. Estas contradicciones solo se resuelven mediante la guerra y la derrota militar y política de la burguesía y terratenientes. El problema fundamental es del poder del Estado. Aquí no hay termino medio ni ningún tipo de negociación. Incluso las reformas que coyunturalmente pueden parecer una solución no resuelven la contradicción fundamental entre pobres y ricos. Una guerra de clases esta impulsada por reivindicaciones históricas sociales. Los pobres luchar para liberase de la explotación, la esclavitud asalariada, la violencia y la injusticia. Su objetivo estratégico es destruir el Estado y la sociedad que los oprime y edificar una nueva sociedad, el socialismo. Por el lado de los grupos de poder, usan la violencia y la represión para mantener el Estado y la sociedad de explotación.

En este tipo confrontación de clase Colombia no será una excepción. En este país las contradicciones de las clases sociales aumentan al mismo ritmo que las injusticias, la explotación, la miseria, la violencia y la corrupción de los gobernantes. Tiene razón Juan Leonel Pérez analista de la Agencia de Noticias Nueva Colombia (ANNCOL), cuando advierte que “la clase política que gobierna Colombia desde hace 50 años, no tiene voluntad de paz, lo que quiere es una desmovilización y entrega de armas del movimiento insurgente”. Este mismo analista señala que la “guerra desatada por la gran oligarquía contra el pueblo colombiano, lleva 64 años y ha cobrado la vida de más de un millón de personas, el desplazamiento de más de 5 millones y la desaparición de 150.000. Por estos desmanes, son muy pocos los procesos judiciales que se han llevado a cabo permaneciendo la mayoría de estos crímenes en la absoluta impunidad” (2).

Juan Leonel Pérez señala que cada proceso de paz en Colombia, solo sirvió para que los guerrilleros y combatientes sean reprimidos y exterminados por las fuerzas armadas de Colombia. Anota que en 1953 los guerrilleros se entregaron en nombre de la paz. En seguida a esta paz el gobierno lanzó a una gigantesca represión contra los comunistas y luchadores sociales. Señala también que en 1957 los grupos guerrilleros se declararon partidarios de la paz y comenzaron a cultivar la tierra en Marquetalia, Río Chito, El Pata y El Guayabero. “hasta allí llegaron en 1964 los aviones y 16 mil soldados” con el objetivo militar de exterminar a los guerrilleros trasformados en pacíficos campesinos. Posteriormente en 1984, narra este periodista, “se firmaron los Acuerdos de la Uribe, nació la Unión Patriótica, esta fue aniquilada, junto a otros movimientos políticos”.

 

Cuba y Venezuela, no garantizan nada

Que las negociaciones de paz en Colombia estén auspiciadas por Hugo Chávez y el gobierno de Cuba, no cambian en nada los planes contrainsurgentes que se esconden tras estas negociaciones. La participación de Cuba y Venezuela, aparte de encubrir la parte turbia de estas negociaciones, sirven para confundir la opinión pública haciendo creer que mediante la “pacificación” oficial de este país se puede alcanzar la armonía y el bienestar de la población.

Hugo Chávez está más cerca del presidente Juan Manuel Santos que de los guerrilleros colombianos. Desde el 2010 existe un acuerdo de cooperación en materia de inteligencia entre Colombia y Venezuela. Esta información de inteligencia, ha servido para ubicar y atrapar una serie de revolucionarios que fueron enviados de Venezuela a Colombia. “Nuestro gobierno actuará contra cualquier grupo irregular, sea el que sea, y entregará a las personas requeridas por Colombia, no importa si vienen de un grupo o de otro”, dijo en noviembre del 2010 Tarek El Aissami, ministro del Interior y Justicia venezolano. Pero aun mas grave, dice el Partido Comunista de Venezuela (13 de julio 2011), la información que intercambia Venezuela y Colombia “es del conocimiento, dominio, manejo y utilización por parte de la inteligencia norteamericana”.

Las autoridades venezolanas, si bien han sido represivos con los revolucionarios de Colombia, no ha sido así con los paramilitares colombianos que se refugiaron en Venezuela. “En el caso del paramilitarismo de ultraderecha colombiano, dice una revista de Venezuela, el gobierno de Chávez, ha optado por una posición más suave. Un caso ejemplar ha sido el indulto a los paramilitares capturados en una finca en las afueras de Caracas en mayo de 2004. En aquella ocasión fueron capturados 112 paramilitares, y en el año 2005, 27 de ellos fueron condenados a penas de entre 2 y 9 años por planificar acciones terroristas. El presidente Chávez indultó en agosto de 2007 a 41 paramilitares que permanecían presos por ese caso, en un gesto amistoso hacia el entonces presidente colombiano, Álvaro Uribe” (3).

