Corte de Caja

Alfonso Villalva P.

Hoy, con todos estos años metidos en el alma, he hecho un simple corte de caja. He decidido determinar qué es lo que poseo en inventarios, cuáles son mis deudas, quiénes mis acreedores. En los resultados de la hoja de balance, no puede estar más claro. En éste día en el que el comercio ha decidido frívolamente festejar tu maternidad, no te regalaré nada.

Decidí, simplemente, hacer una rendición de cuentas respecto de lo que he hecho con tu amor en estos años. Un dictamen de mi obligación para reciprocarte por lo que he recibido de ti, para firmar un pagaré en blanco en beneficio de los que desciendan de mí, y pagarles a ellos, en tu nombre, uno por uno, los jirones de corazón de los que te desprendiste en este cúmulo de lustros que han pasado; esos jirones de corazón y de alma, y de todo, que me brindaste inmerecida, pero irremediablemente.

 

Es necesario que no te regale nada, sino que simplemente te informe lo que ha sido de la memoria de mis abuelos, lo que me han valido tus desvelos; en fin, en qué coño he gastado tus recuerdos.

Pues bien, declaro abiertamente que todo tu amor se me fue en amaneceres. Cada uno de los días de éstos treinta años, al despuntar el alba, use una gota de tu amor para entender el horizonte, una gota de tu amor que después se convirtió en rocío. Sí, lo reconozco, he dilapidado tu amor. También quiero hacerte una confesión, derramé un poquito de tu amor en mis libros, desde aquéllos que explicaron verbo, sujeto y predicado, hasta los que ahora devoro incansablemente para tratar, en forma inútil, de comprender mejor a la vida, de comprender por qué hay quien sufre con buenas intenciones, por qué un bastardo nos puede arrebatar la vida en un semáforo cualquiera, con un escudo de sobredosis en las entrañas y a cambio de un cheque de nómina.

A la luna, en una noche clara con aroma de mar –es decir, de mujer-, escapé furtivamente. Y fue a ella, la Luna, a la que fui a depositar tus ideas, y cada veintiocho días crecen renovadas en el firmamento y vienen a mí de vuelta para confortar todos mis insomnios,  para encararme con mi estúpida soberbia, para reconvenirme en mis infinitos errores.

Tu consuelo, de plano, se lo entregué a cada atardecer que he atestiguado en estos últimos años. Tu consuelo lo derroché en puestas de sol, para que esos atardeceres llenos de nostalgia, por siempre representen tu regazo y tus manos suaves y tibias. Para que cada día que el sol se pose en el horizonte, perciba nuevamente en mis sienes la calidez de tu corazón palpitante que habita en ese pecho en el que me refugié tantas noches de miedo, de intriga, de incertidumbre, de desconsuelo.

Tu fortaleza incólume, esa solvencia moral que viene de tu propia vocación de madre, esa sí la guardé para que algún día me pueda servir de ella cuando a uno de mis hijos lo asusten los truenos en medio de la noche; cuando mis hijos no entiendan nada de la vida y con ella misma se confundan y se enreden, o cuando tengan miedo de amar con descaro a Dios, a sí mismos, a una idea, a una mujer, a un hombre, o a la vida misma. Para que algún día pueda echar mano de ella, y con certeza pueda declarar que siempre escampa después de la lluvia.

Tu sonrisa, ese relámpago de alegría que pude retratar en mi niñez, esa, esa la deposité en mi mano derecha, para con ella guiar a mi descendencia y tratar de ser su propio roble, cada día más fuerte, más digno de ella.

Tu ausencia no la dispendié, sino que me así de ella en esas noches desoladas y melancólicas en las que me asaltaron la poesía, las notas de una guitarra, las botellas de Merlot. Tu ausencia, siempre a destiempo. Solamente a ella decidí no dejarla intacta, y la transformé en un fantasma que me susurra al oído que es la ausencia, precisamente, la que nos permite reflexionar, desechar nuestras necedades. Tu ausencia, una muralla infranqueable; una violenta e irreversible herida al corazón, un vació negro incalculable, el principio de una necrosis progresiva.

Tu ausencia que, junto con otras ausencias que me han dado estos últimos años, me ha convencido cada vez con mayor claridad, precisamente que el sepulcro es el más inútil y absurdo de todos los lugares para decir te amo, que solamente en vida, uno puede abrazar carne y alma, y decir eso, con valentía; vaya, con un par: te amo.

Esto es lo que he hecho con lo que he recibido de ti durante estos últimos años. Júzgame como quieras, pero no he sabido hacerlo de otra forma. Pero considera que nunca me senté a contemplar, sino que siempre desenvainé mi espada y, con un par en su sitio, blandí mi acero en el corazón mismo de la vida, para casarme con ella a punta de acero, a costo de sangre. Y en cada gota escarlata que he tenido que beber, han estado tus desvelos, ha estado tu sabiduría fácil y espontánea.

Los últimos años son ahora, solamente, inquilinos del pasado. Un recuerdo intenso representado por un porrón de la rioja en mi mesa y los acordes de una armoniosa trova yucateca que me son suficientes para decir, con vergüenza torera: Gracias. Gracias por todo.

Twitter: @avp_a

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