Había una vez… (Parte II)

Por Marcos Winocur

Campesino libre o reducido a la servidumbre; señor feudal

Siervo-señor feudal, he aquí el relevo de clase. ¿Cómo consideramos al siervo? Como el más alto exponente de dependencia que pueda alcanzar un campesino, sin perder su naturaleza de tal. Nada le pertenece, ningún bien, salvo su propia vida. Tras él, una vasta gama de matices se suceden a lo largo de la Edad Media. Matices que no excluyen el extremo opuesto, el campesino libre. Pero, sin caer en unilaterización, el personaje social que en lo subalterno caracteriza el período, es el siervo.

Es la apertura hacia una instancia histórica donde la civilización, luego de cruzar el Mediterráneo y en trance de recibir el afluente de los bárbaros, se repliega sobre sí y evalúa dos hechos muy simples.

 

Que el esclavo no va más.

Que tampoco puede retrotraerse al tributario.

¿Cuál es la resultante social de esa doble comprobación? La necesidad de alumbrar un nuevo personaje. Necesariamente intermedio: no tan despojado de libertad como el esclavo ni tan “conservado” en libertad como el tributario. Ambos caducaron en la sociedad antigua. Demostráronse ineficaces para apurar los tiempos o, en otras palabras, para los procesos de acumulación. Y no hay mucho que inventar. El protagonista medieval será ciertamente producto original, mas de tipo híbrido.

Habrá de ceder su fuerza de trabajo, sea en especie, sea como servicio. La combinación es elocuente. Se aproxima al estatuto de la esclavitud cuando rinde un cierto número de días semanales para el laboreo de las tierras del señor. Es un servicio. Y, cuando lo hace en especie, se aproxima al estatuto tributario. Pero a la vez, se aleja de éste en tanto la cesión de su fuerza de trabajo en especie no se opera bajo la antigua forma comunitaria, sino personal.

Y, finalmente, se aleja el siervo del estatuto de la esclavitud al disolver la fusión que, según vimos, la caracterizaba: fuerza de trabajo e instrumento de trabajo se escinden, quedando sólo la primera como contenido de la personalidad del subalterno.

Tal el siervo, resultante de lo que antes, al modo hegeliano, dimos en llamar negación de la negación. Tal es el compromiso histórico medieval: cuando nuevas fuerzas de producción pugnan por incorporarse superando truncados procesos de acumulación.

 

Todos los caminos conducen a Roma

Hay necesidad demográfica y necesidad de repoblamiento rural. Ambas se dejan ya sentir en Roma. Es bajo su mandato imperial que, paralelo al incremento esclavista, surgen los colonos, campesinos asentados en una parcela, y los mismos siervos. El proceso se vuelve contradictorio. Conservando elementos de lo viejo, mientras lo nuevo, aún en busca de su identidad, pugna por romper relaciones sociales.

Todos los caminos conducen a Roma, pero ¿qué transportar por ellos? Pues, en verdad, todos los caminos conducen ahora hacia el feudalismo. Cuando los bárbaros golpean sobre el edificio imperial, éste se desploma no tanto por la violencia del impacto, que otrora supo soportar indemne, como por encontrarse minado internamente por contradicciones insolubles.

También el cristianismo, que dominará al milenio medieval siguiente y será la religión del siervo, se ha desplegado bajo Roma. Con Constantino, al lecho de muerte al emperador, quien acaba su vida en el bautismo de la nueva fe. Con Teodosio, a fines del siglo IV, su victoria será completa: el cristianismo es adoptado como única religión de Estado.

Juntos van a cerrar su ciclo esclavitud y paganismo. ¿Qué falta? El desplome, y la ocasión serán las invasiones bárbaras. Es la dimisión elevada por milenios de Antigüedad. Otra Europa espera al nuevo subalterno, campesino reducido a condición servil. Él desplegando su fuerza de trabajo, desecará los pantanos y roturará las tierras, recuperando de la sangría del esclavismo, y luego pacientemente, de calamidades, como las pestes, una de las cuales llegará a matar a la mitad de la población europea.

