Diez años de testimonios se reflejan en un libro

López Vigil durante su presentación en Woodbridge, Virginia/Foto Miguel A. Álvarez.

Por Ramón Jiménez

Diez años después que la escritora cubana-nicaragüense María López Vigil publicara por primera vez el libro de testimonios “Monseñor Romero: Piezas para un retrato”, ahora que la obra literaria casi lleva una decena más de reimpresiones, todavía sigue teniendo demanda.

“Este es un libro de testimonios, no un archivo documental, ni siquiera una biografía [porque] no hay orden cronológico en el orden y hay muchos vacíos y baches. Platicar con unas doscientas personas durante casi mil horas, me colocó al final con bastantes encrucijadas de elección”, explicó la autora durante una reciente presentación en el Consulado de El Salvador en Woodbridge, Virginia.

“No me fué fácil. Y tal vez he sido parcial. Los nombres de los testigos están allí, pero también quise poner mis propias cuotas de pluma y veneración”, agregó López Vigil, quien además señaló que monsenor Romero “es el hombre mas universal”  porque se celebran eventos en su memoria en todas partes del mundo.

La misma semana —que coincidió con el 33 aniversario del asesinado de Monseñor Romero el 24 de marzo de 1980— López Vigil estuvo en la Embajada salvadoreña en Washington, así como en Casa de Maryland, una organización que asiste a comunidades inmigrantes; luego estuvo en la American University durante un homenaje en honor del asesinado arzobispo.

López Vigil reconoció que en El Salvador, en América Latina y a lo largo del mundo se recuerda ese crimen que aún permanece impune, del martirio de un obispo en proceso de canonización [desde 1994] del paso a la inmortalidad de Oscar Romero, el más universal de los salvadoreños, representante emblemático de las luchas por la justicia, la paz y los derechos humanos en Centroamérica durante las dos penúltimas décadas del siglo XX.

Recordó la autora que cuando en 1981 llegó por por primera vez a territorio salvadoreño casi toda la gente con la que hablaba le contaba alguna anécdota que había vivido con él arzobispo. Anécdotas interesantes, sorprendentes, sugirientes.

En esa época —cuando recién empezaba la guerra civil de doce años— la memoria estaba fresca, la sangre reciente, el dolor aún dolía cuando la dura realidad de aquellos años tocaba cicatrices no cerradas, según narra López Vigil en algunas de sus memorias.

Fue entonces cuando pensó que todas esas memorias debían ser resguardadas cuidadosamente en la escritura, ese invento que ha conservado la memoria de la humanidad desde hace tanto. Pensó en un libro, que le dio vida once años después.

 

Nace “Piezas para un retrato”.

Tan sólo unos años después [de 1981], ya en Managua, López Vigil empezó a capturar anécdotas por donde quiera que las veía pasar. Como quien caza mariposas. Todas eran bellas. Vendría después el tiempo de seleccionar cuáles tenían los colores más adecuados para el retrato que quería hacer, explicó.

En el consulado salvadoreño en Woodbridge/Foto Miguel A. Álvarez.

“El trabajo era lento, tampoco era urgente. A partir de 1990, el libro pasó a ser prioridad. El parto ocurrió en 1992, año en que se firmaron los acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto militar en El Salvador, aquella guerra que Monseñor vio venir y que él intentó detener”, dijo.

La paz tan necesaria y anhelada fue la comadrona. En marzo de 1993 el libro se presentó en la capilla de la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador.

El título que había pensado —“El mero Romero”— no pasó la “censura” y dio paso al título alternativo, “Piezas para un retrato de Monseñor Romero”. En 1999 las “piezas” se tradujeron al alemán. En el año 2000 al inglés en Estados Unidos y poco después en Gran Bretaña. En el 2001 al francés. Finalmente, en 2002 llegaron a Cuba en una edición especial. Deseaba mucho el arribo de Monseñor Romero a ese puerto.

Cuando escribía el libro la autora supo que en 1943 Monseñor Romero, joven seminarista en vísperas de ordenarse sacerdote, había pasado por Cuba. Regresaba a El Salvador tras varios años de estudio en Roma. El barco hizo escala en la isla, pero viniendo de una temporada tan larga en uno de los países del Eje fascista, y en plena guerra mundial, él y otro compañero de estudios levantaron sospechas en las autoridades. Los mantuvieron internados tres meses en un campo de trabajos forzados, lavando inodoros, barriendo, pasando el trapeador. Hasta que indagando descubrieron que eran tan sólo dos pichones de cura.

Me frustró no encontrar ningún testigo que me contara más detalles de este singular episodio de la vida de Romero y tuve que renunciar a incluir la pieza cubana en el retrato que estaba componiendo, dijo.

“Monseñor Romero volvió a Cuba en el libro de su retrato. Y volvió de nuevo a “limpiar”. A limpiar los juicios y prejuicios, favorables o desfavorables, levantados en Cuba sobre una etapa de la historia latinoamericana que resulta incomprensible si no la inscribimos en la historia de la Iglesia latinoamericana, en donde Romero es ya un personaje emblemático”, destacó.

Un poderoso impulso para decidirse a construir el retrato de Monseñor Romero era que ella misma tenía una pieza propia que poner en él. Conoció a Monseñor Romero. Platicó con él varias horas en una tarde de junio de 1979 en Madrid, en un momento particularmente crítico, cuando regresaba de Roma, de su primera visita al Papa Juan Pablo II y en El Salvador la represión del gobierno militar estaba “en lo fino”.

“Para mí, fue como el paso de una estrella fugaz: breve y luminosa. Hasta hoy evoco detalles de aquella tarde. En mi memoria ha quedado grabado a fuego —y a lágrimas— aquel encuentro en el que, con los ojos siempre humedecidos por el asombro, Monseñor Romero me relató las humillaciones a las que fue sometido en los dicasterios romanos y en la propia audiencia papal por el mismo Sumo Pontífice”.

Por lo peculiar de la situación que vivió esa tarde con él, aquella pieza le puso ya en la pista de intuiciones que después verificaría al enfrentarse a la tarea de darle forma a la materia prima del libro.

Todos los libros tienen una historia, dijo, como las criaturas que nos nacen, los libros son hijos del papel concebidos por el amor y la pasión, son gestados en un largo proceso en el que sobran ansiedades y expectativas y son dados a luz siempre con dolor.

 

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