Ella y él

Alfonso Villalva P.

En la vida ordinaria, la natural, la citadina, vaya, la que nos hace transitar del lavado al planchado, a la compra semanal de la despensa, los desinfectantes del retrete, el dentífrico que combate la sonrisa amarilla y el perfeccionamiento de las técnicas de la escoba y el recogedor; en esa vida, donde nunca hay manera de distinguir los talentos artísticos de las facultades matemáticas, donde no existe el bien ni el mal.

En esa vida, decía, ellos… son lo que son. Lo que usted y yo somos ante la crisis que se presenta cuando se apaga el boiler a las seis de la mañana, cuando no hay leche para los chococrispis. Igual. Gente ordinaria, insípida, común.

Todo se transforma cuando ella, cuando él, cruzan el umbral de la normalidad y salen por esa puerta de su guarida habitacional, llevando como única pieza de equipaje, las monedas que pagan transporte urbano de mala calidad, de ida y de vuelta, junto con un amasijo de trapos viejos y rotos que con cierta destreza e imaginación se convierten en una especie de pasamontañas alpino, de bozal textil, de burka laica improvisada.

La reunión es clandestina, por supuesto. Allí están los monitores, coordinadores, jefes de grupo. Nunca los orquestadores, los que toman las decisiones, pues esos siempre se guarecen en las sombras del anonimato, para mantener incólume su figura pública de ciudadanos respetables.

Más que un beneficio económico, él, ella, son alimentados con una falsa causa legitima que satisface tanto su romanticismo juvenil, como sus apetencias vengativas contra la sociedad, el establishment; alienta sus revanchas personales, su enojo filial y, desde luego, su falsa definición de activistas trasnochados –esos cuya causa de lucha se define con lo que suene de moda, lo que una banda musical acuñe como estribillo, lo que tome forma de hashtag en las redes sociales-. Los coordinadores apelan y logran con facilidad, engancharlos merced a una irresistible oportunidad de ser protagonistas del caos escandalizante, de generar la estridencia en la normalidad, de mentarle la madre soez y arteramente a la autoridad y a todo lo que se parezca a ella.

El estipendio varía en función de las responsabilidades asumidas, pero nunca rebasa el lindero de los pocos pesos que se diluirán entre renta, transporte, aguardiente y algo que inhalar. La mecánica, tan primitiva como siempre. El principio, tan retorcido desde siempre. Pero ellos no se lo cuestionan. Se dejan llevar a creer plenamente, con todo el ímpetu de su juventud, cualquiera que sea la causa del día: la toma de protesta, la Sección 22 del sindicato de maestros en Oaxaca, un centro educativo en la Nueva Jerusalén, el CCH de Naucalpan, los violadores en Acapulco, vaya, hasta el aniversario del 2 de Octubre. Lo que sea, con tal de que este organizado por las fuerzas ocultas de siempre, que ellos ni siquiera comprenden, pero les permite plantarse en la plataforma de la anarquía. De gritar y lacerar la propiedad privada, increpar al que tiene mas -aunque no sea en proporciones materiales-. Al que pertenece a lo que él, ella, en el fondo, quisieran pertenecer.

Ella, Él. Ellos, la tropa, la carne de cañón. La juventud que se expone a la furia del choque, al riesgo de las bombas molotov mal manejadas, a los macanazos de seguridad publica, a la pérdida de miembros del cuerpo, a la madriza policiaca de rigor. Siempre embozados, sin preguntarse quizá, que si fuesen causas legítimas las que pelean vandálicamente en las calles, no tendrían por que ocultar su rostro ni su identidad. No tendrían porque solicitar el indulto y la amnistía impune a la autoridad. Lastimera representación de su anonimato que es precisamente el móvil visceral que les lleva a la calle a decir que allí están ellos, para permanecer siempre así, desconocidos, ignorados.

Su ironía consiste es ser utilizados nuevamente, sin nombre propio, abusando de su ignorancia, su falta de educación adecuada -que ellos mismos generan ahora para otros niños y jóvenes-, su ausencia de vínculo familiar; para garantizar que siempre que alguien con intereses ocultos así lo requiera, pueda echar mano de muchachos aguerridos y anónimos, que embozados con un trapo bajo las narices, estén dispuestos a jugarse el esqueleto luchando por supuestas causas legítimas, que ni ella, ni él, comprenderán jamás.

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