Ente extraterrestre

Por Eduardo Mancilla

 

Laura era extraterrestre, lo sentí la noche cuando me besó, quedé convertido en antimateria. Supe del sudor interno y del estremecimiento, de la fiebre instantánea y de volar sin alas. Al regresar, vague alucinado por el borde de los tapiales bajos de las casas del barrio hasta la madrugada, denunciado por el coro desafinado de ladridos. Las vecinas que se asomaban a espiar pensarían que estaba enfermo de adolescencia, impregnada por ciertas substancias que nos veían fumar. ¿Qué podrían saber? Si eran las mujeres de los obreros, esos que se levantaban al alba, iban a la fábrica y no paraban de poner tornillos en la línea de producción hasta el crepúsculo de la rutina y del turno fabril.

 

Era hija de uno de esos, del delegado, del combativo, con su mameluco azul metalúrgico, el que conminaba a los compañeros a despertar y a luchar. Pero el sueño es placentero, garantiza la seguridad del fin de mes, cuyo único sobresalto era el número magro precedido por el signo pesos.

 

Ella iba a una escuela del centro, yo la esperaba en la parada del colectivo. Esperaba sus besos electrificados, metálicos de ortodoncia. Me contaba cosas que solo comprendí años después, también era delegada, del centro de estudiantes, digna de su padre, en tanto, nada era tan necesario e imperante que sus besos y su mirada y su pelo y su aliento sanador y su amor flamante que explotaba en mi cuerpo como una reacción en cadena.

 

Cuando apareció Laura en mi camino, se esfumaron en el mismo momento, mis amigos, Newell´s y la pelota de futbol, matemáticas y química, el almuerzo, la cena, el sueño, el carácter. Rápidamente arme mi vida en torno a su figura, desde el horario hasta los hábitos por el placer musical, también delineado por ella. Palabras nuevas, pausas, proyectos, besos, la plaza, la nochecita y el llamado de la madre para ir a cenar. Hasta luego, nunca era hasta mañana, al rato nos reencontraríamos en los sueños, para alimentarlos. Me entregué a su coherencia, a su madurez y a sus besos, a su mirada suave y a sus besos. Atado de pies y manos como rezongaba mi vieja, que sin preguntar mucho, sabía lo que me estaba sucediendo.

 

Durante algunos meses me desenchufé del mundo real, y me conecté a ella, que estaba lo suficientemente interesada de todo como para ocuparse por los dos. Mi tarea consistía en reconocer mi nuevo mundo y el de Laura, fascinante aprendizaje. Me sentía importante, resuelto, sabía que era una etapa de crecimiento en todo aspecto.

 

Pero de un día para el otro y sin mediar despedidas o sospechas, sin llamadas o esquelas, nadie supo más de ellos. Cuando pregunte a los obreros por su delegado, se encogían de hombros. Las vecinas, que averiguaban hasta el último suspiro de cualquiera, nada sabían de su madre ni de su padre ni de Laura. No tuve a quién preguntar, fui hasta su escuela y nadie pudo darme una respuesta. Caminé, recorrí, supliqué información. Ignoraba si tenían parientes o si se habían mudado imprevistamente o si habían regresado a su planeta.

 

Durante un tiempo vacio, hueco y sin alma, esperé por ella, recorrí mil veces la calle de su casa, la puerta de su escuela, la parada del colectivo, en el horario de siempre o en cualquiera, me senté en el mismo lugar de la plaza, proyecté una sola sombra esperando, vanamente, la llegada de la otra. Oculté lágrimas durante el día para liberarlas con la complicidad de la noche. Cuando su casa fue ocupada por otra familia, supe que esta historia estaba quebrada. Odié a esa gente, con bronca acumulada de angustias.

 

En un noticiero de Tv, del tipo de los que solía mirar automáticamente, desparramado en el sofá, sin saber ni querer entender lo que decían, pude ver al presidente Videla hablando sobre “la incógnita del desaparecido, no tiene entidad, no está”, dijo. “No está ni muerto ni vivo, está desaparecido”. No supe porqué, estas palabras me habían golpeado como una maza en la frente. Estaban dirigidas al que quería comprender, al que necesitaba saber. Fueron señales sórdidas, tramposas. Mamá planchaba ropa vieja, esperando la novela de las siete, mi viejo renegaba con las palabras cruzadas de La Capital.

 

Al cabo de unos meses de juntar entereza, regrese a la esquina donde se reunían los pibes de la barra, me recibieron sin quejas ni reproches. Yo no era el mismo ni ellos tampoco. No hubo guerra pero si heridas y ahí estábamos todos para lamerlas. El futbol había pasado a un plano ridículo y se hablaba de la fábrica donde trabajaban nuestros padres, de la escuela y del mensaje de mierda que propalaban los profesores, se hablaba de opresión, de bronca, de dictadura. Se hablaba de unas mujeres con pañuelos blancos que, los días jueves, daban vueltas alrededor de la pirámide en la plaza de mayo en Buenos Aires. Comenzábamos a hablar de desaparecidos, de miedos y de extraterrestres.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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