Otra Pedrada

Por Alfonso Villalva P.

Seguramente sería muy pobre cualquier adjetivo para calificar los sentimiento de quienes perdieron un trozo de su vida esa noche maligna, emboscados por las ruinas del pasado indomable que mostró indiferente al candor de su raza, por las piedras de los templos evangelizantes que no escucharon las súplicas de todos esos a los que por centurias administraron a rajatabla el santo y seña de su fervor, y por los ladrillos de los departamentos modernos en la época, que como mudos testigos simplemente permanecieron inmóviles ante la desgracia.

Se ha escrito tanto para intentar desmenuzar cada evento, para describir cada palmo de terreno de la plaza maligna que después se convirtió en una gran lápida nacional.  Hasta ha habido algunos eventos con gran calidad histriónica que a través de los años montaron los descastados cómplices para tener una herramienta que les permita afirmar que algo hicieron, que trataron de investigar, vaya, hasta pusieron en el ojo del huracán a Don Gustavo, aquella vez que regañó a un joven reportero porque, según él, muy poco comprendía del amor a la patria y de todas esas cuestiones que se dejan en el camino al entregar cuerpo y alma a los más altos intereses de la nación.

Después vinieron escritores nacionales y extranjeros, que con todas las limitaciones, cómodamente impuestas por quienes seguían controlando el país, desarrollaron en letras tesis, hipótesis, especulaciones, aserciones, acusaciones, denuncias y, hasta imploraciones.  Hubo novelas, relatos, narraciones sobrecogedoras que nunca devolvieron la dignidad perdida a los jóvenes desnudos que daban la espalda a los granaderos en el momento de las detenciones.  Planteamientos literarios cuyo esfuerzo no pudo contrarrestar todas esas ausencias inciertas que sentían madres, hermanos, amigos, que no pudieron encontrar el paradero final –al menos de la zalea-, de sus seres cercanos, para sepultarles, para llorarles, para buscar consuelo en los panteones los domingos y los días dos de noviembre.  Nada pudo borrar las paredes del Lecumberri después de una paliza oficial.

Finalmente, todos avanzamos a otras edades, a otros ámbitos, otros horizontes, empapados del sentimiento de impunidad, de la desolación de saberse vencidos, del miedo a la represión, del vació que podíamos adivinar en esa plaza oscura anegada de sangre escarlata, abrumada por un silencio que solamente puede ser devastador después del estruendo de las balas que acribillan la inocencia, la imprudencia, el amor a los ideales juveniles.  Silencio interrumpido seguramente por los gemidos de aquellos que no perecieron instantáneamente, pero que, después, ya no aparecieron más.

Pero también transitamos estos treinta años, tratando de imaginar ese rostro borrado que en la penumbra de un despacho oficial, levantó el auricular y ordenó, sin titubear, se encendiera la maldita bengala que soltó la rienda del batallón Olimpia, de tantos soldados y agentes igualmente asustados, que no comprendían porque su honor militar debía se mancillado disparando a civiles desarmados; no acababan, quizá, de entender,  porque debían manchar ese uniforme que tanto significaba para ellos, con las entrañas de un indefenso enemigo con quién compartían bandera, ciudad, costumbres y, probablemente, hasta ideales.

El rumor popular pronto se convirtió en sentencia.  Echeverria, Don Halconso, y todo el equipo de canchanchanes que ahora andan por allí, revestidos de casimir inglés, cobrando del erario, fingiendo ser caballeros.  Todos lo asumimos como certeza, a pesar de la imborrable cara demacrada de Don Gustavo que insistía que toda la responsabilidad la asumía él, lo cual, en vez de parecer hombría, resultaba en una acusación progresiva a aquellos que se desentendieron desde el principio.

Por eso ahora, después de tantos años de hacer de la infamia parte de nuestra realidad, resulta tan sorprendente ver desfilar a esos súper hombres del pasado por las oficinas de un fiscal.  Por eso ahora, resulta tan repugnante verles sonreír con cinismo al esgrimir sus sofismas y desvariaciones diversas.  Como si ellos hubieran sufrido igual.  Por eso ahora, hierve la sangre al ver quien acabó sin clemencia, con un telefonazo, con tantos sueños que hoy podrían ser progreso nacional. Y ganas no faltan de ver caer otra pedrada –a caso más grande- sobre la frente brillante de la indominia que alguna vez acusó al semillero nacional, con lujo de sorna y humillación a los vencidos, de fascista, manejado por alguien más.

 

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