Chile 40 años: La osadía de Allende

Por Carlos Abel Suárez

“Para mí la mayor gravedad es lo que continúa después del golpe de Estado…lo que siguió después fue una barbarie, crímenes y asesinatos y destierro. La primera etapa de esta sanación era para mí justicia a los criminales, una especie de Núremberg, que no hubo acá en Chile, y luego las cuestiones institucionales, como el binominal. La dictadura duró 20 años, tuvieron 20 años para hacer lo que les paró el hoyo aquí en Chile y pa poder reorganizar el país pa delante. (…) nada nos asegura que no pueda volver a suceder, lo único que podemos hacer es testimoniar, testimoniar. Ojo con esto…no se pueden volver a cometer esos excesos bajo ningún punto de vista, no se puede perseguir y matar gente por lo que piensa. Una de las cosas buenas que hemos aprendido en la democracia es que la gente pueda expresar su opinión y no sentir miedo. Yo creo que se ha demorado más este proceso porque nos quedamos con un miedo terrible, sobre todo las generaciones más grandes, entonces evidentemente la juventud tiene ese rol: no tener miedo”. Rodrigo Salinas, Ilustrador y comediante (38 años)

“Yo soy un defensor acérrimo del gobierno de Allende. Yo creo que ha sido el mejor gobierno de Chile y uno de los mejores gobiernos de la humanidad en cuanto a participación, en cuanto a democracia, en cuanto a acceso a la cultura (…) La editorial Quimantú tenía tiradas de 300.000 ejemplares. Yo noto que hay algo que nadie dice, y es lo que fue el gobierno de la Unidad Popular, lo que fue como gobierno. Y que la gente que participó de ese gobierno tiende como a disculparse, tiende como a ocultarlo. Tiende como a sentir vergüenza, hablan de los excesos. (…) Durante los 3 años de la Unidad Popular no hubo un solo cesante en Chile y a pesar del desabastecimiento, a pesar del mercado negro, nadie pasó hambre, nadie pasó necesidades”. Camilo Marks, escritor y abogado defensor de los DDHH durante la dictadura. (65 años)

Estos testimonios forman parte de un impactante documental “40 voces, 40 años”, dirigido por Felipe Araya, Patricio Escobar, que fue difundido por la televisión chilena la semana pasada. Seleccioné estos dos testimonios, entre muchos muy buenos, para mostrar dos experiencias distintas (que de algún modo recorren la muestra): la de quienes vivieron los tiempos de Allende y el golpe y la de quienes sufrieron las consecuencias de los largos años de la dictadura y de casi 24 años de los gobiernos que sucedieron a Pinochet.

Escribir sobre el Chile de cuatro décadas atrás es duro para los que de uno u otra manera estuvimos involucrados en ese tiempo. Hasta las personalidades más destacadas no podían hablar del tema. La última vez que me encontré con Clodomiro Almeyda, ex canciller y vicepresidente de la República, (a quien conocía de mucho tiempo antes de que fuera uno de los más destacados dirigentes del Partido Socialista, canciller y vicepresidente de Allende) compartimos varias horas de vuelo entre Santiago y Bogotá y luego una cena en el Hotel. Me contó que había dejado de fumar, de la caída del Muro de Berlín, de cuando cruzó clandestinamente la cordillera para regresar a Chile, una anécdota que yo conocía porque colaboraron unos amigos, de Arafat que le había regalado un collar de cuentas que le ayudaba a bajar la ansiedad de ex fumador, pero cuando llegábamos a la zona de los recuerdos más dolorosos, enmudecía y yo sabía que no podía preguntar. Algo de esto había aprendido entre los exiliados republicanos españoles exiliados en Mendoza. También en nuestra propia experiencia argentina con relación a la dictadura. Hay un territorio difícil de franquear y no se trata de culpas, como piensan algunos imbéciles por las que hay que pedir perdón. Es lo mismo que impedía a Jorge Semprun contar su experiencia en Buchenwald, que finalmente pudo concretar en La Escritura o la vida. Allí se vale de un poeta amigo, una tabla que le permite superar el trance: “Nadie puede escribir si no tiene el corazón puro, es decir, si no está suficientemente despegado de sí mismo”.