Solo en los primeros meses del 2009, Venezuela entregó a Colombia 15 supuestos guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN). En el 2010, el gobierno de Chávez entregó a Juan Manuel Santos 22 supuestos “terroristas” de las FARC y del ELN. Hasta abril del 2011 volvió a capturar a 5 supuestos dirigentes de los grupos subversivos en Colombia. Entre algunos de los “entregados” por Chávez, hay que mencionar a Joaquín Pérez Becerra, periodista y director de la Agencia de Noticias Nueva Colombia (ANNCOL). Fue detenido en Venezuela (abril del 2001) acusado de ser dirigente de las FARC y entregado inmediatamente a la policía colombiana. Chávez sin inmutarse por las protestas contra estas detenciones arbitrarias de supuestos “terroristas” señaló que el “Gobierno Bolivariano ratifica así su compromiso inquebrantable en la lucha contra el terrorismo, la delincuencia y el crimen organizado, en estricto cumplimiento de los compromisos y de la cooperación internacional, bajo los principios de paz, solidaridad y respeto a los derechos humanos.” La respuesta de Colombia fue en el mismo sentido. La canciller colombiana, María Ángela Holguín, declaró que la actitud de Chávez, demuestra “el buen camino” que llevan adelante Colombia y Venezuela, en materia de seguridad y lograr que grupos armados que están en la frontera puedan ser capturados”.

El gobierno cubano alienta y aplaude las negociaciones actuales entre las FARC y el gobierno colombiano. Los mismo hizo Cuba en las década del 90 cuando auspició negociaciones en El Salvador, Guatemala y del M-19 (Colombia). Esas negociaciones de paz fueron contrarias a los intereses de estos pueblos cuyos resultados solo sirvieron a los grupos de poder y a los norteamericanos.

La posición de Cuba a favor de la negociación de la lucha armada viene desde la mitad de la década del 80 y tiene relación con la distensión entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos. Castro anunció en el tercer Congreso del PC de Cuba (1986) que su gobierno “ha figurado también en la búsqueda de una solución negociada al conflicto centroamericano”. No puede olvidarse, dijo Castro en ese evento, “la necesidad de buscar soluciones políticas negociadas a la guerra en El Salvador y Guatemala” (4). En 1992 durante una entrevista que concedió a Tomás Borges, el líder cubano emite en extenso su opinión respecto al conflicto armado en El Salvador. Defiende la negociación de paz firmada por el Frente Farabundo Martí de Liberación de El Salvador (FMLN). Castro calificó este “acuerdo de paz”, como “sabio” y como un trampolín para alcanzar por “vía pacifica” los “objetivos revolucionarios” que la guerrilla del FMLN no había podido lograr mediante la lucha armada (5).

A partir de la década del 90, cuando ya se había desintegrado la URSS, los líderes cubanos ven en las negociaciones del conflicto armado una forma de reemplazar la lucha armada. Durante la clausura del IV Encuentro del Foro de Sao Paulo realizado en julio de 1993 en la Habana Castro se pronuncio a favor de dejar de lado la lucha armada, anotando que no “era el camino más prometedor”. Agregando además, que “aquí en el Foro no se esta defendiendo el socialismo. Ninguno puede pretender que en este Foro se plantee el socialismo como objetivo, ninguno puede pretender que las condiciones, tanto objetivas como subjetivas, en este momento sean propicias para la construcción del socialismo” (6).

 

La coyuntura negociadora en Colombia

Colombia es actualmente uno de los países latinoamericanos con mayores vínculos con los Estados Unidos. Se ha convertido en una base militar americana en el continente. Hasta mayo del 2012, el Movimiento por la Paz, la Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos (MoPPaSSol) ha contabilizado 47 bases militares extranjeras en America Latina y de ellas 8 están instaladas en este país. Los gobernantes de este están mezclados en el narcotráfico y en la organización de grupos paramilitares. Por su lado, el analista Uriel Ariza Urbina anota que Colombia se “debate en una profunda crisis social y moral como consecuencia del recrudecimiento del tráfico de drogas y la corrupción estatal, lo que convierte a este país en el mayor productor de cocaína del mundo y uno de los más corruptos, según varios informes estatales e internacionales” (7).