Tareas que, ciertamente, requieren otro estatuto: la respuesta histórica a la centralización de los imperios antiguos es la parición del fenómeno contrario: la mayoría atomización entonces concebible. Actúa como las semillas echadas al viento. Van cayendo distantes unas de otras, comenzando cada una a vivir y actuar de por sí. Tal fue el esfuerzo pionero del campesino de entonces, quien llevó las fronteras a los confines de Europa.

No será únicamente en ese continente. Bajo distintas formas, el feudalismo va abriéndose paso en áreas de otros continentes. China lo verá surgir a su manera. Y el Islam, desde el opuesto literal marítimo del Mediterráneo, enfrentará un feudalismo a otro, cobrando tierras europeas hasta darse con la espalda de Carlos Martel.

 

La Edad Media había nacido

En fin, la Edad Media había nacido. No por azar dio por llamarse de ese modo: “Media” como un proceso de acumulación del cual no fue capaz la Antigüedad. Una vez más se partía de cero, pero sería la última. No se recompondrá un imperio a la manera antigua, sino será el feudalismo europeo. Y éste antes que ningún otro, llegará a tiempo para dar a luz al capitalismo.

Pero no nos anticipemos. Mientras tanto, se ha operado una recuperación de la condición humana. El subalterno, en tanto devenido siervo, ha dejado de ser cosa y es digno de ser evangelizado, su vida le pertenece en derecho y tiene de hecho acceso a la constitución de familia propia. Ahora bien, está adscripto a la tierra, y con ella como su accesorio de fuerza de trabajo, se vende, se arrienda.

Instrumento de trabajo y fuerza de trabajo, fundidos en la personalidad del esclavo, recobran identidad. El siervo recupera para sí la fuerza de trabajo. Pero, ni bien a ella accede, se ve compelido a su cesión a perpetuidad a favor del señor feudal. Ello trae aparejada una doble consecuencia:

El señor no debe retribución, salvo el beneficio de protección.

Los bienes del siervo pertenecen a su señor.

El siervo pudo, sin embargo, acuñar esta fórmula: “pertenezco a mi señor, que mi señor me dé de comer”. Naturalmente, sucedía lo contrario: el siervo daba de comer a su señor. La fórmula hacía referencia a los malos tiempos, a las épocas de magras cosechas y de hambre apuntado, en circunstancias excepcionales, a un reaseguro: los graneros bien provistos del señor.

Lo que nos interesa es cómo la fórmula pone en evidencia la importancia concedida a la protección, que por lo demás, no se limitaba a la espada del señor. Vemos aquí resurgir, tras la nueva formulación del compromiso histórico, el instituto jurídico de la contraprestación. La capacidad contractual, perdida a manos del esclavismo, vuelve a ser actuada.

No obstante la desigualdad de las partes, señor y siervo, la prestación era mutua. Do ut des, te doy para que me des, la sentencia del derecho romano, pasaba de la cúspide patricia a concernir al subalterno, lo cual, por cierto, no ocurría con el esclavo: una cosa carece de capacidad contractual.

En esos términos se formulaba el compromiso histórico. Desde luego, la Edad Media, en particular la tardía, arroja otros personajes sobre el escenario. Pero, como lo señalan Ruggiero Romano y Alberto Teneti:

… aquellos grandes comerciantes, aquellos poderosos banqueros y otros geniales empresarios son, muy a menudo, epifenómenos, o, por lo menos, lo son si se les considera en relación proporcional con la verdadera y sustancial trama económica de su tiempo: la agricultura.