Para los chilenos, también para el resto del mundo, la conmemoración del 11 de Septiembre tiene varios significados, para muchos es la muerte de Allende, el fin del sueño de una experiencia social y política inédita y el comienzo del horror de la dictadura de Pinochet, que destruyó a la mayoría de los chilenos. Para la derecha de Chile y del mundo, fue el triunfo de una contrarrevolución y de la conformación de un modelo económico que sería un ejemplo para un puñado de ricos del mundo, un trofeo que todavía exhiben sin pudor entre los círculos más concentrados del privilegio y de la desigualdad. Esconden, ciertamente, bajo la alfombra la sangre de las víctimas y que esos logros no solamente fueron una hazaña de la competencia y de la iniciativa privada. Fueron el resultado y, principalmente, vaya la paradoja de la intervención del Estado. Porque el Estado siempre está. Mucho más para aquellos que dicen que no debe intervenir.

“Ahora saben – recuerda el escritor Luis Sepúlveda – que la mujer de Pinochet asaltó la organización de Centros de Madres (CEMA), sin realizar la menor inversión de riesgo. Actuaba de la siguiente manera: su marido ordenaba asesinar a alguien, normalmente de izquierda, que tuviera una propiedad grande, apta para la construcción. Esa propiedad pasaba a ser parte, durante algunos días, del Estado chileno, pero luego era regalada a CEMA, organización que dirigía Lucía Hiriart de Pinochet. Esta veterana ladrona, como gato de campo, ordenaba que arquitectos del ejército, pagados por todos los chilenos, hicieran un proyecto de cien o más viviendas, que eran construidas por batallones de soldados, ladrillos, cemento y vidrios del ejército chileno, es decir que no compraba un clavo, todo lo pagaba el Estado chileno. Luego vendía las casas, que además entregaban equipadas con concina, refrigerador y muebles compradas por el ejército chileno, y el dinero de la venta se perdía en sus cuentas de Miami, Gibraltar, Suiza o las Islas Caimán. Eso – dicen los ladrones y estafadoras chilenos – es competencia desleal, eso es una violación de la libre competencia y no hay manera de explicarles que eso es precisamente la médula de la economía neoliberal de mercado, el robo cometido sin la menor vergüenza y que se llama privatización de las empresas nacionales, el latrocinio impune que se llama “libertad de movimiento para el capital”. Ni ella ni sus hijos implicados en peores negocios que los de la ONG de la mamá con ayuda del General, pidieron perdón ni fueron condenados.

 

Los días de Allende

La maravillosa película de Patricio Guzmán registra con imparcialidad y profundidad esos tiempos fundamentales, que suelen ser interpretados con claves del presente y confusas. Es importante sugerir a los más jóvenes que la vean, que se pase en las escuelas y no sólo de Chile.

Cuando Juan Gabriel Valdés fue embajador del gobierno de la Concertación en Buenos Aires, invitó a políticos argentinos amigos, a chilenos residentes y a periodistas a la presentación del documentado libro Memoria de la Izquierda Chilena, escrito por Jorge Arrate y Eduardo Rojas. Un destacadísimo político argentino, que participaba del panel de presentación – no es al caso mencionarlo para no entrarle a las internas argentinas – confesó que de los dos tomos de la obra, sólo había alcanzado a leer el capítulo de Allende. Y agregó que había estado pensando que si Allende hubiese hecho esto, en lugar de aquello y lo otro en lugar de…es posible que hubiese evitado el golpe de Estado. Yo estaba sentado al lado del actor Patricio Contreras, nos miramos, sonreímos y comentamos: ahora el Chicho sería un viejito huevón, dando conferencias en Harvard o en París.

