Mala infraestructura y poca prevención

Por Teresa Gurza

Las tragedias como ésta del agua y el sismo del 85, desnudan a los gobiernos y ponen al descubierto la pobreza; que entre otras cosas, se expresa en la rapiña que les encanta mostrar a las televisoras.

Pero es también rapiña y de peor especie, la corrupción de autoridades que permiten a las constructoras usar pocas cantidades y bajas calidades, en asfalto para los caminos y en varillas y cemento para las unidades habitacionales de los pobres; y lo es, el cinismo de empresarios que eluden su responsabilidad.

No podemos evitar lluvias, temblores, inundaciones ni maremotos; pero con previsión, desarrollo y planes urbanos, podremos lograr que sus consecuencias destruyan menos que Ingrid y Manuel.

El crecimiento desordenado ocasionado por quienes por no tener donde vivir, se ponen en cualquier parte y por los políticos que los manejan para ganar votos; y la poca conciencia de  fraccionadores que buscando paisajes, levantan edificios en lechos de río y desagües naturales de por sí reblandecidos, nos ha llevado a una de las peores calamidades nacionales.

El agua tiene memoria y arrasa con todo, cuando se le cierran sus vías naturales.

Lo viví hace unos años en Morelia en una casa de firme construcción, inundada porque el vecino -influyente en el gobierno michoacano-, no respetó el cauce de un antiguo arroyo y se le hizo fácil levantar ahí su mansión sin importarle las consecuencias.

Y pasé muchísimas vacaciones en Acapulco; y sé que lo que ahí está pasando, ha sucedido siempre.

En los temporales de septiembre se desbordaban los ríos, principalmente el Papagayo; y se juntaban con el mar las lagunas de Tres Palos y Coyuca, de las que salían desorientados cocodrilos, como ahora ocurrió.

Desde la terraza de la casa de mis padres ubicada en la bahía, podíamos ver y oír viento y oleaje arrancando árboles y palmeras de la Costera Miguel Alemán, y alzando lanchas y veleros para dejarlos caer frente a la Catedral y el Hotel Colonial; y eso ocurría cada que había tormentas.

Y apenas caía lluvia fuerte, la costera se inundaba; en minutos el agua subía centímetros y las filas de vehículos eran eternas; en la zona de Caleta, se cerraba el frontón; y debíamos caminar tramos hasta el aeropuerto de Pie de la Cuesta por los deslaves.

Han pasado añales y sigue pasando lo mismo; pero como hay más población, más edificios, más hoteles y más todo, y se ha respetado menos el medio ambiente, son peores los resultados.

Pero los más amolados siguen siendo, como siempre, los pobres.

Esos que habiendo perdido todo, sonríen medio felices por haber podido sacar de una tienda a la que tal vez nunca se atrevieron a entrar, un carrito lleno de comida o una televisión.

La persistencia de calamidades que pudieron evitarse, debiera habernos enseñado ya muchas cosas.

Ante la insistencia de radios y televisoras sobre los fenómenos climáticos que se acercaban, muchos tomamos precauciones; revisamos posibles goteras, el mastique de ventanas, etc.

No lo hicieron los gobiernos; incapaces prevenir y preparar albergues, evacuar habitantes, informar que no se viajara.

Y lo increíble es que declaran, que lo hicieron bien.

A las demandas de ayuda y críticas porque no fluye, el gobernador Ángel Aguirre respondió “yo sí quiero ser muy puntual y afirmo que Acapulco opera con normalidad”…

Normalidad que sólo comparte Rosario Robles, secretaria de la Sedesol, para quien la intervención del gobierno federal “ha sido impecable”…

Los mexicanos comunes sabemos que no hacen falta huracanes, para darnos cuenta de cómo son las cosas.

Hace menos de dos años, se reconstruyó la carretera entre Cuautla y Jiutepec con tan pésimo material, que está de nuevo en reparación.

Ahí cerca, los cinco o seis kilómetros de la carretera entre la Pera y Cuautla, únicos que han podido terminarse en tres años de trabajo, tienen baches y aún no ha sido inaugurada.

No podemos seguir así, porque además de la desestabilización emocional de miles de compatriotas por duelos familiares; y de los dramas de muchísimos más, que sienten furia, soledad y frustración porque perdieron casas y enseres, al país le sale muy caro en dinero.

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