La muerte del comandante Chávez y un debate insuperable

Por Daniel Cadabón

La muerte del comandante Hugo Chávez abre a corto plazo una etapa de crisis y de rupturas.

Las masas venezolanas se debaten en la conmoción que genera la perdida irreparable del fallecimiento de su líder. La derecha se agazapa en la incertidumbre sobre el rumbo que tomaran las masas y los trabajadores venezolanos a partir de un chavismo sin Chávez y sobre todo sobre el rol que jugará el ejército venezolano para la salida de esta crisis, ya que es el ejército el único arbitro armado en medio de toda esta situación.

Las elecciones generales, dispuestas para mediados de abril, han dejado al gobierno venezolano en un virtual estado de acefalía. El vicepresidente, Nicolás Maduro, no ha pasado la prueba de la provisionalidad y hay que tener en cuenta que como única medida descollante en su corto mandato, además de dirigir el multitudinario funeral del comandante, fue desatar una fuerte devaluación del bolívar que, si al menos hasta ahora, no ha estallado en crisis social es en gran parte por el duelo que embarga a las masas. Maduro, debió recurrir a todo el prestigio de un Chávez enfermo ordenando la devaluación de a moneda venezolana, para lograr que esta medida anti popular sea absorbida por un pueblo venezolano dolorido ante la perdida.

La muerte de Chávez, paradójicamente, ha revivido violentamente lo que forma el núcleo duro de las discusiones que separan a la izquierda revolucionaria socialista de la centroizquierda latinoamericana y mundial ¿Es posible que la aparición de lideres populares como Chávez, Perón, Torres, Allende, etc., sea condición necesaria y suficiente para segregar redención a las masas pobres del continente y, de paso, realizar las tareas históricas en nuestros países dependientes y semicoloniales? ¿serán estos caudillos nacionalistas y populistas los que terminaran por sacar a nuestros pueblos del atraso económico, la dependencia imperialista y de la barbarie social que ejecuta el capitalismo? ¿Es posible un régimen social sin explotadores y explotados sin cambiar el carácter político y económico capitalista de un estado? ¿La convivencia entre burgueses y proletarios forma parte de una etapa en el camino hacia el socialismo, donde la mano firme del caudillo logrará humanizar el capital? Por último y en definitiva ¿el capitalismo de estado, aun con la participación movilizada masivamente de las masas populares, es socialismo?

Para ciertas izquierdas y centro izquierdas chavistas, más otras tendencias oportunistas de reciente aparición, a partir del fallecimiento del caudillo venezolano (donde ubicar al vicepresidente argentino Boudou con su remera rojo tinto, por ejemplo) el liderazgo burgués abanderado como movimiento nacional no es solo suficiente sino el único posible “para garantizar las tareas irresueltas que frenan nuestro desarrollo continental y nuestra emancipación americana”, que, aunque necesiten ser profundizadas, serán completas en el marco de un “contradictorio proceso revolucionario hacia el socialismo”, léase en este caso (pero también serviría a cualquier otro movimiento populista de la historia) fundado por Hugo Chávez, con su programa de reformas hacia una mayor justicia social.

En esta óptica de la centroizquierda, el “proceso contradictorio que abre el camino de la liberación nacional” en los movimientos nacionalistas, no es considerado un defecto, producto de la falta de un programa socialista que coloque a la clase obrera acaudillando la emancipación nacional y social, sino una virtud, una impronta, que amerita disponer todas las energías revolucionarias del movimiento obrero, que no tiene nada para perder y todo para ganar, en una lucha intestina (por izquierda) “dentro del Movimiento” en contra de las tendencias gorilas disgregadoras o derechistas y corruptas que intentan coparlo y disolverlo, frustrando de esta manera las aspiraciones de las masas “que son su fuente y fundamento”.

En los ’70, esta polémica se dio tanto en la Argentina como en Chile y se manifestó en toneladas de papel y ríos de tinta, hasta que finalmente la sangre y la carne, torturada y perforada a balazos, acabaron en parte con ella por más de una década.

Las dictaduras cívico militares más sangrientas se impusieron como un producto final de la frustración que produjo entre las masas las políticas de salvataje del Estado burgués iniciado por los movimientos nacionales y cuando la impotencia de estos movimientos “heterodoxos y pragmáticos” se hizo explicita en su función de despojar al movimiento obrero de una conciencia independiente sobre su finalidad histórica: acabar con el capitalismo: los golpes de estado, desde siempre cívicos militares, se hicieron con el poder frente a las masas inermes y convocadas por sus dirigentes nacionalistas a conservar la paz social y “evitar derramamientos de sangre entre hermanos”. Mas adelante algunos de estos referentes nacionales y populares colaboraron abiertamente con las dictaduras, otros optaban por cerrar el pico esperando tiempos mejores, mientras que otros decidían “borrarse”.