De más está decir que al intrépido comentarista (ha hecho cosas peores) le enmendaron la plana. La suerte de Allende y de la Unidad Popular estaba echada desde antes de ganar aquellas inolvidables elecciones de septiembre de 1970. Recordemos solamente el testimonio del embajador norteamericano en la mencionada película de Patricio Guzmán, las revelaciones de los documentos desclasificados del Departamento de Estado que informan sobre planes de “contingencia”, la operación Camelot, etc., elaborados ya desde los tiempos en que el FRAP era apenas una lejana posibilidad, en las elecciones que ganó Eduardo Frei. Para no abundar con citas de horas y horas de deliberaciones, cientos de informes, testimonios y grabaciones en las comisiones del Congreso de los Estados Unidos – la centralidad que alcanzó el caso Chile en los planes de Nixon y su secretario Kissinger -, el papel de la ITT y las transnacionales, como asimismo lo que investigó el Tribunal Russell durante 1975, etc. Pero todo esto, que a muchos tomó por sorpresa a los largo de 40 años, no era desconocido en 1970. Desde antes de asumir el gobierno de asomó el huevo de la serpiente con el brutal asesinato de del comandante del Ejército, René Schneider. Las controversias de esos momentos no ignoraban el peligro, la existencia de la Guerra Fría y el sendero angosto por que debía transitar el gobierno de la UP para cumplir sus promesas electorales.

Allende fue un ejemplo de transparencia en ese sentido, no vendía una imagen diferente de lo que era y así como no rehuía la negociación con los políticos tradicionales y las fuerzas hostiles, con los que había tratado toda su vida política – recordemos que fue por un período breve ministro de salud de Aguirre Cerda, y largos años senador de la República – también era capaz de recibir críticas desde la izquierda y refutarlas sin una pizca de enojo o mal humor. Entre los más próximos se escuchaba decir, entre queja y admiración, que el Chicho confiaba demasiado en su muñeca negociadora.

En la conciencia de los peligros que encerraba esa coyuntura histórica está la premura con que la UP avanzó en una rápida implementación de su programa, nadie le podía echar en cara que no había cumplido sus promesas a los pocos meses de ocupar La Moneda.

Su discurso en el acto de festejo del primer año de gobierno, realizado el 5 de noviembre de 1971 en el Estadio Nacional, muestra con gran transparencia su pensamiento, ideas sobre las que persistió hasta el final:

“Rechazamos, nosotros los chilenos, en lo más profundo de nuestras conciencias, las luchas fratricidas. Pero sin renunciar jamás a reivindicar los derechos del pueblo. Nuestro escudo lo dice: ´Por la razón o por la fuerza´. Pero dice primero ‘por la razón´. Ya en nuestros primeros pasos como país soberano, la decisión de los hombres de Chile y la estabilidad de sus dirigentes nos permitieron evitar las guerras civiles.(….) Ya en 1845, Francisco Antonio Pinto escribía al General san Martín: ´Me parece que nosotros vamos a solucionar el problema de saber cómo ser republicanos y continuar hablando la lengua española´. Desde entonces, la estabilidad institucional de la República fue una de las más consistentes de Europa y América (….) El respeto a los demás, la tolerancia hacia el otro, es uno de los bienes culturales más significativos con que contamos. (…) Nuestro camino será aquel construido a lo largo de nuestra experiencia, el consagrado por el pueblo en las elecciones, el señalado en el Programa de la Unidad Popular: El camino al socialismo en democracia, Pluralismo y libertad. (….) Que nadie se llame a engaño. Los teóricos del marxismo nunca han pretendido, ni la historia demuestra, que un partido único sea una necesidad en el proceso de transición hacia el Socialismo”

Terminó su brillante oratoria con esta frase: “Este Chile que empieza a renovarse, este Chile en primavera y en fiesta, siente como una de sus aspiraciones más hondas, el deseo de que cada hombre del mundo sienta en nosotros a su hermano”.

En este discurso, casi sin libreto, está reflejado el conocimiento que tenía Allende de la historia y de que hincaba el diente sin vacilar en los grandes debates de su época; con respecto a un socialismo con rostro humano y también la temeraria confianza que depositaba en la estabilidad institucional y neutralidad de las Fuerzas Armadas, que ciertamente contrastaba con la experiencia de América Latina. Asimismo hay que decir que no se trataba de una confianza ingenua, no cerraba el paso a los procesos de auto organización de los trabajadores, que disgustaban a algunos de sus colaboradores. En los momentos más difíciles, como el “tancazo” del 29 de junio, Allende rechazó airadamente los mayoritarios reclamos de cerrar el Parlamento y tomar medidas contra la Corte de Justicia que le eran hostiles. Allende aseguró que mientras él fuera presidente respetaría las instituciones de la república, y cada vez que se le interpelaba sobre la violencia señalaba el escudo chileno con esa sonrisa pícara: “primero dice por la razón”. No obstante, esa misma noche de junio comenzó una gigantesca ocupación de fábricas e instituciones, que abría una etapa de confrontación irreversible. La ex presidenta y actual candidata recordará que ella estaba esos días en el fragor de esas ocupaciones.

