La lección Armstrong

Luisa Fernanda Montero

Para La Red Hispana

Haya usted crecido donde haya crecido o haya estado donde haya estado, en algún momento de su vida escuchó hablar de Lance Armstrong, el gran ciclista, el campeón, el héroe, el de las hazañas únicas.

Después de haber negado la acusaciones sobre dopaje por años, hoy, el astro del ciclismo admite no sólo haberse dopado para alcanzar las metas que alcanzó, si no, y sobretodo, haber  mentido.

Hay  quien sostiene que durante la entrevista en la que se confesó con Oprah Winfrey, lucia frívolo y que a la hora de aceptar que había utilizado sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento, no mostró mayor remordimiento. Como dice el viejo refrán, cuando el río suena piedras trae, y fueron muchos los que no se sorprendieron con  los distintos sucesos que llevaron a la estrepitosa caída del ídolo.

Como Armstrong, los ídolos de nuestros tiempos pueden desmoronarse, sin duda, sus debilidades humanas pueden llevarlos por caminos insospechados, y no es extraño ver como muchos sucumben a los excesos de las drogas y el alcohol.

Entonces, ¿Cuáles son los valores de la sociedad en que vivimos? ¿Cuáles son los modelos que siguen nuestros hijos? ¿Cómo podemos lograr que los niños y jóvenes de nuestra era entiendan la importancia de la honestidad? ¿Somos realmente honestos nosotros mismos?

Y ¿qué es la honestidad? El  diccionario de la real academia española de la lengua la define como “la cualidad de ser honesto”. Entonces, ¿qué es ser honesto? La misma fuente indica que ser honesto es ser decente o decoroso, recatado, pudoroso, razonable y justo.

Dicen los que saben que no hay mejor almohada que una conciencia tranquila. ¿Cómo poder dormir en paz si hemos mentido, engañado o cometido actos fraudulentos?

El episodio Armstrong es un llamado de atención y una oportunidad para la reflexión. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar con el fin de alcanzar nuestros propósitos? ¿Somos capaces de traicionar nuestros principios para lograr lo que queremos? ¿Valdrá así la pena cualquier cosa que alcancemos?

Estamos obligados a reflexionar hasta dónde es capaz de hacernos llegar la presión social por sobresalir. Tal vez nos ayude mirarnos por dentro y revisar si estamos haciendo honor a las enseñanzas de nuestros padres, si somos honestos con nosotros mismos, con nuestros cónyuges, con nuestros hijos, con nuestros colegas o nuestros jefes en nuestro trabajo.

¿Cumplimos a conciencia con nuestros deberes? ¿Somos leales? ¿Respetamos a las personas que nos rodean por convicción o por obligación?

La honestidad está ligada a la verdad, a la justicia, al equilibrio. ¿De que le sirve al ídolo haber saboreado las mieles del éxito, la fama y el dinero, si al final debe someterse al escarnio público? ¿De que sirve ganar si no ganamos por lo que realmente somos? ¿Qué sabor puede tener nuestro triunfo si se basa en falsedades o mentiras?

No olvidemos que nuestras acciones constituyen el modelo que seguirán nuestros hijos. Si somos honestos todo lo que nos rodea será más claro, bien se dice que la verdad nos hará libres y la grandeza de un ser humano no está en su cuenta bancaria, está en el coraje que requiere vivir con honestidad.

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