¿Quien es el interlocutor de las FARC? El presidente Juan Manuel Santos se presenta como un emisario pacifista y doctrinario de la paz. Santos proviene de las canteras del ex presidente Álvaro Uribe quien fue acusado de colaborar con el Cartel de Medellín. En 1991 un documento oficial redactado por la Defense Intelligence Agency (DIA) de los Estados Unidos, describe a Uribe como un colaborador del cartel de Medellín y amigo de Pablo Escobar. Su contribución con este poderoso grupo del narcotráfico fue en el periodo 1980 y 1982 cuando era director de la Aeronáutica Civil, cargo que recibió del presidente Julio César Turbay. En el 2002 ganó las elecciones pero fue acusado de servirse del dinero de las mafias de la droga para ganar financiar su campaña electoral. Tramposamente se hizo reelegir en el 2006, y nuevamente fue acusado de utilizar grupos paramilitares para aterrorizar a los votantes.

Juan Manuel Santos, fue ministro de defensa de Álvaro Uribe entre el 2006 y 2008. Como ministro decía orgulloso haber dirigido los operativos que dieron muerte a Raúl Reyes (marzo de 2008) jefe de las FARC y a Iván Ríos (3 de marzo de 2008), jefe del Bloque Central de las FARC. Santos se jactó de haber propinado el más duro golpe a este grupo guerrillero cuando (23 de setiembre del 2010) los militares colombianos eliminaron al ‘Mono Jojoy’ jefe militar de las FARC. Santos era ministro de defensa en noviembre del 2006, cuando junto con el ejército fabricó falsos atentados “terroristas” en Bogota bajo el objetivo de desprestigiar a los subversivos y presentar a los militares como héroes de la sociedad. Santos como ministro de defensa o actualmente como presidente se ha encargado de facilitar que tropas de Estados Unidos participen en la guerra contrainsurgente en Colombia. En marzo del 2012, general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, confirmó que el presidente Santos ha dado su conformidad para que el Pentágono envíe a Colombia militares que estuvieron al frente de operaciones en Irak y Afganistán.

 

ORIGEN OSCURO DE LA VIA NO MILITAR

Contrariamente a lo que se ha creído, la versión moderna de las negociaciones, no surgió de criterios políticos democráticos y pacifistas. Se estructuró, como parte de una concepción estratégica de los Estados Unidos. Fue concebido bajo el objetivo derrotar a los grupos subversivos del continente. Es bajo la administración de Ronald Reagan (1981-1989) que se institucionaliza el empleo de la negociación de paz como instrumento contrarrevolucionario.

El concepto de la negociación se inserta como elemento principal de la estrategia contrainsurgente norteamericana conocida con el nombre de «Conflicto de Baja Intensidad» (8) que los americanos estructuran en 1981 para hacer aplicable a todo el tercer mundo. La ejecución y desarrollo de esta estrategia se sustenta en una táctica compuesta de dos opciones para enfrentar la lucha guerrillera. Una de ellas reposa exclusivamente en el aspecto militar y la otra pone énfasis en la gestión diplomática y negociadora. En el primer caso, se refiere a usar la fuerza militar y cualquier medio represivo (invasiones, envío de tropas, etc.), para destruir los movimientos revolucionarios, nacionalistas o democráticos. Por otro lado, se concibe un programa de negociaciones y «diálogo con la guerrilla», para «erosionar las posiciones progresistas o revolucionarias desde dentro, intentar desmovilizar a las masas y ganar tiempo» bajo el objetivo de liquidar la subversión (9). Nicaragua fue un laboratorio donde se mostró la eficacia y el doble filo del «Conflicto de Baja Intensidad». Ahí se aplicó simultáneamente acciones militares (abiertas y encubiertas) y la fórmula negociadora pacifista. El gobierno americano sostuvo y financió grupos armados contra el gobierno sandinista, pero al mismo tiempo auspició negociaciones de paz como solución «pacifica y democrática» al conflicto en este país.

En enero de 1983 los Estados Unidos logran institucionalizar en America Latina lo que se conoce como «solución negociada y política del conflicto armado». Su promotor fue el general Manuel Antonio Noriega, conocido traficante de drogas quien siendo agente de la CIA americana llegó a la presidencia de Panamá. La reunión donde se dio nacimiento a esta estrategia política fue en la isla de Contadora en Panamá y en ella participaron junto a Noriega los presidentes de México, Venezuela y Colombia, todos ellos alineados con la política de dominación norteamericana. Al momento de la reunión de Contadora, Noriega era presidente de Panamá. Había asumido el poder después de la muerte en 1981 del general Omar Torrijos, un militar que reclamaba la soberanía sobre el Canal de Panamá que los americanos tenían en su poder desde 1903. Torrijos murió en un extraño accidente de aviación. Muchos analistas han señalado que Noriega, por orden de la CIA, planificó el asesinato de Torrijos.

