No me tocó juzgarte

Por Alfonso Villalva P.

Nuevamente, fallaste en tus intentos por disfrazar tu llanto con el volumen estridente de la televisión. Pude escuchar tus sollozos mientras caminaba hasta el fondo del pasillo a mi habitación. ¿De verdad crees que no te he escuchado llorar noche a noche durante toda mi vida? ¿De verdad crees que he comprado siempre tu fingida actitud infranqueable, tu ceño fruncido y tu seguridad aparente?

También sé por que lo haces. Sé que sufres por mí, en mi nombre, con cargo a tu patrimonio; como si ese hecho fuese a hacer diferente mi paso por la vida, como si tú pudieras elegir la dosis de dificultades que yo debo enfrentar. Entiendo que ya se ha convertido en un rito para ti, en una desgraciada rutina nocturna, morder la almohada y sacar lágrimas al por mayor, sin confesarlas a nadie, sin esperar algo mejor.

La verdad, no entiendo por que pretendes seguir engañándote, engañándome; no comprendo por que no compartes tu debilidad conmigo que, aunque me veas adolescente, lunático o inestable, soy lo único que tienes de verdad. Yo soy la causa de tus sufrimientos, y me parece que lo menos que merezco, es entender lo que sientes, lo que te desgarra el vientre que te hizo parir. Éramos un equipo, ¿recuerdas?

Con el rigor de las costumbres, me llevaste desde niño a una escuela de curas, al catecismo tradicional, a los equipos diurnos de fútbol, a las reuniones de tus primos y tal, a las cenas de navidad en casa del abuelo. Pero siempre fue lo mismo, las murmuraciones, los consejos inadvertidos que nunca obedecieron a una invitación, ni mucho menos a una preocupación bien intencionada, las miradas cómplices de tu prima gorda y amargada, de tu hermano mayor.

Lo sé, por más que quieras no me lo puedes ocultar, no me puedes proteger de lo evidente. Siempre fui para ellos un simple bastardo producto de la calentura y la irresponsabilidad. Siempre fui el hijo de un desgraciado que, según el discurso de conveniencia, te burló y abusó de tu inocencia, o se amañó contigo porque eras una zorrita sin remedio. Siempre fuimos el objeto favorito de descarga de la rabia de tu hermana la viuda que vio en ti mayor gozo en tu maternidad, siempre fuimos la victima favorita de la represión de tu papá quien, bajo el pretexto de mantener mis estudios y mis desayunos nutritivos, sintió el derecho de opinar y de condenar cosas que no necesariamente correspondían a su realidad, a su inopinada rectitud que se derrumbó el día que se descubrió que mantenía dobles cuentas en su negocio para engañar al fisco en caso de revisión.

Para todos fuimos una clase secundaria, porque en este país una madre soltera se convierte en una prostituta con obligación de aguantar todos los resentimientos sociales que devienen de la frustración, de los sueños no cumplidos, de lo que siempre pudo ser pero, sin remedio, falló en su materialización por cobardía, por falta de iniciativa, por pura estupidez.

Y ya vez los curas del colegio, en nombre de Dios haciendo distinciones porque yo tenía un origen en el pecado, mientras que mis primos mezquinos y arteros, apedreaban nuestras ventanas después de ir a misa con su madre que cerraba los ojos ante el atropello y justificaba a los vándalos con la bandera de la juventud, de las inquietudes infantiles, de las travesuras intrascendentes.

Unos cerdos, eso es lo que son. Porque nadie nunca hizo un reconocimiento de tu valor para criarme sola en la adversidad, ni de tu capacidad de amar en esas noches de miedo que me llevaban asustado a tu regazo. Ni tampoco les escuché hablar de tu valor para seguir aguantando la condena cotidiana en nombre de la decencia, las costumbres de tu familia, lo que debe de ser.

Qué saben ellos de amores y de entereza, comparados con una mujer que no pestañeó al parir un hijo sin la compañía del mono que lo engendró, poniendo buena cara al porvenir, acariciando la melena rizada de la inocencia y mordiendo la almohada todas las noches para no levantar sospechas.

Mira mamá, a mi no me tocó juzgarte, desafortunadamente. No es a mí a quien me corresponden los juicios de valor respecto de tus circunstancias, tus aciertos y tus errores. A mí solamente me da la oportunidad esta sociedad oscurantista en la que vivimos, de ser una víctima más de tu naufragio social; solamente me regala, nuestra sociedad, un maldito estigma muy difícil de superar.

Y mira que has jugado conforme a las reglas, mira que a pesar de tus ánimos de rebelión, siempre seguiste en el canon social, siempre decidiste mantener tu convicción, y por más presiones cotidianas que sufrieras, una sonrisa mía contenía más valor para agregar a ese coraje con el que me enseñaste el valor de la felicidad. A mí no me toca juzgarte, pero si puedo afirmar que sin importarme lo demás, yo no cambiaba tu cariño decidido, tu mano de ternura, tus lágrimas de madre soltera, por ninguna familia completa que se mueve en la estabilidad que solamente da la hipocresía.

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