Chile por su conformación territorial fue como una isla, encerrado al Este por la Cordillera de los Andes, al Norte por el desierto de Atacama, el resto por el imponente océano Pacífico (el Sur por siglos casi no contaba). Sin embargo, nunca estuvo más unido al mundo que en los años de la Unidad Popular, cosa que no pueden entender los que creen que todo llegó por el Tratado de Libre Comercio con los yanquis o la apertura comercial.

Esto es lo que constata y expresa Allende cuando afirmó: “el deseo de que cada hombre del mundo sienta en nosotros a su hermano”. Verdaderamente acudieron a Chile, no sólo los exiliados de todas partes, que tanto odiaban los momios, especialmente si eran negros, sino científicos, artistas intelectuales que fueron a aportar a esa experiencia singular. Muchos perdieron la vida en esa jugada, otros quedaron marcados para siempre. Entre tantos ejemplos, están los científicos: Stafford Beer (británico), Oscar Varsavsky (argentino), Carlos Eduardo Senna (brasiñelo), Stéfano Varese (peruano), que trabajaron junto al investigador chileno Humberto Maturana, en distintos modelos matemáticos y cibernéticos para su aplicación en la industria nacionalizada. Algunos proyectos cuando los explicaban parecían sueños futuristas, lo dijo muy bien Darcy Ribeiro, que fue asesor de Allende y también estaba vinculado a este proyecto: “Nunca participé de un experimento tan radical y tan generoso. Allí repensábamos con osadía el mundo que era y debía ser, todavía más osadamente, los mundos que debían ser”. (1)

 

¿De qué hay que pedir perdón?

El acreditado Estudio de Opinión Pública difundió esta semana el primer sondeo sobre las futuras elecciones nacionales que se celebrarán el próximo mes de noviembre. Michelle Bachelet registra el 44 por ciento de apoyo contra el 12 por ciento de su contrincante de la derecha Evelyn Matthei. Pero solamente el 53 por ciento dijo que iría a votar. La abstención continua siendo la mancha de la política chilena, donde todavía sigue vigente la Constitución de Pinochet. Al examinar el 53 por ciento que asegura que va a votar, sólo el 18,3 por ciento son jóvenes entre 18 y 30 años. La juventud, que fue la gran protagonista de vida política en las calles de Chile en estos últimos años, no tiene mucho interés en las elecciones. Además la encuesta señala que en las regiones un 62 por ciento quiere participar, mientras que en Santiago la disposición baja al 36,9 por ciento.

El casi seguro futuro gobierno encabezado por Bachelet se enfrentará con viejos y nuevos problemas. ¿Podrá seguir navegando en las aguas semi-neoliberales en medio de la crisis mundial actual? Educación, salud y sistema previsional son número puesto en la agenda o tendrá la respuesta en la calle. Y una reforma hacia una Constitución democrática una tarea ineludible.

Mientras tanto, al son de la campaña podemos sorprendernos por la disculpa de los jueces por su actuación durante el pinochetismo, que aunque tarde merece aplaudirse, la vergüenza ajena por Camilo Escalona, que pide perdón por unas piedras que tiró cuando era un estudiante secundario radicalizado y el gesto que destaca a Ricardo Lagos cuando dice que no tiene que pedir perdón, porque la dictadura arruinó a toda una generación de chilenos. Tal vez se ha quedado corto, han pasado 40 años y Chile sigue siendo el país tan desigual que dejó Pinochet.

 

Nota:

1): Carlos E. Senna, Encontros na América do sol. 1983 (Río de Janeiro- Ed. Antares).

Fuente: SINPERMISO/ARGENPRESS.Info

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