Esta caracterización histórica profunda sobre los movimientos nacionalistas burgueses, fue ganando consenso a lo largo de las experiencias de lucha y fracasos de los movimientos populares de masas con sus respectivas direcciones reformistas y burocráticas. Y hoy, corre el riesgo de ser resignificada, volviendo al punto de inicio en función de la reivindicación del proceso chavista, truncado del por la muerte de su líder.

Explicitemos mas las preguntas iniciales ¿Son los social cristianos como Correa, los millonarios como CFK, los asociados a los monopolios imperialistas como Lula o Evo, los que construirán el socialismo en nuestro continente?

El problema original, vuelve a radicar en las mismas cuestiones eternamente discutidas con el filo stalinismo y sus ideólogos centro izquierdistas: esto es, si las burguesías nacionalistas de nuestro continente ya han dado todo lo que tienen en función de la lucha antiimperialista y han fracasado o, si todavía, están en condiciones de retomar la lucha emancipadora para nuestra América.

Debemos recordar que históricamente el antiimperialismo burgués no ha pasado, en la mayoría de los casos, de una serie de escarceos u oposiciones menores, temiendo más a su propio movimiento obrero y sectores insurgentes que a los propios marines norteamericanos.

Boicotearon a la revolución cubana , votaron la intervención a Santo Domingo, aceptan el status quo de Puerto Rico, enviaron tropas de invasión a Haití, festejaron el aniquilamiento de las organizaciones insurgentes y colaboraron económicamente con las fuerzas represivas.

La historia trágica de América latina demuestra los múltiples ejemplos en que la burguesía populista en el poder claudicó en las principales batallas contra el imperialismo; que utilizo la movilización de masas exclusivamente y en la mayoría de los casos como mecanismo de presión para sus propios negociados y que cuando el Estado burgués peligraba ante una ofensiva obrera independiente, entregaron sin lucha a sus propios pueblos a las fuerzas de la reacción genocida, respondiendo a los dictados del catecismo capitalista y sus propias aspiraciones conservadoras del estado burgués. Las dictaduras, según este catecismo pasan, las formas de producción: expropiación de la plusvalía obrera, principal institución del Estado capitalista debe ser preservada. Ya vendrán tiempo mejores.

Este retroceso en el análisis de la burguesías nacionalistas en el poder, va siendo en la actualidad, y con mayor violencia a partir de la muerte del comandante Chávez, tildadas de utopias eurocéntristas. por los progresistas de la centroizquierda, es decir que la explotación teórica del líder muerto necesita de un borrón y cuenta nueva con una historia llena de traiciones y agachadas burguesas.

El “eurocéntrismo ideológico” del que hablan los “progres” e izquierdistas adictos al chavismo no deja de ser un patético eufemismo que atrasa por lo menos 40 años (Perón no necesitaba recurrir a este tipo de eufemismos para decir de cara a las masas con la mayor claridad: “teorías foráneas a nuestro ser nacional” así hablaba el viejo líder, sin sentir vergüenza del antimarxismo que destilaba y que acompañó toda su ideología, todos lo entendían perfectamente, sobre todo sus bandas armadas).

Los movimientos populares y nacionalistas son históricamente y por propia definición anticlasistas. Esto no significa, de ningún modo, que no entiendan que en la sociedad hay clases en lucha, el problema no es ese. Saben que las hay, reconocen las injusticias y las denuncian, no podría ser de otro modo dado que en política no existe la necedad. El problema principal esta en reconocer la lucha de clases y los dos pilares fundamentales del enfrentamiento histórico. El movimiento obrero por un lado y el imperialismo y sus secuaces burgueses por el otro. Estos bloques poderosos definen la historia de la lucha de clases planteando en forma más vigente que nunca el viejo axioma de mediados del siglo 20: “socialismo o barbarie”, o, gobierno obrero o dictadura del capitalismo.

Una vez despojada de su rol histórico, por el nacionalismo burgués, la clase obrera se disuelve en la sociedad dividida entre aquellos desposeídos a los que hay que asistir y los poseedores a los que hay que obligar repartir la renta financiera. El pueblo y el antipueblo. Los pobres y los ricos.

El centroizquierdismo espera a partir de esta nueva unidad de análisis de las clases en lucha, que el capital se humanice y para eso es necesario hacerse con los resortes del Estado, a mayor estatismo mayor humanización capitalista y asistencia a los desposeídos. Esto que puede ser considerado una variante de la filantropía, está bastante lejos del socialismo como sistema que acabe con los mecanismos de explotación social.