 

La negociación de la lucha armada se fundamenta en la teoría de la paz social, cuyo criterio de pacificación de la sociedad se concreta sin afectar el Estado ni la dominación imperialista. Los grupos de poder no sufren el más mínimo rasguño y se reafirma la continuación del sistema político corrompido y antidemocrático. No se toma en cuanta la opresión de los trabajadores, ni mucho menos sus reivindicaciones sociales y políticas. El “diálogo y paz con los grupos guerrilleros” contribuye a mantener una America Latina “sin terrorismo y sin insurgentes”. Es decir sin ningún obstáculo serio que amenace los planes estadounidenses en la región. Esta “paz americana” contribuye a consolidar la hegemonía mundial de los Estados Unidos.

Los expertos y estrategas militares de los Estados Unidos han explicado en diferentes documentos, que “resolver la crisis latinoamericana” y trabajar por el “fortalecimiento de sus gobiernos” se inscribe en lo fundamental en la liquidación del fenómeno subversivo o la “amenaza comunista” como ellos lo denominan. En el documento elaborado por el Departamento de los EE.UU. titulado “Una Estrategia Para América Latina en la Década de 1990” se señala: “Los problemas del terrorismo, los insurgentes…..son identificados como factores desestabilizadores que contribuyen al carácter volátil y a la falta de seguridad de los regímenes democráticos latinoamericanos, y que también a nosotros nos afecta, en mayor o menor medida”.

Otro de los beneficios que obtienen los Estados Unidos se refiere a la ganancia en el terreno ideológico. Desde el punto de vista de la lucha ideológica-política entre las ideas socialistas y capitalistas, que un determinado grupo guerrillero que se dice anticapitalista y socialista acabe doblegándose al Estado, entregue las armas y que además se “integre” activamente a la vida política oficial, es algo que tiene un precio político incalculable. ¿Y cuáles son estas utilidades políticas?. La capitulación como conducta política creará inmediatamente a su aplicación una desmoralización general en el pueblo de cuyo seno salieron miles de campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales y otras capas de la sociedad que se integraron a las filas de la guerrilla. Esta desmoralización de carácter político se acentuará en el pueblo durante varias décadas.

La población que depositó sus esperanzas en un cambio revolucionario se sentirá traicionada con los resultados del acuerdo de paz. Tanto los campesinos como el trabajador de la ciudad verán esfumarse sus sueños de una sociedad nueva y más justa. Parafraseando a Lenin, este tipo de guerrilla “dilapida inútilmente la fuerza de los oprimidos”. Como reflejo directo de este hecho, por un largo periodo las masas quedarán a la deriva, sin orientación y sin capacidad de reaccionar frente a cualquier medida represiva del Estado. Durante este periodo los trabajadores se vuelven extremadamente desconfiados y rechazaran el discurso de izquierda. Se alejaran de todo partido que los convoque a la luchar al interior de una minima estructura de organización. A partir de este hecho los movimientos de protestas serán exclusivamente espontáneos, sin dirección política y completamente desorganizados. El movimiento obrero, el campesinado y otras clases oprimidas, sufrirán serios reveses en su lucha reivindicativa. Por un largo periodo los grupos de poder y sus partidos políticos pasarán a la ofensiva. En este terreno fértil para las ideas de derecha y reformistas el anticomunismo gana espacio y el concepto de lucha por el socialismo será excluido de la población.

 

A los usufructos ideológicos y políticos que saca el Estado, hay que agregar la ganancia en el aspecto militar. El Estado militarizado de época de guerra interna, no pierde ésta característica con la firma de la “paz”. La “salida pacífica a la guerra”, no resuelve ni disminuye, las contradicciones sociales. Su perspectiva será la inevitable agudización del conflicto social. La contradicción social entre pobres y ricos seguirá su desarrollo que, dependiendo de la situación social de cada país, originará inevitablemente explosiones sociales espontáneas. En prevención de que estas explosiones sean capitalizadas por fuerzas políticas consideradas subversivas, el Estado mantendrá intangible su aparato militar, preparado para reprimir el más mínimo movimiento de masas y la más ligera sospecha de subversión.

