Arnoldo Martínez Verdugo

Teresa Gurza.

 

A Martha…

Frente al desprestigio, inconsecuencia, avidez y chabacanería, que son ahora patrimonio de la mayoría de los políticos y de todos los partidos, destaca más aún la personalidad de Arnoldo Martínez Verdugo; a quien con muchísima razón se llama dirigente histórico de la izquierda mexicana.

Con motivo de su 88 cumpleaños ya muchos antiguos camaradas y varios periodistas han escrito y descrito lo hecho por este hombre decente, discreto, inteligente y sencillo que dirigió durante casi 30 años,-1963 a1981- el Partido Comunista Mexicano, sin que se le subieran los humos a la cabeza y sin haber caído en ese culto a la personalidad, a que tan proclives han sido otras organizaciones de la izquierda nacional e internacional.

Sin la contribución de Arnoldo no puede entenderse la democratización de México; y fue sin duda tarea difícil, porque tuvo que empezar por disminuir el sometimiento de los comunistas mexicanos al Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS; lo que no era poco, en una época en que prácticamente todos los partidos latinoamericanos con excepción tal vez del dominicano, aceptaban sin chistar y hasta con complacencia, los dictados soviéticos.

Con sus tenaces compañeros de esos años, Arnoldo logró después que se reconociera el derecho de los comunistas a existir políticamente y el registro del PCM.

Fuera ya de la clandestinidad, impulsó la formación de la Coalición de Izquierda; cuyos votos en el Distrito Federal, fueron la semilla de la que germinaron los subsecuentes gobiernos perredistas.

Encabezó luego la disolución del PCM, pensando que era lo adecuado para ampliar la influencia de la izquierda que con la integración de nuevas fuerzas cristalizó en el Partido Socialista Unificado de México, PSUM, antecedente del PRD.

Es bueno recordar, porque muchos pueden ignorarlo y otros pretenden olvidarlo, que el PRD debe su registro y gran parte de sus bienes materiales, al esfuerzo de generaciones de sacrificados comunistas, que lucharon por sus ideales casi sin recursos; y sin pelear diputaciones y puestos, poder y dinero, como actualmente sucede.

Característica de la dirigencia de Arnoldo, fue la suma y no la división; y de su personalidad, el no haberse sentido ni caudillo ni líder; y el haberse pospuesto en beneficio del conjunto.

Sabía que con la incorporación de universitarios con más bagaje académico que la mayor parte de los antiguos militantes, estos –y él con ellos– quedarían un tanto relegados.

Pero aún sabiéndolo, luchó sin estridencias porque se les diera un lugar destacado desde el que pudieran aportar ideas y conocimientos, para hacer más viable la opción socialista; y para estar en condiciones de fundamentar su convicción de que la democracia debía abarcar a sacerdotes y militares, sindicatos, mujeres y homosexuales.

Planteamientos estos vigentes en sus muchos años de congruencia política, como se advirtió en su discurso para agradecer el homenaje que organizó la delegada de Tlalpan, Maricela Contreras, quien fue por cierto representante de nuestro partido, el PSUM, ante el comité distrital electoral cuando en 1981fui candidata a diputada por el 24 distrito, que comprende la delegación de Tlalpan y parte de la de Xochimilco.

Para ese merecido homenaje, escribió Arnoldo entre otros conceptos:  “Nuestro proyecto político tiene que ir más allá de la política… Queremos promover una profunda transformación intelectual y moral de la sociedad”.

Nada más y nada menos.

De todas las imágenes que de él recuerdo, me gusta evocar su satisfacción por los éxitos de los festivales de Oposición y de Así Es, los periódicos partidistas; su simpatía y risas en una cena de hace décadas en casa del pintor Mario Orozco Rivera y su mujer Emma León, hermana de Eugenia y también magnífica cantante.

Su risueña sorpresa cuando al regresar del primer viaje que hizo en forma abierta y con visa oficial a Estados Unidos para reunirse con comunistas gringos, unos agentes de la CIA a los que no había advertido, le dijeron en la puerta del avión “está sano y salvo en su país, nosotros ya nos vamos”.

Y cuando parado en la escalera del flamante local del PCM en la calle de Durango que ese día estrenábamos, habló sobre el amor y la importancia que debía tener en las vidas de quienes queríamos el socialismo para México.

Pero lo recuerdo sobre todo, por su emoción contenida cuando al terminar el congreso que el 6 de noviembre de 1981 disolvió el PCM, cantamos por última vez en un acto público La Internacional.

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