Arrebatango

Por Carlos Alberto Parodíz Márquez

La pareja de baile, como desafiándose, ocupa el centro de la escena. Lo hacen en la oscuridad preliminar al espectáculo. Las respiraciones y los murmullos, provenientes de la sala, no los modifica. Durante más de diez años, cimentaron un prestigio y forman parte de la historia del tango danzado.

Una infidelidad de él, ha agotado, para María, la relación personal y profesional. Es el motivo central de su disputa. En la sala, el triángulo se completa con la mujer sentada, sola, en una de las primeras y próximas mesas.

María sabía que la luz le pintaría la cara, en unos instantes. Irguió su cabeza. La ropa negra, le iba como un guante, realzando su figura.

– Juan – dijo quedamente – hoy es mi última función…

– Mañana… después hablamos… no es el momento… le respondió.

– Juan… diez años es tiempo suficiente para bailar y un engaño, lo es para terminar…

– María… la cuenta… cinco… cuatro… tres… dos… uno… luz…

Una puñalada roja se clavó en la cara de María y la música emergió, para envolverlos. La gente los recibió, aplaudiendo sin reservas. La sucesión del color y su relación con los acordes, mostraban los cuerpos fundidos, deslizándose por la pista. Las figuras que ellos le proponían al tango, crecían en erotismo, contradiciendo, en apariencias, la decisión de María. El público, sintió en la sala, la tensión de un hecho inusual, inexplicable, hermoso y final.

En la pausa feroz, cuando ambos quedaron suspendidos en el aire, arqueados y prestos, se murmuran sus diferencias, que crecen, aunque las figuras parecen soldarse, con una sensualidad desmesurada. La danza gana en fuerza y magnetismo. Una quebrada fulminante y ella, casi rozando el piso, con su espalda, sentencia…

– nunca más Juan… nunca más…

Ella se yergue, lentamente, él la toma con fuerza y su mano, en la espalda, parece abarcarla; las piernas pegadas; las pelvis pegadas; el vaivén de sus cuerpos excitados vibrando, irradia a los presentes. La imagen resulta indisoluble. Esa es, también, la conclusión de la mujer de la mesa. Una lágrima solitaria viaja perdiéndose de su mejilla. Las manos sobre sus rodillas, debajo del mantel, aprietan furias de impotencia. Ignora la decisión de María y se guía por el impacto visual.

Las luces disparan sucesiones ininterrumpidas de tonos crecientes, en tanto ellos giran, casi descontrolados. La gente comienza a levantarse, se pone de acuerdo en el homenaje. Casi toda la sala, menos la mujer que parece esculpida, con los ojos cerrados negándose a la realidad.

Los acordes persiguen a los bailarines. María, sus ojos clavados en los de Juan, al pasar frente a la mesa donde se encuentra la mujer, casi sin inflexiones, señala…

– ahí la tenés… desde ahora seguís con ella…

El, negando hasta con su cuerpo y la ira acumulada que nadie podía advertir, es también inmodificable y velando su amenaza, susurra…

– esta no será la forma de un final… en el peor de los casos será el tuyo…

Ambos, envueltos en la voluptuosidad de la danza, con sus movimientos refutan una ruptura, que sus cuerpos desmienten. Mordió el bandoneón, su última queja y quedaron a horcajadas uno del otro, como poseyéndose, abrazados. La luz desciende hasta desaparecer. El público quiere, sin saber que, llevarse algo de aquella noche mágica y su entusiasmo desborda cualquier previsión.

Ellos, en la penumbra, prolongan la discusión mientras, a su alrededor, los vítores no cesan. Sólo la mujer, enfrascada consigo, no advierte pero si toma una decisión, cuando los bailarines circulan y agradecen, tomados de la cintura, primero y luego de las manos, girando hasta quedar detenidos, deliberadamente elegido por María el momento, ante la mujer. Allí, María decide el anuncio…

– quiero decirles que hoy y aquí fue mi último baile, quise dejarles este arrebatango; he sido feliz…

No pudo proseguir. La mujer erecta levantó un arma y le disparó siete veces, como un rito. La histeria se expandió con la misma velocidad que el entusiasmo anterior. Desde las puertas abiertas del local, por la gente en la confusión, llegaba desde la radio de un taxi estacionado en la puerta, la respuesta de la música, con olor a tango…

–       afuera es noche y llueve tanto…

 

Carlos Alberto Parodíz Márquez escribe desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina.

Fuente: ARGENPRESS CULTURAL

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