Un Papa revolucionario, ¡sí, claro!

Por Alejandro Frias

Bergoglio fue elegido por un selecto grupo de 155 que no querrá que las cosas cambien mucho.

Tomemos dos ejemplos de líderes internacionales, Barack Obama y Joseph Ratzinger.

Cuando Obama se perfilaba como futuro presidente de la potencia militar más importante del mundo, del país capitalista por antonomasia, muchos quisieron ver en el próximo ciclo que se vendría un cambio que llevaría a Estados Unidos a una posición más próxima a lo que el concepto de lo que históricamente era una persona negra podía hacer presumir.

Esclavizados, empobrecidos, marginados, los negros estadounidenses fueron ícono de la libertad, de la búsqueda de una identidad, de recuperación de las raíces de su pueblo. Y de ahí derivó la imagen que se tuvo de Obama, la de un hombre que venía a revolucionar la historia. Claro que pocos se acordaban en ese momento de Cosoleezza Rice (o pocos al menos hacían esa relación), una de las más duras secretarias de Estado que la historia del país norteamericano había tenido. Y claro que lo primero que hizo Obama fue decepcionar a esos ilusos.

Por otro lado, tras la muerte de Juan Pablo II, el cónclave de obispos eligió como su sucesor a Joseph Ratzinger, un cura que, además de estar ligado a las instituciones residuales de la Inquisición, de niño había pertenecido a las juventudes nazis.

De nada sirvió por entonces que se divulgaran registros fotográficos de esa juventud nacional socialista, pues no hubo ninguna crítica desde la Iglesia. De hecho, Benedicto XVI llegó al papado con la impronta de ser un intelectual, un hombre que antes que de acción, era de opinión. Estaba claro, entonces, que era lo que pensaba Ratzinger lo que lo llevó a dirigir el catolicismo, importando demasiado poco su pasado relacionado con la ideología que quería exterminar todo lo no ario.

Jorge Bergoglio fue elegido ayer como el nuevo Papa. Y su pasado está peligrosamente relacionado con la dictadura militar que desapareció a 30.000 personas y expropió a cientos de niños, además de llevar al país a una guerra sin sentido y declarar que los argentinos éramos derechos y humanos. Hay documentos que prueban su conocimiento de la expropiación de bebés en nuestro país y que, por lo tanto, prueban su connivencia con el gobierno de facto.

De hecho, gran parte de los representantes en Argentina de esa Iglesia que ahora comanda Francisco tenían conocimiento de lo que sucedía en el país por entonces, incluso, colaborando en interrogatorios previos o posteriores a las torturas. Y ni hablar de los curas asesinados o castigados por su proximidad a una idea de justicia social.

 

Y de eso nunca la Iglesia hizo un mea culpa.

Como Ratzinger, Bergoglio tiene su pasado oscuro, y la verdad es que eso no debería sorprendernos, porque si hay algo que las altas cúpulas de la Iglesia católica han hecho históricamente es ocultar sus fallas, aunque con poco cuidado a la hora de al menos disimular su demonización de lo distinto.

Entonces, está claro que no es muy posible que llegue a la cima del poder católico un revolucionario. Puede que se trate de un hombre al que, como Bergoglio, se lo haya visto tomando un subte, viendo un partido de fútbol, acompañando los reclamos de las ONG contra la trata de personas, un porteño simple que se embarró los zapatos para estar al lado de sus fieles. Puede que se trate de un tipo sencillo, pero si ha llegado hasta donde lo ha hecho no ha sido por elección popular, sino por la decisión de un selecto grupo de 155 hombres que, justamente, una de las cosas que evaluaron a la hora de nombrar al nuevo Papa era que debía ser alguien capaz de acercar a la Iglesia a la gente, de la que se distanció tanto a causa de su relación con la venta de armas, con varios genocidios, con la pedofilia y demás.

No es un hombre que esté al frente de una institución que lo eligió para perder su poder. Por el contrario. La necesidad de una revisión en el seno de la Iglesia llega tras años de ocultamiento de todo lo que en los últimos años ha salido a la luz, y es justamente una imagen de proximidad a la gente común la que, sin duda, ha querido dar el Vaticano con la elección de Bergoglio.

Como Benedito XVI, Francisco tiene un pasado del que va a preferir no hablar. Y como Obama, recibe sobre sus hombros esperanzas de cambio que, se sabe, no será tal, porque para llegar hasta donde llegó debió contar con el apoyo de quienes, como decía Mafalda, tienen el chupetín por el palito, y a ellos, se sabe, no les gusta mucho que las cosas cambien radicalmente.

Fuente: MDZOL/ARGENPRESS.Info

 

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