La hora de Brasil

Por Gerardo Fernández Casanova

La indignación de la juventud urbana irrumpió en la fiesta futbolera brasileña. El aumento al precio del transporte público, de menos de un 7%, provocó la protesta y una muy desafortunada acción represiva la escaló a una magnitud insospechada; lo que inició con una marcha de menos de mil jóvenes, en menos de dos semanas se convirtió en la movilización de más de dos millones de personas en las principales ciudades del país.

En esta materia es fácil saber como comienza una movilización de protesta, pero nadie puede saber cómo habrá de terminar. Al reclamo original, relativamente menor, se agregan los agravios acumulados en el conjunto de la sociedad; además se suman los intereses políticos que suelen subirse al carro para desviarlo conforme a su conveniencia (la CIA cuenta con manuales muy refinados para ello) o desvirtuar su sentido afirmativo original para conjurar los riesgos revolucionarios.

Sin pretender dictar una opinión precisa respecto del caso brasileño actual –definitivamente no la tengo- intentaré describir un marco de referencia de antecedentes que permita acercar un mejor entendimiento de la complejidad del asunto:

 

1.- Brasil ha sido pionero en el movimiento altermundista y de combate al neoliberalismo. De Porto Alegre surgió la convocatoria al Foro Social Mundial como instrumento de articulación de los movimientos sociales que, en todo el mundo, resisten la embestida del gran capital internacional y sus depredadores efectos. La experiencia cundió en los cinco continentes y, no es descabellado anotarlo, ha sido antecedente de las movilizaciones de la primavera árabe, los indignados de España y tantas otras expresiones de la insurgencia social. Obviamente, su trascendencia en Brasil ha sido mayor en la politización de la sociedad y que, en medida importante, contribuyó al acceso de Lula a la presidencia. La actual movilización está inserta en este marco.

 

2.- La llegada de Lula a la presidencia de Brasil marcó un hito histórico y, más aún, su exitoso ejercicio del cargo. Pero para lograrlo, después de varios intentos, Lula tuvo que transigir y establecer acuerdos con el gran capital internacional y con el criollo, incluso de manera pública y por escrito con el FMI, de manera de respetar las reglas básicas del Consenso de Washington. Lula no gobernó conforme a los postulados originales de su partido, sino a un híbrido de neoliberalismo con atención a las necesidades sociales y con mayor grado de independencia respecto de los gringos. También tuvo que contemporizar con la muy corrupta clase política y fracasó en sus intentos de depuración. Vale decir que, de no haberlo hecho así, difícilmente hubiera podido acceder a la presidencia, sostenerse en ella, reelegirse y decidir su sucesión. En general el balance es positivo, incluso la movilización reclama cambios que no se dirigen en repudio a la presidenta Dilma Rouseff, pero el peso de las asignaturas pendientes ya rebasó al de los resultados exitosos.

 

3.- El futbol es religión en Brasil; pareciera increíble que el pueblo proteste por los gastos multimillonarios destinados a la celebración de la Copa Mundial y de las Olimpiadas, cuya consecución fue una expresión del éxito del gobierno de Lula da Silva. En realidad lo que sería increíble sería que la gente observara pasivamente la desmesura y la corrupción con que se atiende al compromiso internacional, mientras que prevalecen rubros insuficientemente atendidos en las condiciones de bienestar. En Brasil, como también en Argentina y Uruguay, el futbol es parte de la estructura social, los equipos no son empresas de propiedad de unos pocos inversionistas, sino clubes de amplia base participativa; sin duda que la Copa Mundial sería fiesta de orgullo nacional, de no ser por la desmesura.

 

En este marco es posible concluir que la movilización brasileña, no exenta de intervenciones obscenas, es una expresión social genuina; representa una magnífica oportunidad para romper las ataduras que han restringido al régimen progresista. Dilma, y por tanto Lula, así lo ha entendido y, en vez de propiciar su desgaste, se sube a la ola y asume el compromiso de atender a las demandas; prioriza la reforma política por la vía de una reforma constitucional plebiscitaria, sabedora de que los partidos y sus legisladores jamás aprobarán algo que atente contra sus intereses; la reforma así planteada es la llave para romper con la corrupción y para liberar los programas públicos de corte social. Un pueblo que se moviliza y una gobernante que lo escucha y atiende hacen una combinación imparable. Es el pase de Brasil al mundial de la justicia y tiene todo para ser campeón.

El éxito de este proceso concierne, no sólo a los brasileños, sino a todos los que en América Latina y el Caribe soñamos con otro mundo mejor.

Fuente: ARGENPRESS.Info

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