Es evidente que en el proceso de negociación de paz, los únicos que abandonan las armas son los guerrilleros, no así las Fuerzas Armadas del Estado que seguirán conservando su ejército, su policía y otras instituciones represivas. El conocido discurso sobre la “desmilitarización” del país como complemento del “acuerdo de paz”, resulta unilateral y corresponde a la campaña de desinformación que el Estado, en combinación con los expertos americanos estructuran para manipular la opinión pública. En este aspecto, el Estado gana por partida doble: por un lado desarma (desmilitariza) a sus enemigos (los guerrilleros entregan sus armas al gobierno) y los hace sus aliados integrándolos al sistema oficial.

Los guerrilleros que durante años agitaron consignas a favor del socialismo y de una sociedad mas justa se convierten en pacíficos y dóciles parlamentarios, alcaldes, gobernadores, funcionarios, policías y soldados. Se reciclan como defensores de la democracia burguesa, en funcionarios del Estado y en administradores de ricas Organizaciones no Gubernamentales (ONG). En El Salvador, Guatemala y Nicaragua, los ex guerrilleros son ahora integrantes de las clases políticas dirigentes de estos países cuyo rol es proteger el sistema de explotación y los intereses de las transnacionales.

Desviar la atención de las masas hacia la negociación de paz, no sólo ha significado un retroceso en el terreno de la ideología, la política y en el campo militar. También ha generado la muerte de miles de combatientes y partidarios de la lucha armada que fueron asesinados durante los procesos de “tregua” o de conversaciones de paz. Para ilustrar esta dramática particularidad del camino negociador, nos remitimos a la versión de un periodista colombiano, que siendo partidario de la llamada salida pacifica al conflicto interno, no deja de denunciar las desastrosas consecuencias y los altos costos en vidas humanas que ha costado la paz en Colombia: “Miedo a la paz, sí, aunque parezca paradójico. La paz en Colombia ha tenido en los últimos tiempos altos costos: para la guerrilla, porque la experiencia histórica de las últimas décadas ha demostrado que la paz significa más muertos que la guerra. A mediados de los ochenta otro movimiento guerrillero, el M19, firmó la paz y su integración a la “sana” política colombiana. Hoy se cuentan por cientos los militantes asesinados de esa agrupación. La Unión Patriótica que por la misma época quiso ser el brazo político de las FARC luchó en las urnas y disputó el poder democráticamente obteniendo resonantes triunfos: senadurías, diputaciones y alcaldías fueron ganadas limpiamente. Naturalmente eso no gustó a la oligarquía que considera a Colombia como su coto privado. La Unión Patriótica, en un acto que recrea toda la historia del país, fue diezmada, totalmente masacrada. Dos candidatos presidenciales, la mayoría de sus representantes populares y cerca de cinco mil militantes fueron asesinados. Esta experiencia muestra las formas que asume la “política a la colombiana” cuando los intereses de la clase dominante están en riesgo. El saldo final de esta incursión guerrillera por las “vías democráticas” le produjo muchas más bajas que los veinte años de guerra en ese entonces”. (10).

 

Notas:

1. Álvaro Leyva Durán, Observatorio de Construcción de Paz, Colombia, 26 de Octubre de 2011.

2. Juan Leonel Pérez, fuente: Anncol.

3. Información aparecida en Laclase.info, 22-11-2010.

4. Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Informe Central presentado por Fidel Castro Ruz. La Habana 1986, paginas 113 y 114.

5. “Un Grano de maíz». Fidel Castro es entrevistado por Tomás Borges, editado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana 1992, página 165.

6. Fidel Castro. Discurso en la clausura del IV Encuentro del Foro de Sao Paulo, 24 de julio 1993.

7. Uriel Ariza Urbina, 21 de mayo 2010.

8. Según Isabel Jaramillo Edwards (Centro de Estudios sobre América, enero 87), la estrategia denominada «Conflicto de Baja Intensidad, «incorpora elementos doctrinales que tuvieron vigencia a partir de la segunda guerra mundial». Según la analista, el «Conflicto de Baja Intensidad», que surgió en 1981, se desarrolla en el marco del programa «seguridad y desarrollo» cuyo objetivo es liquidar los movimientos subversivos o cualquier expresión de lucha antiamericana. La autora resume esta estrategia, como una «concepción estratégica flexible e integral, cuyos objetivos son fundamentalmente políticos-militares y de largo alcance. Señala que su instrumentalización corresponde a la aplicación de opciones políticas, económicas, diplomáticas, militares, sociales, sicólogas y de propaganda.

9. El Conflicto de Baja Intensidad, modelo para armar, Isabel Jaramillo Edwards, Centro de Estudios sobre América, enero 87.

10. Florencio Rodil Urrego, Colombia: La guerra estalló por miedo a la paz, Revista Rebelión, 21 de marzo 2002.

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