En la Argentina esta fórmula binaria entre ricos y pobres es llevada al extremo por otro movimiento que se dice nacionalista y populista, el kirchnerismo, saludado por Chávez como antiimperialista en su misma onda, impone el cobro de impuestos a los salarios obreros, mientras exceptúa de cobrárselos a bancos, mineras, capitostes del juego, renta financiera, etc.

No conforme con meter las manos en los salarios obreros, los nacionales vernáculos, expropian las cajas de jubilados y el ahorro nacional para disponer pagos de la deuda externa a los fondos buitres. Que bella forma de construcción de poder popular es considerar esta distribución de la pobreza entre los explotados, mediante la confiscación de salarios y jubilaciones, como puro progresismo.

Sin embargo, no todas son rosas en el centroizquierdismo latinoamericano, tampoco es un bloque único y mucho menos un sabedor de verdades absolutas que los bautizados “izquierdistas eurocéntricos” se niegan a reconocer.

Un ejemplo reciente alcanza: los representantes del FAP (socialistas, libres del sur, CTA Micceli ) han puesto una nota de color en todo este debate, al declararse Binner, su principal referente, que de estar en Venezuela era partidario de votar por Capriles en contra de Chávez y todas sus reformas populares. Es decir, tan pragmático se ha vuelto el centroizquierdismo en el continente que votaría por una derecha venezolana de escuálidos plurales, porque no coincide con las formas autoritarias del Comandante. Hasta hace poco no les preocupaba apoyar las formas autoritarias de los patrones de estancia y tenedores de vacas y soja.

Ahí va otra crisis temprana imputable al inesperado fallecimiento del caudillo venezolano, esta vez entre los propios heterodoxos y pragmáticos defensores de un Estado burgués “con justicia social”.

El análisis del nacionalismo reformista no es nuevo entre los sectores de izquierda y de centroizquierda, esta última siempre ha recurrido ha fenómenos políticos como el chavismo para deslumbrarse detrás de los pasos de una revolución por la vía pacifica, donde comulguen todos los sectores nacionales, manifestación de que la lucha antiimperialista en “nuestra América” no necesariamente debe ser acaudillada por el movimiento obrero y sus partidos.

Chávez seria la expresión posible de un cambio profundo gradual y largo plazo de las estructuras sociales sin la necesidad de la oposición clasista como forma de ejercicio de gobierno y de manejo del Estado.

El líder nacionalista supo captar las necesidades profundas de las masas obreras y populares por que fue un producto de una manifestación de masas en contra de los ajustes de los Binner venezolanos, el Caracazo. Lamentablemente la muerte de Chávez les priva a las masas venezolanas y a todo el continente de se de seguir experimentando esta experiencia política.

Chávez llevó adelante un golpe de estado acompañado por la oficialidad joven del ejercito que conmovió profundamente a la región por el carácter popular alcanzado y esa acción lo colocó como centro de atención de las masas postergadas, lo que, finalmente lo llevó a ganar las elecciones.

Las llamadas “contradicciones del proceso” alinearon al conjunto de la izquierda venezolana detrás del líder, aceptando la integración al PSUV, donde conviven expresiones tan enfrentadas como los “boliburgueses” (los que amasaron una fortuna inmensa con los frutos de la revolución nacional) los burócratas sindicales que aceptaron la estatización de los sindicatos; militares; funcionarios corruptos; intelectuales; artistas y militantes de izquierda y centroizquierda. La identidad política del movimiento obrero venezolano es chavista, como en nuestro país fue, durante décadas, peronista.

La falta de un análisis critico del nacionalismo burgués es despreciado por la izquierda venezolana y latinoamericana, mientras que encerados en muestras de dolor se dedican a atacar despiadadamente a la izquierda socialista que defiende al movimiento obrero como sujeto de la revolución social.

La derecha centroámericana está agazapada y esperando. Los chavistas difícilmente cambien el rumbo y coloquen a la clase obrera venezolana como el caudillo revolucionario que emancipe el país y lo sacuda del yugo imperialista en el camino hacia la unidad socialista de Latinoamérica.

La muerte del comandante Chávez, reactiva la discusión sobre el “que hacer” en nuestros países atrasados y fundamentalmente en la propia Venezuela y sobre el rol que el movimiento obrero debe cumplir para acaudillar una verdadera revolución social que emancipe a las clases explotadas.

De lo contrario se sumará una tragedia más a la ya trágica historia de nuestro continente.

Fuente: ARGENPRESS.Info

 

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