De ella …, ni me acordaba

Alfonso Villalva P.

Por Dios, que de ella, ni me acordaba. Es verdad que pasé toda una vida unido a ella, totalmente indiferente a su suerte. En realidad su existencia era tan natural, tan merecida, tan garantizada, que ni siquiera me ocupé de recordarla de vez encuando. Como es mi costumbre, siempre me ocupé de lo mío, de lo que me provocaba a mí, placer, beneficio, dividendo; utilizando todo lo que estaba a mi alrededor como simple herramienta, como un conjunto de procesos mecánicos que simplemente había que manipular correctamente para arribar al otro lado, al del objetivo, al de la meta, sin importar los medios, que, a fin de cuentas, son sólo eso, medios.

Y todo el tiempo que pasamos juntos ni siquiera le dediqué cinco minutos a ella, en especial, para atender sus necesidades, para mirar su forma, para entender la dimensión de su importancia, de su aportación a mi vida, de su insustituible función de sostenerme en toda suerte de adversidades, o de andanzas. Allí estaba, punto, sin cuestionamientos, era algo que yo, simplemente poseía.

Hasta esta mañana. La de hoy. Cuando desperté a las 5:35 según mi despertador digital, mucho antes de la alarma, y me encontré quieto, mirando el techo con los ojos totalmente abiertos, prácticamente secos y me dí cuenta que algo andaba mal. Rápidamente mi cabeza empezó a girar en torno a las posibilidades, e intenté erguirme, y no pude, me desplomé nuevamente de espaldas en la cama, y en ese preciso momento, noté su ausencia, y como un impacto a bocajarro, en mi mente se presentó súbitamente la escena de la sala de urgencias, y la cara seria del médico, la voz grave del anestesista, la camilla recorriendo vertiginosamente los pasillos del sanatorio con dirección inequívoca a la sala de cirugía, y después, la sala de recuperaciones, y el regreso a casa con el vómito a flor de garganta merced a la impresión y a los olores.

 

¡Que diablos!. Parecía una pesadilla. Una escena de Tarantino. Con miedo –quiero decir, con pánico- extendí lentamente mi brazo izquierdo y concentré toda mi energía en las yemas de mis dedos para palparla, con la esperanza de que efectivamentetodo hubiese sido una maldita pesadilla. Tensé el abdomen y, por reflejo, cerré los ojos -aunque de nada servía pues no estaba mirando, y de cualquier forma, tocara lo que tocara, cerrar los ojos no cambiaría nada, era una estupidez-.

Mientras tanto recordé qué importante había sido ella en mi vida, cuantas veces, sin conciencia, dependí de ella, cuanto pude lograr debido a que ella estaba precisamente allí, en donde está mandado, para hacer, para reaccionar en el momento preciso, para ser sostén, articulación, punto de equilibrio. Me angustió entender de golpe larelación de dependencia que todos mis actos guardaban con ella; mi estabilidad emocional súbitamente se encontró con el horrorífico hecho de que ella, era fundamental, esencial, materia prima.

Entonces sentí el vacío en mi cama, y se me revolvió el estómago, la realidad golpeó con tubo en micabeza y de pronto supe que era todo realidad. Ni pesadilla, ni leches. Simplemente un porvenir plantado sin remedio, exclusivamente en mi pierna derecha.

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