 

Los campesinos y las cruzadas

Con la agricultura se dan la gran propiedad rural, las prestaciones por vía no monetaria, la escasa circulación del dinero, los derechos fiscales del señor y del rey más el diezmo remunerativo de las funciones eclesiásticas, los limitados circuitos de las mercancías, pesando todo como un impedimento a la acumulación y a la formación de un mercado en proyecto de modernidad…

Estamos hablando en términos del siglo XIV en Europa Occidental o del siglo XVI en Europa Oriental, pues, en efecto, el desarrollo sobre el mismo continente es desigual. No obstante los campesinos proporcionan una suerte de hilo conductor que no sólo atraviesa siglos, sino un recordatorio de milenios, antes y después de la Edad Media. Ciertamente, mientras su actividad fundamental, el laboro de la tierra, se mantiene, su estatuto de clase, y su relación dentro del contexto social, varían. De la actividad tributaria pasan a nutrir los contingentes de esclavos. De campesinos libres a siervos, a medida que se afirma el feudalismo. Pero más allá de éste, como lo subrayan los autores citados, llegará su hilo conductor hasta el siglo XVIII, representando la agricultura “la máxima parte de la producción económica de todos los países, la principal fuente de beneficio de las poblaciones.”

Y bien, de la masa campesina saldrán una vez más los contingentes de soldados cuando una guerra los requiera. Allí donde la epopeya medieval, las cruzadas, nutra sus filas.

De las cruzadas a los viajes de exploración interoceánica, la empresa, medieval y moderna, es la misma. Los procesos de acumulación exigen la expansión del comercio. La exacerbación medieval del sentimiento religioso, tras la reconquista del santo sepulcro. La ambición moderna de enriquecerse descomunalmente, tras la pista del oro, ya en el siglo XVI.

Llegados a este punto, puede afirmarse que los cambios son de manifestación más que clara, flagrante. Es una comprobación que, sin embargo, no puede prescindir de la perspectiva histórica. Vistas las Cruzadas desde las alturas del siglo XVI, el trasfondo es el único: las rutas comerciales ¿Qué noticia llevaban los cientos de miles de cruzados a las extrafronteras europeas? La palabra sagrada, sin duda, dirigida a los infieles. Pero también otra. Entre signos de interrogación: ¿de qué se alimentan, usan las especias para conservar las carnes y sazonar las comidas, con qué telas se visten y con qué objetos preciosos se adornan, qué armas emplean, cómo construyen y cómo fabrican papel, qué les significa la química bajo el manto de la alquimia, en fin, cuáles productos y tecnologías tienen y otros no?

 

Los lazos feudales se van aflojando

El trazado de las rutas de comercio no se concibe sin formular esas preguntas y sin que la respuesta sea la mercancía: algo que dar a cambio de otro a algo. Y ese algo, ¿de dónde podía surgir allá por los finales del siglo XI, cuando la cruz y la espada fueron simultáneamente desenvainadas por Pedro el Ermitaño? De una única fuente: los procesos generados por excedentes de producción agrícola.

Al cabo de milenios de actividad campesina resultaba algo más que el hilo conductor: la ocasión de los cambios. Un Medioevo que no transcurría en vano. Lentamente la acumulación se da.

¿Cuáles son sus manifestaciones? La renta de la tierra acude a socorrer las necesidades de un mayor número de personas. Y, a la vez, se crea un excedente de producción factible de ser objeto de comercio o procesado industrialmente.

Mientras tanto, los lazos feudales se van aflojando. La aplicación extensa de innovaciones tecnoculturales, tales como sustitución y rotación de cultivos, sistemas de riego, aprovechamiento de las fuerzas eólica e hidráulica, mejor roturación de la tierra, incorporación funcional de lo pecuario, arrojan a poco la consecuencia social: un mayor potencial en manos del productor directo.

Y lo que se acumula en un polo va en detrimento de otro. El feudal verá aflojarse los lazos, notoriamente la atadura servil a la tierra. Por obra, incluso, de sus propias iniciativas. El negocio de las Cruzadas le concernía militar, espiritual y económicamente. Él lo dirigía. Pero, sin sospecharlo, sembraba semillas de nuevos procesos de acumulación, que, en la consecuente generación de una tipología social destinada al recambio, acabarían por volverse en su contra.

Estaban dadas las condiciones para acelerar la obra de la Edad Media: abrir la fase de transición hacia el capitalismo, fase llamada los Tiempos Modernos.

Marcos Winocur escribe desde México

Fuente: ARGENPRES CULTURAL

 

 

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