Herramienta de la Razón

 Alfonso Villalva P.

Por años hemos coexistido con el sofisma que asegura el progreso social en función de la estadística del grado de escolaridad promedio. ¿Cuántas veces no hemos esbozado una sonrisa al afirmar que el nivel mínimo de educación en México ha subido un año o dos, que el índice de analfabetismo se ha reducido ostensiblemente? Contentos y tranquilos, creamos institutos nuevos, inauguramos escuelas, asumimos cifras de enseñanza secundaria a control remoto, impulsamos reformas y contrarreformas al libro de texto gratuito -haciendo héroes o desmitificándolos-, distribuimos desayunos escolares –a veces con leche radioactiva-, y hasta hemos llegado al colmo de recibir recomendaciones familiares en forma de guía de padres, redactadas desde la alcoba consorte de una mujer antidiluviana llena de ambiciones.

Ahora ya terminamos la primaria –hasta la secundaria-, ya sabemos leer y escribir, dicen… Las estadísticas crecen. Sin duda, todos coincidimos en la necesidad de educar. En los círculos sociales, políticos, económicos, se discute con pasión que la educación es prioridad nacional. Se habla por aquí y por allá de temas educacionales, vaya, es lo de hoy. Los diputados no dejan de incluir en sus discursos frases seductoras que patentizan su denodada preocupación por el tema. Algunos funcionarios hasta han creado su propio sistema educativo, o alguna escuela –quizá con la esperanza de que algún día lleven su nombre-, aunque poco tiempo despues estallen en el fracaso.

Todo suena muy bien en las cenas de señoras encopetadas de maridos cuyo look fit y cutis nacarado, reluce en las secciones de sociales. Pero ¿haber elevado el grado de escolaridad y reducido el índice de analfabetismo, es una verdadera herramienta para competir, para progresar? ¿Hay desarrollo social por el simple hecho – no tan simple – de saber leer?¿Hasta qué punto saber leer y escribir es un fin en sí mismo, en vez de constituir una herramienta para la razón? En términos concretos, ¿de qué diablos sirve saber leer si escasamente tomaremos un libro en la mano que profundice nuestros conocimientos técnicos, ya no digamos de historia, literatura o filosofía? Para qué queremos saber leer y escribir si no exísten los contenidos que generen una oportunidad lejos de la corrupcion, la economía informal, la delincuencia organizada.

Coincido, en la desesperación del subdesarrollo, después de reaccionar por puritito milagro al final de la cuenta regresiva que nos tenía bocabajo en la lona, crisis tras crisis, la tabla de salvación pudo haber sido leer el recibo de la nómina, o hacer la cuenta del salario. Pero con la evolución hacia la siguiente faceta, el glamoroso y flamante Siglo XXI, hacia lo que ambicionamos como progreso incluyente, el objetivo de largo plazo no debe ser salvar el pellejo –subsistir por subsistir-, sino mejorar las condiciones de vida para que el alfabetizado se sume a la actividad productiva, genere riqueza y desarrolle su criterio. Para que alfabetas y anlafabetas convivamos con civilidad, con traquilidad de ejercer nuestros derechos civiles.

El enfoque de la educación ya debe abandonar el número de gente que podamos empaquetar en un aula, la estadística feliz. Debemos preocuparnos por la calidad, por el contenido, por enseñar a razonar a nuestros niños, porque aprendan a analizar textos, resolver problemas, aplicar las matemáticas, interesarse por algo más que el consumo. Por dejarse seducir por Wagner, Dario, Chagall.

Debemos dirigir nuestro esfuerzo para que nuestros niños puedan tener las mismas aptitudes de quienes serán sus contrapartes en la competencia laboral del futuro globalizado, para que llegue la misma información a todos, no solamente a los que tengan una situación de privilegio, pues sin información y capacidad de razonar, la brecha que ahora existe entre ricos y pobres, será, simplemente, abismal y seguramente irreductible. Para que eduquen mejor que nosotros.

A la reforma constitucional se debe agregar el trabajo colectivo que le de sentido, que la haga animada en la interacción social, que la perfeccione, enriquezca, modifique, optimice y humanice para garantizar la dotación de herramientas a los niños de hoy que construirán su mañana.

De nada sirve aventarlos de las escuelas con un certificado vacío de formación, conocimientos técnicos y aptitudes. De nada sirve la inteligencia de nuestros niños, si no les enseñamos a aplicarla con creatividad para elegir libremente su destino particular, y también, forjar el colectivo. De nada sirve si no es para darle vigencia a un sueño.

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