En Voz de Ana

Alfonso Villalva P.

Sensual, motivante. Su voz, su melodía y su figura. Sobre todo en su época de esplendor, aquella cuando todos teníamos menos ayeres clavados entre pecho y espalda; menos historias que contar; menos razones para conversar y más, pero mucho más, ímpetu para reventar la voz en un arrebato emocional, en una fiesta improvisada, una cantina urbana, una noche de luna llena.

Me parece que siempre fue muy complicado escapar al hechizo endemoniado que emanaba ligero de las cuerdas vocales que uno adivinaba vibrantes, en las profundidades de aquella boca seductora de dientes de perla que contrastaban con el carmín indeleble, propiedad de esa madrileña a la que parecía importarle un pimiento el ritmo que se le impusiera o el contenido de la canción, pues transformaba, con su talento natural, cualquier cosa en unas notas que tendían siempre a alojarse muy cerca del diafragma.

Precisamente su voz, la de ella, la de Ana Torroja, sonaba con cierta claridad plausible en una tienda de revistas y artefactos para el viajero en un aeropuerto mexicano. La letra, una especie de oda que popularizó en memoria de Salvador Dalí, repicaba clamando que los genios no debieran morir.

Honestamente, nunca hubiese pensado que de alguna forma era premonitorio el estribillo de la canción respecto de la cabeza de casi todos los diarios que estaban dispuestos en un estante a la mitad de la tienda de marras: Noe Hernández, finalmente, había muerto.

Los hechos narrados eran muy simples y creo que todos los conocemos. Dicen que fue una ojiva de nueve milímetros que le despedazó el parietal izquierdo, la cuenca ocular y todo lo que encontró a su paso al cruzar de lado a lado su rostro. En la refriega, dos personas más murieron y otras dos fueron lesionadas. Después de intervenciones quirúrgicas y atenciones, Noe fue dado de alta para regresar a su casa y encontrar la muerte al lado de su familia.

Noe y su muerte. La verdad, nada distinto a lo que cotidianamente y con mucho tedio vemos, oímos, leemos. Prácticamente en toda la República. Buenas personas, buenos mexicanos…, mexicanos al fin. Vidas que se pierden con facilidad merced a un clima de violencia prohijado, durante muchos años, por la incompetencia, la desinformación, la obcecación y la soberbia, provenientes de individuos en cuyas casas no se llora a ningún muerto, gracias a la protección del Estado, financiada por los impuestos pagados en vida por aquellos que tuvieron que morir para probar que la estrategia de seguridad era la incorrecta.

No obstante la lamentable perdida de vidas de todos quienes han sucumbido, se me quedó en la cabeza el estribillo pegajoso de la canción, y más tarde se vinculó con la imagen televisada de lo que fue el momento de llegada a la meta de Noe en Sydney, en el año 2000. La narración de Toño de Valdés que destemplaba con la emoción al anunciar que un mexicano, superando todos los obstáculos que ofrece la institucionalidad deportiva Nacional –que resulta en el principal enemigo de nuestros deportistas -, triunfaba, se apoltronaba en la gloria como resultado, literalmente, de empujar con los riñones y convertirse en una especie de héroe Nacional.

Tomándome una licencia literaria y extrapolando el sentimiento que Ana Torroja imprime a la canción, coincidiría con ella hoy. Los genios –héroes-, aquellos quienes han dado más de lo común y sobresalen, quienes inspiran a los demás, no debieran morir… al menos en esas circunstancias. No debiéramos permitir que existan las condiciones para que impune y arteramente, pueda ingresar a cualquier sitio un comando de asesinos, y a mansalva, nos priven de los pocos buenos ejemplos que podemos acercar a los niños que hoy y mañana se debatirán entre luchar por un sueño, o incorporarse a las filas del fracaso emocional, montados en una troca del año, con un fajo de billetes y un revolver al cinto.

Quizá, al menos yo, nunca voy a saber de cierto las circunstancias y condiciones que existieron alrededor del trágico evento que mató a varios y después a Noe Hernández. Nunca sabré, posiblemente, su desempeño ciudadano, sus circunstancias particulares. No le conocí personalmente, pero me parece apenas urgente decir que los héroes, los referentes sociales, no pueden seguir muriendo así. Que una medalla olímpica puede ser tan importante a la hora de llevar a un niño a cruzar la adolescencia y elegir el sendero correcto.

Tan lamentable y vergonzante el fin de Noe Hernández, como muchas otras circunstancias que rodean a otros medallistas; otros deportistas, músicos, escultores y pintores, y tantos más, que debieran ser considerados así, héroes que imprimen claridad en el rumbo del desarrollo de una Nación, no solamente a la hora de vender los derechos de su imagen, sino en el arropamiento permanente para que puedan continuar su camino brindando luz a su comunidad.

Los héroes no deben morir, y con menor razón nuestra convicción de superar una espiral de violencia imbécil en la que sin mayor pudor se intercambia una medalla de plata olímpica por una bala disparada por el cañón de un cretino que se regodea en la impunidad.

Yo me quedo con lo mejor de Noe Hernández. Su llegada a la meta en una mañana soleada de verano, y quizá por esa misma razón, el brillo de sus ojos, igual al de muchos otros deportistas mexicanos que triunfan con el escudo nacional al pecho, que cantan los párrafos confeccionados por González Bocanegra con una pasión que clama, que exige, que los héroes, cuando deban de morir, sea por muerte natural.

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